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11 p.m. ¿Hora de la represión?

Por
Redacción Shock

En medio de los comunicados de la cartelera de la Estación de Policía de Suba resalta el recorte de una caricatura. La Negra Nieves amonesta con su acidez al cuerpo policial: “En las esquinas ya no hay policías, en las calles no hay policías, se acabaron los policías. ¿Dónde están?”. Si es viernes o sábado entre las 11:00 p.m. y las 5:00 a.m., la respuesta en varias localidades de Bogotá será: “haciendo cumplir el toque de queda para menores de edad”.

El 17 de octubre fue una de esas noches. Cerca de la pared en la que Nieves los cuestiona, unos veinte policías forman. El comandante de la estación pone a discreción a sus subalternos y habla por radioteléfono tratando de armar un operativo. Ellos mueven las piernas para combatir el frío creciente de la medianoche, se miran sin saber por qué están formados, se rascan la cabeza, se acomodan la gorra y bostezan. Hasta que uno se atreve a romper la fila para formularnos una insólita pregunta: “¿Qué es lo que vamos a hacer?”. Nosotros somos periodistas, no policías.

El proceso, según el decreto, es el siguiente: si los policías ven a un menor sin la compañía de un adulto en el horario restringido, deben dejarlo en una Comisaría de Familia para que sus padres lo recojan. Antes, podían llevarlo también a las estaciones de policía, pero esto cambió por el recordado asesinato de un menor a manos de otro en un CAI de Bosa, justo el fin de semana de estreno de la medida. Fue la madrugada del domingo 10 de agosto, cuando un menor de 15 años y otro de 16 que reñían, en distintas horas y lugares, fueron encerrados en el calabozo de la Ciudadela Galán de Bosa. Horas después, un agente entró y descubrió que el mayor agonizaba por las puñaladas que le dio el otro.

“Se le hizo el cacheo de rutina y no se le encontró nada. Parece que llevaba escondida el arma en la ropa interior”, explicó la Policía y, más tarde, el comandante de la Policía Metropolitana de Bogotá, general Rodolfo Palomino, añadió que era imposible detectarla porque las normas les prohíben revisar las partes pudendas de los menores.

Digno de un escándalo ‘manuelteodorezco’, el hecho puso en entredicho la seguridad de las estaciones de policía y la efectividad de esta medida protectora. Por eso, se determinó que la Comisaría de Familia es el único sitio que garantiza la integridad de los menores.

Intentamos hablar con la Alcaldía y la Secretaría de Gobierno durante tres semanas sobre el tema, pero no conseguimos a sus funcionarios. También intentamos acompañar a la autoridad en un operativo, pero el paro judicial de octubre hizo que la jefatura de prensa de la Policía Metropolitana de Bogotá se demorara en atender nuestro requerimiento. El viernes 10 era la noche esperada, pero antes de nuestra llegada a la estación de Suba nos avisaron que el operativo debía abortarse: la comisaria tenía un problema de familia -en un inoportuno inicio de puente festivo- y nadie podía reemplazarla.

En cambio, este 17 de octubre todo indica que por fin enfrentaremos la polémica restricción. Los policías se preparan y sus camionetas nos esperan afuera. Aunque un patrullero nos preguntó qué íbamos a hacer y una mujer policía quiénes éramos, el comandante despejó las dudas. Les dijo que nos íbamos de ronda, que mucho ojo, Suba es difícil, sectores como Barrio Nuevo son jodidos, mucho robo, mucha lección (sic) personal, mucha riña y sobre todo mucha arma blanca, nuestro dolor de cabeza, y qué bueno que venga ella, importantísima para lo que es la requisa femenina.

El discurso es la antesala de un operativo fríamente calculado. Pero el comandante se acerca y, hablando pasito, nos dice:
— Hay un pequeño inconveniente, yo creo que es mejor que dejemos esto para otro día. Me acaban de avisar que el comisario de familia no está, quién sabe qué pasó, y esto es como un engranaje, y si al engranaje le falta una rueda, pues no funciona bien.
— ¿Y si no está el comisario, no hay operativo?
— Sí, claro, pero sin retenciones, porque lo único que podemos hacer es llamar a los papás para que recojan a los menores. Por eso es mejor dejar el reportaje para otro día, porque van a registrar una cosa incompleta y eso no es bueno ni para nosotros ni para ustedes, porque si lo que quieren es una nota de impacto, algo fuerte, pues no la van a lograr; si la hacemos les queda una crónica coja.

No queda de otra. Inspirados por el comandante, y a riesgo de terminar inventándonos un género periodístico como el periodismo portátil o el periodismo en bata, decidimos adoptar la novedosa técnica del periodismo cojo. Su primer postulado sería algo así: “Si la noticia se muestra incompleta -sobre todo durante dos semanas consecutivas- es porque así ocurre y así se debe registrar”.

 

El resto de la crónica sobre el toque quedado pueden leerlo en la edición impresa de Shock.