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¿Qué pasa con el periodismo de música en Colombia?

Gira alrededor de los mismos temas, arriesga poco por el nuevo catálogo de artistas y a veces se trabaja como en un curso de educación a distancia.
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Celulitis Popular

Por: @ChuckyGarcia

Más de 20 millones de colombianos no asisten a conciertos (según estudio de la Cámara de Comercio de Bogotá), la venta de música en formatos físicos está por debajo de los 3 millones de copias y menos del 50% de la población escucha música todos los días de la semana. Y se supone que estamos en Colombia, donde nos vanagloriamos de tener uno de los ecosistemas musicales más ricos y diversos, lo cual en todo caso es tan cierto como decir que afuera nos consideran una potencia musical en desarrollo y con armonía entre lo tradicional y lo moderno.

Al revisar las estadísticas, sin embargo, la diversidad y la vanguardia lucen como anécdotas porque en el país seguimos escuchando a los mismos “cuatro babys”: vallenato, tropical, baladas y reggaetón, cada uno con un porcentaje de preferencia por encima del 40%. Al otro extremo de la balanza, mientras tanto, géneros como el jazz, el blues, el soul o la música del Pacífico están por debajo del 10% de predilección.

Suponemos, en todo caso, que vivimos una época en la que la amplia oferta de conciertos y festivales, las redes sociales e internet han permitido que los colombianos consumamos más música; y esto último lo respalda el DANE cuando dice que el 66,6% de las personas mayores de 12 años usan la red para “buscar, descargar o escuchar música en línea”. Pero que exista más música en vivo o más gente conectada a servicios de música por streaming no significa que se estén generando expectativas de verdad frente a los artistas de géneros distintos, y tampoco que se estén creando unos vínculos que le den un valor a sus propuestas musicales por fuera de la red.

Antes de internet, el periodismo musical en el país jugaba un papel mucho más determinante en esa “cadena de valor de la música” (como se le conoce al recorrido que hace una canción, por ejemplo, desde su creación hasta que es consumida por un público), y si bien no era un papel decisivo en extremo sí lanzaba los dados sobre la mesa y saltaba del simple rol de informar al de revelar e inducir: descubrir nuevas estampas y detonantes del entramado musical; y sembrar en la gente un ápice de curiosidad frente a lo desconocido.

No se trataba, en todo caso, de empujar al público a la fuerza y hacerle ver el pobre o nulo “valor musical” de la música que escuchaba decisión propia o por inercia, sino de seducirlo con un abanico de contenidos relacionados, a diario, desde crónicas y perfiles hasta entrevistas y completas reseñas de álbumes que la gente ni siquiera imaginaba que existían. Y no solo en medios especializados: para no ir más lejos, casi la totalidad de las revistas disponibles para lectura que uno podía leer en la sala de espera de un consultorio médico tenían una sección de música boyante y establecida.

De forma reciente, el crítico Omar Rincón escribió en su habitual columna El otro lado que 2016 fue el año en que el periodismo se perdió, entendiendo el periodismo como “ese oficio de ir a la realidad, comprenderla y explicarla vía el relato, según Rincón. “El periodismo no supo leer la actualidad que acontecía”, expresa textualmente el columnista, y que “los modos de narrar del periodismo y sus formatos ya no sirven para dar cuenta de la vida de la gente, que desde siempre necesita y exige la emoción para existir, historias y tonos más allá de la solemnidad y más cerca del humor y esperanza”.

Y eso mismo es lo que pasa hoy con el periodismo de música en Colombia, sobretodo el que tiene voz, voto y pupitre en los grandes medios de información, impresos o que no necesariamente son emisoras: hay cierta tendencia, establecida por demás, a creer que estas son las únicas que pueden lograr que la población más joven escuche otras opciones de artistas, pero el DANE deja esta creencia en paños menores al asegurar que los que menos escuchan radio en el país son las personas entre 12 y 25 años (55,1%).

Otra creencia que pierde piso, al considerar las estadísticas, es aquella de que a raíz de que los contenidos migraron a la red a los periodistas y colaboradores de música que trabajan para los medios impresos nadie los lee. En su última encuesta de consumo cultural, el DANE dice que del total de personas mayores de 12 años que afirmaron saber leer y escribir, “el 66,3% leyó redes sociales”, pero que los porcentajes de personas del mismo rango de edad que leyeron revistas y periódicos fue de 45,7% y 56,7%, respectivamente.

En un mayor porcentaje, en todo caso, otro aspecto que aqueja a nuestro gremio es una mezcla de tres factores: que todo gira alrededor de los mismos temas, que se arriesga poco por el nuevo catálogo de la música en todas sus variables y que quienes podrían hacer la diferencia por su vinculación a los medios más consultados tienen una actitud respetable pero cómoda a la hora de cubrir lo que sucede en terreno. Pasa que hay comunicadores hablando de festivales a los que no asisten, como si se tratara de un curso de educación a distancia; y otros que el 31 de diciembre publican un listado con lo “Mejor del año” cuando durante el resto del calendario no le han estado tomando la temperatura a la movida con un termómetro distinto al de los shows más anunciados, los álbumes que más rotación tienen o los que gozan de un estatus de “clásicos”.

En eso, en pararle más bolas a los álbumes de vieja data, es donde nuestro periodismo de música está sintonizado con el informe de BuzzAngle, una plataforma internacional que proporciona una visión completa de la demanda de música y que asegura que el 48,6% del consumo anual en un mercado como el de los Estados Unidos tiene que ver con el llamado “catálogo profundo”: discos o grabaciones con más de tres años de antigüedad, y cuya mayor clientela, al contrario, no son las personas mayores sino los millennials.

Este catálogo profundo, finalmente, reduce la tasa de demanda de discos más recientes o que solo tienen entre 8 y 78 semanas de lanzamiento a una cuarta parte (25,6%), y en nuestro medio muchas veces se queda con las pocas páginas disponibles para la música en periódicos o separatas de cultura. Y en vez de leer sobre quién es quién en el nuevo mapa de la música continental o colombiana, terminamos leyendo entonces sobre un álbum de culto de The Who y como si a estas alturas la cátedra al respecto no hubiera sido suficiente.

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