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24 horas en Cuadrapicha, segunda parte

Por
Redacción Shock
Mi amigo, el encargado de hacer los gráficos de esta crónica, y yo salimos “discretamente” de Angelo’s. Cruzamos la puerta sin mirar para atrás, no fuera a ser que al  tipejo con pinta de guardaespaldas de mafioso le diera por decomisar la cámara para estar seguro. El susto no valió la pena. Las pocas fotos que logré tomar no son lo suficientemente claras, y pensar que casi me pegan por eso. Ya me imaginaba expulsado a golpes del bar y lanzado a la acera con la cara vuelta nada, como en las películas. Pero, bueno, nada de eso pasó y la fiesta sigue.

A una cuadra de la Primero de Mayo se encuentra otra de las particularidades del sector. Si a la calle de la fiesta le llaman “Cuadrapicha”, me gustaría saber cómo le dicen a la 31 sur, donde más de 20 moteles se suceden uno tras otro en dos cuadras entre un asadero, una bomba, un lavadero de carros y una sala de velación. La discreción parece ser la regla. Nada de avisos de neón ni paredes con azulejos; la mayoría son edificios en ladrillo con pinta de bloque de apartamentos y nombres como Plaza Inn, Doral Inn, Gran Resort o Edificio El Velero. Sólo cierta distribución particular en la portería (pequeña, discreta, pegada al parqueadero) delata su verdadera destinación.

A las 9:30 de la noche casi no se puede caminar por la calle en “Cuadrapicha” (“Calle feliz”, me corrige una de las empleadas de la discoteca, que intenta elegir, provisionalmente, un calificativo menos despectivo, aunque, particularmente, no creo que el nuevo nombre pegue mucho. Habrá que esperar el concurso). Parece un fin de semana de fiesta en algún pueblo de tierra caliente. Decenas de personas caminan de un lado a otro de la calle, los locales compiten para ver cuál contamina más con el volumen de la música y los vendedores ambulantes ofrecen todo tipo de mercancías: desde minutos a celular hasta pinchos. Los ‘jaladores’ parecen haberse multiplicado, y los precios del trago también.

En casi todas las discotecas han eliminado de su carta las cervezas comunes. En Maité, un lugar de rumba crossover, nos envían exiliados al tercer piso, lejos de las niñas que seguramente están poco interesadas en un par de tipos que solo toman cerveza (“vaciados”). En el Monasterio, otra discoteca para universitarios, sólo ofrecen Corona o Heineken en botellas grandes ($7.000 cada una), y en San Roque nos dan con la puerta en la cara porque sólo reciben parejas hombre-mujer. No hay poder humano que pueda convencer a los porteros de que nos dejen entrar. Otra vez será... Más tarde, un residente del barrio me dice que unas semanas antes hubo un muerto en el bar por un lío de faldas y desde entonces decidieron prohibir la entrada de hombres solos. Los de seguridad ni lo niegan ni lo confirman y, para ser sinceros, no hay registro en la prensa de semejante acto. Leyenda urbana.

Esta noche amanecemos

Finalmente, después de comernos una maravillosa hamburguesa de calle “con todo” por $1.500, decidimos entrar a Zayaka que, pese al nombre, no tiene mucho que ver con el conocido bar del norte.

Zayaka es uno de los “amanecederos” del sector. Bares disfrazados de clubes que no cierran a las 3:00 sino a las 6:00 de la mañana. Me queda la duda de si semejante privilegio tiene que ver con la particular relación de los administradores del bar con un par de policías motorizados del CAI, que comienzan a hacerme preguntas cuando me ven libreta en mano tomando notas.

Las 3:00 es la mejor hora de Zayaka. Se abren de nuevo las puertas de par en par como si fueran las 6:00 de la tarde, y muchos de los rumberos de los alrededores comienzan a llegar para terminar la fiesta. Salsa y reggaetón es la oferta principal del Dj, que de vez en cuando lanza alguna “frase original” para animar a la concurrencia.

Sin embargo, el verdadero rey de la madrugada parece ser Tokio. El pequeño bar de hip-hop, ubicado en un segundo piso, atrae a una multitud que, si en algo se cumple el Código de Policía, debe tener un promedio de edad de 19 años. Unos 50 muchachos se agolpan a la entrada a las 3:00 de la mañana como si fuera la entrada a un concierto. Unos pocos metros más allá, Yerbabuena, otro de los amanecederos, está totalmente lleno. Demasiado calor, humo y escándalo para esa hora de la madrugada. Son las 4:30 y optamos por un sitio un poco más tranquilo. En Juanchito VIP,  la mujer detrás de la barra, una rubia de senos protuberantes, nos dice que sólo hay Heineken de un litro a $12.000. Será la última de la noche. El lugar parece más tranquilo. Suena salsa en los altavoces mientras alguien toca bongóes en una esquina; una mujer de unos 19 años se tambalea en su silla, vencida por el licor y el cansancio.

