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Encontramos la puerta al Purgatorio, una antigua fosa común en Bogotá

Visitamos la que, hace años, fue la fosa de NN a la que fueron a parar los desaparecidos del Palacio de Justicia.
Fotos: Daniel Álvarez
Fotos: Daniel Álvarez
Por
Fabián Páez López

Visitamos la que, hace años, fue la fosa de NN a la que fueron a parar los desaparecidos del Palacio de Justicia. Hoy es el pedazo de un parque en el que nadie juega porque ahí todavía viven las almas.

Por Fabián Páez López // @Davidchaka – Fotos: Daniel Álvarez

El 15 de noviembre de 2008 se destapó la prueba culmen en uno de los episodios más oscuros en la historia de Colombia. Fueron seis fotografías tomadas en 1986 por un reportero holandés de nombre Harry Van der Aart, quien, casualmente, presenció el entierro de varios cadáveres en una fosa común del Cementerio del Sur de Bogotá. Era una escena macabra y sospechosa. Los cuerpos llegaron en camionetas y fueron tratados con especial desprecio. Más de 20 años después, por una serie de coincidencias, aunque todavía las versiones son turbias, se supo que allí fueron a parar algunos de los desaparecidos de la toma del Palacio de Justicia. Y las fotos de Van der Aart eran la única evidencia palpable.

Lo que queda hoy de ese lugar es bien diferente. Ya no hay ni cementerio, ni cadáveres, ni fosa. Pero el réquiem se mantiene para las almas que todavía rondan por ahí. A las cinco de la tarde estamos frente a la reja oriental del que ahora es el Parque Zonal de Villa Mayor, en la carrera 30 con calle 35 sur. El día empieza a apagarse. Una turba de carros y motos transita por esa vía que conduce a algunas de las zonas más pobres de la ciudad. Es un paso casi que obligado para llegar a sectores como El Tunal, Soacha, Bosa o Ciudad Bolívar. El parque no solo es el límite que demarca una barrera de clase que se manifiesta, por ejemplo, con el “yo por allá no voy” de los taxistas, sino que también concreta una liminalidad sobrenatural; literalmente, el limbo, esa fase intermedia que debe sentirse como esperar a que un vuelo despegue encerrado en el avión.  

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Es lunes y como cada ocho días a esta misma hora, cada tanto, motos, carros, taxis y transeúntes se detienen en este lugar. La zona está rodeada por un centro comercial innecesariamente grande y por las casas del barrio Villa Mayor: amplias, de varios pisos, con tejados cóncavos y casi todas pintadas de colores dispares; al otro lado, por el barrio Matatigres, zona conocida por un complejo puente en el que se cruzan las avenidas; junto al parque, hay una planta de energía, en la que todavía permanecen pegadas algunas placas de lo que era el cementerio. Al borde de la vía hay un minimercado religioso. Tres mujeres atienden pequeños puestos ambulantes montados sobre carritos de supermercado, en los que se venden velas, velones, agua y escapularios. Junto a la reja, en el muro que queda al costado norte, en otro carrito como de perros calientes, un hombre viejo, de gafas y con un micrófono se prepara para ofrecer la primera de tres misas. Su indumentaria es la de cualquier cura. Sobre su altar portátil hay un parlante, una alcancía con imágenes de la virgen y un crucifijo lleno de agua.

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 Antes de empezar con las ceremonias, una mujer que permanece sentada todo el tiempo junto al carrito toma nota en un viejo cuaderno de las peticiones que hace la gente que va llegando. Recibe la ofrenda, le entrega el cuaderno al cura y el ritual callejero da inicio con la lectura de los pedidos.

 

“Está misa se ofrece…

 

Porque ‘fulano’, que está en prisión, recupere pronto la libertad.

 

Porque mi hijo deje de ser tan rebelde y vuelva a la casa.

 

Porque consiga trabajo y pueda salir de deudas”.

 

Llegan viejos y jóvenes por igual. Los favores que piden son casi siempre los mismos. Trabajo, salud, dinero, justicia. Las carencias habituales de los márgenes del “país más feliz del mundo”, carencias que la ciudad no les ha podido garantizar y que ellos no controlan terrenalmente. Acá la súplica no hay que autenticarla, radicarla, esperar turno, ponerle tres sellos y esperar que pasen días hábiles; no va dirigida ni a Dios, ni al banco, ni a la EPS, ni al cura. Es una transacción que se hace con los únicos que tienen a la mano: las almas en pena que fueron a parar allí cuando Cementerio del Sur era un botadero de cuerpos sin nombre, sin dolientes, de NN.  

