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¿Mano fuerte o corazón grande para los incorregibles de la sociedad?

Adolfo Zableh exprime sus neuras y confiesa algunas medidas radicales que planeaba desde que era niño.
Por
Redacción Shock

En el pasado, la pena de muerte no solo aplicaba para quien cometiera una falta cívica, sino para quien montara en chiva, hablara en diminutivo, oyera reguetón o aplaudiera cuando el avión aterriza. Ya tengo claro que es absurdo creer que tener mal gusto amerita la muerte.

Por: Adolfo Zableh Durán // @azableh

Era un adolescente cuando se me ocurrió que la mejor forma de arreglar a Colombia era imponiendo la pena de muerte. Muy radical, lo acepto, pero desde la óptica de los 17 años todo era válido. 

Y pena de muerte no por desfalcar al estado o matar a otra persona; no, pena capital por bobadas que hacemos todos los días. Así, sin juicio de por medio y pillados en el acto y con testigos, le quitaríamos la vida a quien botara basura a la calle, se colara en una fila, se pasara un semáforo en rojo (quizá también en amarillo, tocaba analizar bien la situación) o a quien se parqueara en un lugar prohibido. 

La medida sería provisional y, según mis cálculos, en cuestión de tres meses no quedarían (digo quedarían porque fijo yo caía en una de esas) más de cinco millones de ciudadanos. ¿Y los sobrevivientes? Los mandarían a otros países subdesarrollados donde no se notaran, y de esa manera quedaría esta hermosa tierra libre para que aquí vivieran suecos, suizos, noruegos, japoneses, finlandeses, canadienses. En fin, gente que sabe cómo sacar adelante una sociedad civilizada. O, en una sola palabra, gente.

Y aunque hoy entiendo que no hay nada de malo en querer vivir en un buen lugar, la medida es utópica y llena de obstáculos. Además, a la larga, de medidas radicales no sale nada bueno.

Ahora he desarrollado la tolerancia y ya no lucho contra la gente que comete faltas de convivencia, allá ellas. Y de paso, yo mismo me recrimino cuando las cometo. No siempre soy juicioso a la hora de pasar la calle por la cebra, por ejemplo. Aun así, las ideas radicales no se van de mi cabeza. Cuando veo a un carro parado sobre la cebra me dan ganas de caminar por encima de él y hundirle el capó de manera que el dueño se gaste una plata arreglándolo. También me produce una emoción casi sexual imaginar que dejo en evidencia a los políticos que parquean sus camionetas blindadas afuera de los restaurantes que frecuentan.

Pero lo que más dicha me trae por estos días es imaginar que vuelvo mierda todos los carros que se quedan parados sobre las X amarillas de las intersecciones y que tanto trancón causan. Lo civilizado sería enseñarles que así el semáforo esté en verde, eso no les da derecho para seguir andando si van a tapar el paso a los otros carros. Pero qué hago, no hay dentro de mí un educador y, como cualquier ciudadano promedio, lo que me posee es un pequeño dictador. Me encantaría tener un bulldozer  y llevarme a toda esa gente por delante sin sufrir repercusiones jurídicas.

He cambiado, decía, y ya no solo no se me ocurre arreglar los problemas por medio de violencia, sino que soporto cosas que antes eran inaceptables. En el pasado, la pena de muerte no solo aplicaba para quien cometiera una falta cívica, sino para quien montara en chiva, hablara en diminutivo, oyera reguetón o aplaudiera cuando el avión aterriza. Ya tengo claro que es absurdo creer que tener mal gusto amerita la muerte.

Entiendo que con mucho de pedagogía y algo de mano dura se pueden lograr cambios significativos en nuestra sociedad, y gracias a que me esfuerzo en aplicar por iniciativa propia las más básicas reglas de convivencia, ya no quiero que maten a nadie que se las pase por la faja. Con que le corten una mano, como ocurre en ciertos países árabes con los ladrones, quedo conforme. Y si les sigue pareciendo radical, una serie web donde esos infractores quedan en evidencia no me parece una mala salida.

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