Se encuentra usted aquí

¡Alegría!, 20 años de 1280 Almas

Por
Redacción Shock

Con el puño bien arriba y el grito afilado en la garganta, celebramos la carrera de una de las pocas bandas de culto de este pueblo alimaña. Señoras y señores: ¡alegría! Son los 20 de las Almas.

Difícil encontrar en la ciudad a alguien que haya ido a un toque suyo y no lo recuerde. Fácil ver la cara de bochorno de los que reconocen nunca haberlo hecho. Jodido encontrar banda nacional activa que haya pisado bar de barrio, escenario emblemático o el peladero con amplificadores tantas veces como ellos.

Desde 1993 hasta 1998 hubo períodos en los que llegaron a presentarse diez semanas seguidas. Nunca han dejado de hacerlo. Nunca han cacareado “nos retiramos”. Nunca han cacareado “volvemos”.
A diferencia de Aterciopelados, Jorge Barón no les dio la patada en el culo que en Colombia conduce a la fama.

¿Quiénes son? ¿Por qué los admiran? Emos, metaleros, cuarentones, adolescentes, ¿por qué en todos despiertan cierto respeto?

Hoy dicen que están empezando, y aunque acaban de cruzar la aguja de los veinte años, la nariz no les crece ni la cara se les cae. Ensayan desde hace ocho años en una oficina de dos espacios y un baño desvencijado en el tercer piso de un edificio de fachada blanca en el barrio la Soledad, metros arriba del Park Way.

El lugar es sede simultánea del segundo sello discográfico al que le meten la ficha en la vida: La Coneja Ciega. El primero, Hormiga Loca, luego tomado y desarrollado por Gabriel García, marcó el compás de la producción independiente de rock en el país en la segunda mitad de los noventa. Ahí se grabaron discos de Ultrágeno, de Sagrada Escritura, de Los Elefantes.

Hablan desordenado. Hablan con urgencia. Casi nada de lo que uno de ellos recuerda se libra de la dentellada desde el cogote del otro. Son premeditadamente toscos en el trato mutuo. Son también finos y delicados en las palabras que eligen, incluso cuando esas palabras tienen como fin el trato tosco. Sumando los doce temas que vienen en Pueblo alimaña, su próximo y octavo disco, han compuesto ya más de setenta canciones, quince o veinte de ellas talladas en la memoria de tres generaciones de bogotanos.

Son 1280 Almas, la banda hecha en la calle áspera de los noventa. La banda de la distorsión y la cumbia y el charles abierto y el currulao y la campana y ese aire latino roqueado, nomás que sin alarde ni “leibol” internacional. La banda que le enseñó a la capital de un país en guerra un grito de batalla alternativo: ¡Alegría!, ese grito que se dice en lágrimas, que se dice ebrio, que se dice sobrio. El grito de batalla que se expulsa como a uno le de la puta gana.

De niño me despertaba llorando pensando en la muerte. Mi amá, que un día de esos estaba dormida y solo quería seguir durmiendo, ella que era una campesina guerrera pragmática, me dijo: Ay, mijo, todo el mundo se muere, no moleste, y siguió durmiendo. Lloré y lloré y lloré, pero lo que ella me dijo era la verdad. Desde entonces y como hasta los 16 años me despertaba porque veía a mi papá corriendo entre ruinas de un terremoto, porque veía a mis hermanos morir una y otra vez”.
Fernando del Castillo recuerda sus sueños de horror de niño porque quiere que comprenda la importancia en su vida de la ciencia ficción de Philip K. Dick. Quiere que sepa que Valis (1981) lo curó de esos sueños de muerte. Quiere que entienda la fuerza de la sonoridad del lenguaje en la vida de los hombres.
 
Su padre, profesor de español de escuela pública del barrio Kennedy, le alentó la obsesión por la sonoridad de la lengua leyéndole en voz alta a él o a alguno de sus hermanos, cualquiera que tuviera cerca.

Juan Carlos Rojas, Hernando Sierra y Leonardo López no son sus hermanos biológicos, pero sí sus mugres de sangre, los otros tres pilares de 1280 Almas junto a quienes ha destilado, en el roce de sus conversaciones, ese único discurso que reconocen que subyace a las letras de la banda, asunto del que vinieron a darse cuenta un día reciente que planeaban la lista de canciones antes de un concierto.

—Esa no porque es muy parecida a la anterior.
Juan Carlos, el bajista, se quedó pensando. Todos los temas que le venían a la cabeza eran parecidos a ese anterior.

—Fer, es parecida a la anterior porque nosotros siempre cantamos sobre la misma vaina.

¿Qué es eso sobre lo que cantan las Almas?