Durante 30 años, en esta fosa tiraron los restos de cerca de 800 NN. Todos ellos habían sido sepultados sin ceremonias religiosas y en apilamiento con cal. En 2008, coincidencialmente el mismo año que se la Revista Semana reveló las fotos que conectaban al cementerio con el caso del Palacio, el lugar se convirtió en un parque recreativo. Antes de su reconversión, según las autoridades, los restos de los cuerpos fueron cremados o trasladados a otros lugares. El tratamiento a los cuerpos que nadie reclama se modernizó, ahora van a parar a refrigeradores de la morgue y se registran sus rasgos únicos en archivos dígitales. Con esa innovación se borró del mapa esa parte del cementerio que recibía los restos de quienes morían en el anonimato.

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A medida que oscurece el cielo lo hacen también las peticiones. A las seis de la tarde unas 50 personas se han acumulado en el lugar. La mayoría se para frente a la reja que da a un jardín del parque, justo donde quedaba la fosa, donde dicen, todavía se siente una "energia pesada". Los fieles cuelgan bolsas de agua por entre las comisuras del alambrado verde o encienden velas en la canal que la bordea. La superficie está tan llena de cebo y cera derretida que hace que todo el que se acerque patine por un momento.

 Jairo Clavijo, doctor en Antropología de la Universidad de la Sorbona, y profesor de la Universidad Javeriana, ha liderado una investigación en esta zona desde hace cuatro años.  Hablé con él y me comentó que, usualmente, las personas que terminaban en la fosa eran víctimas de asesinato o personas que morían violentamente, algo que podría verse en todo lado, pero lo interesante es que es en esa zona de la ciudad donde hay una característica que justifica el culto. Hay una serie de carencias del mundo material que argumentan la relación con los muertos.

La conexión está ligada a una conocida figura religiosa, el purgatorio. “El purgatorio es una figura que se inventó en el Concilio de Trento de la Iglesia Católica en el siglo XVI. Es un lugar intermedio entre el cielo y la tierra. Allí se quedan las almas que no tienen oportunidad de la buena muerte. En esa concepción, una buena muerte es cuando la persona logra la extremaunción, es decir, el sacramento en el que el cura llega al lecho del moribundo, lo confiesa y lo perdona. Por más pecador que sea, él se va para el cielo. Por eso casi todos los que están en el purgatorio son gente que ha tenido muertes violentas. Las almas del purgatorio tienen contacto con la tierra y con el cielo. Y solo pueden salir de ahí con una fórmula: como tienen un poder en el cielo pueden ayudar a los de la Tierra, a cambio de que oren por ellos. Las almas conceden el favor para poder pasar al cielo. Pero como también tienen una cercanía con la Tierra tienen características de los vivos, entonces sienten sed.”, cuenta Jairo como adelanto preliminar de la investigación que aún no ha sido publicada.

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Cuando oscurece por completo el ambiente se pone más tenso. Ya no es recomendable estar de turismo frente a la reja, pues dicen que empiezan a llegar ladrones, carteristas, cosquilleadores y maleantes de diferentes índoles a negociar sus vueltas con las almas. Todos se juegan sus cartas con los únicos que los escuchan para librar sus batallas en la Tierra. El cura, que dicen es falso, siempre se queda hasta tarde, oyendo casos trágicos que los fieles le comentan pidiendo ayuda. Lo escuché hablar con un hombre sobre su situación económica; le recetó paciencia y una que otra oración. También permanece un buen rato bendiciendo escapularios, carros y motos. Y claro, también cobra.

El parque no solo es el epicentro de una práctica popular y misteriosa. Como los cementerios, las iglesias y demás cultos, es un lugar donde la gente va a manejar la incertidumbre de un mundo que palabras más palabras menos, se las tiene adentro. Como lo afirma el profesor Clavijo, es un lugar que representa la angustia de una clase popular bogotana que ha perdido la confianza en la seguridad que los políticos, expertos y administradores deberían brindarles desde los distintos sistemas que constituyen y regulan la sociedad.

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