Su acompañante, si es que lo tuvo, al parecer se ha dedicado a otros menesteres, porque en la hora que permanecemos allí nadie se acerca a ver cómo está, ni siquiera en esos momentos en que la ley de gravedad parece decidida a cumplir su cometido.

En la barra, tres mujeres con aire de sexo por dinero parecen decididas a cuadrar su noche. “Adriana” se ofrece a bailar conmigo, pero ha tomado tanto que a duras penas se sostiene en pie; dudo mucho que pueda organizar un paso de baile, así que le digo que no. Trastabillea hasta una silla en una esquina donde un hombre la entretendrá con su charla lo que queda de noche.

Azul reproche

A las 5:30 de la mañana estamos sentados en la acera, al lado de un joven que abanica, una y otra vez, el carbón donde tiene calentando, desde hace rato, 21 chuzos que espera vender a los hambrientos rumberos que van de salida, incluyendo a los últimos clientes de Juanchito VIP. “Adriana” por fin ha desistido de conseguir cliente esa madrugada y sale tambaleando a la calle. Dos policías pasan en una motocicleta mientras el sol comienza a asomarse sobre el centro comercial y los meseros levantan las mesas en el bar de hip–hop, que aún permanece a puerta cerrada. La multitud que ocupaba el balcón ha desaparecido, pero no sale.

Son las 6:00 de la mañana. En Tokio todavía quedan algunos rezagados. De Zayaka sacan la basura en bolsas negras. A las 7:00 de la mañana “Cuadrapicha” luce como lucía a las 7:00 de la noche: los últimos enfiestados llenan de nuevo la calle. Extrañamente parece que no hubo peleas. Sólo una rubia le reclama airada al que parece ser su novio (corte militar y camisilla) por haberla golpeado. “¡Por qué me tenía que pegar a mí!”, le grita, mientras que los cinco policías que caminan por la cuadra, incluyendo a una mujer, miran a distancia esperando a ver si tienen que intervenir. Finalmente los amigos se llevan a la pareja, cada uno por su lado, y se diluye el único conato de conflicto de la madrugada.

Los vendedores ambulantes se dan por vencidos. El muchacho de los pinchos decide que la esquina cerca al CAI era mejor lugar para sus ventas que estar parado en medio de la calle soportando nuestras preguntas. Un reciclador pasa con su carreta buscando algo para rescatar. Un grupo de muchachos trata de mantener el equilibrio mientras llegan a la esquina de la Avenida Boyacá huyendo del “azul reproche”, esa sensación de incomodidad que deja el amanecer después de una noche de rumba.

Se acabó la fiesta… ¿o no?


Algunos no se preocupan por la luz del sol. Unas cuadras más hacia el norte, por la Avenida Primero de Mayo, una discreta puerta en lo que parece ser una bodega abandonada al lado de un lavadero de carros, es la entrada al mundo de quienes se niegan a terminar la rumba.

No hay ventanas que delaten el paso del tiempo, y la luz del sol de las 9:00 de la mañana sólo logra colarse tímidamente por la rendija de la puerta. Seguramente muchos no se han enterado de que afuera ya amaneció. Como ese hombre de mirada perdida que lleva quién sabe cuánto tiempo sentado solo frente a una botella de cerveza. “Está esperando un culo”, asegura uno de los habituales del lugar, que finalmente pudo conseguir quien le ofreciera un poco de perico para curar su ansiedad.

Este sitio, sin nombre ni dirección en la puerta, no es el único espacio para sacarles el cuerpo a la sanidad y al Código de Policía, que asegura que a esta hora no debe haber ningún establecimiento abierto con venta de licor. En la estrecha pista de baile se mezclan dos parejas de lesbianas con otras tantas de gays, un par que parecen recién escapados de la universidad, una prepago que acompaña a un yuppie con espíritu de aventura y algunas prostitutas de presupuesto “más cómodo”, según me anunció el mesero que me atendió, que tratan de apurar a sus clientes antes de que los venza el cansancio y se pierda la última oportunidad de levantarse unos pesos. Es una mezcla extraña de “outsiders” decididos a exprimir la fiesta hasta el último momento.

Termino el último ron de “la noche” y me despido con la promesa de regresar. Afuera es casi el mediodía de un domingo que parece tranquilo. Sólo algunos carros circulan por la Primero de Mayo, las cafeterías y los restaurantes de comidas rápidas abren sus puertas, aunque la clientela es mínima.
A esta hora es probable que doña Imelda haya logrado conciliar el sueño.

Finalmente empezó a llover.
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