La muerte y el consuelo de la muerte. El señalamiento del hartazgo y su remedio. La vida que se pudre y también la belleza de esa podredumbre. La tristeza. La batalla. La alucinación. La humanidad en la zona de candela. 1280 Almas canta una escuela de cinismo. 1280 Almas canta el antídoto contra esa escuela de cinismo.

No tengo dios ni ley/ Tampoco tengo orgullo/ Ni necesito que/ Me alquiles del que es tuyo/ Nunca saludaré/ Tu cochina bandera/ Ni aunque me des de lapos/ Con tu gruesa chequera/
Soy el antipatriota/ Yo soy la hierba mala/ Yo tengo el alma rota/ Soy hijo de una bala/ Yo soy el que te ofende/ Con su ruda apariencia/ Porque hago de contraste/ Para tu decadencia/

—Necesito que las cosas rimen. No puedo escribir muy bien en prosa cuando hago la letra de una canción. Siempre versifico. Coplas, esas vainas.

Fernando del Castillo no se reconoce como compositor de las letras de 1280 Almas. Menos delante de sus tres amigos vigilantes, quienes ya tienen pactada una frase que lo soluciona:

—Fernando es un compilador.

Además de la compilación de imágenes de fosas comunes (El platanal), sarcasmos contra el underground (Flores en las cortinas) o consignas de batalla (La ruta del venado),  el barbudo carediablo de pelo negro encrespado ha sabido expulsarse himnos de hoy que primero fueron una impresión íntima suya. Solo suya.

Era 1992. Él y el gordo Juan Carlos estaban en la casa de Guillermo Patiño, amigo de la banda en sus inicios. Estaban en algo parecido a una fiesta de muchos cuartos. La casa tenía unas escaleras que eran las sillas donde la gente acostumbraba sentarse a hablar. Un man agarró a Fernando y lo sentó en esas escaleras y lo fumigó tratando de venderle a Nirvana: que Nirvana esto, que Nirvana lo otro. Fernando lo escuchó. Diez, veinte, treinta minutos.

El gordo, mientras tanto, en otra habitación cercana a las escaleras en la que había varios amplificadores e instrumentos, se clavó a repetir como obseso una misma línea de bajo que intentaba inventarse. Quién sabe qué fue, a lo mejor la envidia, a lo mejor la línea de bajo del gordo. Lo cierto, lo que Fernando recuerda, es la transparencia del sentimiento que entonces lo quemó:

—Puro desamparo, man.
Se paró, agarró un papelito y escribió el coro que escuchó en su cabeza: Es esta soledad/ Soledad/ Criminal criminal/ Es esta soledad/ Soledad/ Criminal criminal/

***
—La música mía es la salsa —dice Leonardo López cuando recuerda ese tiempo germinal a principios de los noventa. Sus dos amigos almas salían del INEM de Kennedy y se iban para la Nacional (Fernando) y la Javeriana (Juan Carlos). Él tenía que quedarse en el coco terminando—. Igual me les pegaba y manejaba el sonido, pero la cosa creció, se necesitaba un ingeniero de verdad y además yo lo que quería era tocar.

Un día, después de que su novia le regaló su primer bongó y no supo qué hacer con él, sus almas recias le dijeron que dejara de lloriquear y fuera y buscara dónde aprender. Eso hizo. Descubrió que Álvaro Buitrago, un carpintero que tenía su taller en Kennedy cerca de su casa, era músico de orquesta. Él y toda su familia de chisgueros. Álvaro le mostró la clave de salsa y las primeras cosas básicas.

Cuando habla de su instrumento y de las Almas, a Leonardo le gusta darle vueltas a una idea que dice que le da tranquilidad: la percusión como elemento secundario en el rock. No parece decirlo como alarde de falsa modestia, porque de lo que habla es de su propio rigor: menos carga de responsabilidad por tocar bien en los conciertos significa mejor oportunidad de hacerlo bien. Y hacerlo bien es su rumba. Le señalo lo que mucha gente opina: que ese sabor discreto de la percusión latina como colchón de la descarga grunge es el que le da singularidad a las Almas.  Dice que le parece una apreciación exagerada.

El aura de la amistad a toda prueba es parte también de la ecuación pública con la que se los comprende. Pero ¿cuáles han sido esas pruebas? ¿Dónde y cómo han templado la pita?

1280 Almas se ha reventado la jeta, se ha quitado novias y se ha declarado a su interior diferencias políticas profundas. Esa humanidad misma, capaz de conflicto, ha movido su humanidad capaz de solución. Sobre todo, al oírlos hablar de la violencia que han atrevido sobre ellos mismos, se me ocurre pensar en su humanidad capaz de construir sentido luego de los puños.

Finales de los ochenta. Años de bachillerato. Habían empezado a frecuentar un bar cerca de las Súper Manzanas de Kennedy, donde venían apareciendo chuzos capaces de salsa de los setenta y Deep Purple en seguidilla. Eran cuatro: Juan Carlos, Leo y Fer, y un cuarto amigo de entonces que se llamaba Gustavo Barbosa. Se habían bajado tres botellas de ron Tres Esquinas y caminaban trastabillando porque tenían que acompañar al gordo Juan Carlos a Francia. Francia era la casa de un man que al gordo ebrio le dio por visitar esa misma noche porque el man se iba para Francia y él soñaba también con ir a Francia. Cuando llegaron, el man le dijo algo al gordo y lo dañó. El gordo no recuerda qué fue, pero lo rayó a tal punto que salió y se echó en un pastizal y abrió los brazos y empezó a llorar:

—¡Ya no me voy para Francia! ¡Ya no me voy para Francia!

Fer, Leo y Barbosa lo montaron en un taxi y lo despacharon.

Luego los tres siguieron caminando hasta que a Fernando le dio por hartarse de alguna actitud de Leonardo, y lo increpó: fantoche. Leo le reviró, uno le dijo al otro que lo quería encender, el otro dijo que también y arrancaron. Puño vino y puño fue, hasta que se reventaron las narices mal. Barbosa, aterrado, gritó y trató de pararlos. Mientras lo hizo les recordó que eran “amigos”. Cuando acabaron, Fer y Leo decidieron ir a comer perro caliente. El lugar al que llegaron estaba forrado en espejos. Fer miró a Leo. Leo miró a Fer. Ambos tenían chorros de sangre bajándoles por la nariz. Se limpiaron. Se cagaron de la risa. Barbosa los miró a través del espejo y en esa mirada, dicen, leyeron su pensado: yo a estos manes no los conozco.

***

Pablo Kalmanovitz fue el primer baterista de la banda, pero en realidad fue la familia Kalmanovitz entera la que entró en el corazón de los manes. El hermano de Pablo, que estudiaba cine en la Nacional y conocía a Fernando y al guitarrista, el mono Hernando Sierra, fue el primero en mostrarles a todos el mundo Fender: amplificadores, guitarras, pedaleras. De hecho, ese hermano de Pablo le prestó al mono una guitarra porque la que tenía, que era un hechizo, se la habían robado.

El día que pasaron a recogerla conocieron a Pablo y lo escucharon tocar con la otra banda que tenía. Luego lo buscaron y le dijeron. Pablo accedió a meterle la ficha mientras encontraban baterista. Eso no sucedió. Pablo escuchó lo que llevaban compuesto a partir de la programación de ritmos de batería en un teclado y no solo entendió que la banda necesitaba un baterista; entendió que él necesitaba una banda con una energía así.

Kalmanovitz estuvo en las Almas entre 1992 y 1996. Grabó Háblame de horror, Aquí vamos otra vez y La 22. Se fue porque había empezado a estudiar matemáticas y no sentía que pudiera hacer ambas cosas bien. Dice que fue una de las decisiones más difíciles de su vida.

En esa primera dificultad quedó cifrada una maldición 1280 Almas: la maldición del baterista exquisito.

Nunca han podido tener un baterista permanente y, sin embargo, han tenido grandes bateristas de la movida jazzera y de vanguardia de la ciudad: Urián Sarmiento, Damián Ponce de León, Tupac Mantilla y Juan David Rubio. Rubio, el que hoy le pega a los tarros, prepara maletas porque se muda a Francia a finales de agosto después del lanzamiento de Pueblo alimaña.

Vendrá otro. Tendrá que ser exquisito también.

***

El día que Juan Carlos Rojas llegó al ensayadero con la noticia del show de Jorge Barón, no estaba seguro de qué pensar. Tampoco hubo necesidad de que se esforzara. Recién anunció la noticia, Fernando saltó:

—Ni por el putas… Ni por el hijueputas vamos a tocar ahí.

¿Cómo sabe una banda cuáles son esos momentos que definen su historia?

Es fácil imaginar el destino labrado a pulso de 1280 Almas como el trayecto de una rata valiente a la que le ponen al frente platos con veneno dulce y tiene la astucia de esquivarlos. Es incluso tentador porque esa narrativa decanta un lugar seguro: el lugar del culto. Frente a ellos, sin embargo, esa no es una imagen precisa. Ni el plato al frente era dulce veneno, ni las patas que recorrían los corredores de los estudios de grabación eran de roedor.

La propuesta de mercadeo de dejarse dar en televisión abierta una patada teatral en el culo por parte de un man que nunca los había escuchado ni los pensaba escuchar jamás, y luego sonreír, no era que ellos la consideraran una ofensa. La reacción de Fernando no era visceral. Lo que había era hartazgo: el hartazgo simple del que se cansa de dar explicaciones. ¿Por qué entonas así? Porque la canción es sobre un borracho. ¿Por qué no se visten mejor? Porque nosotros nos vestimos sencillo. ¿De verdad no van a hacer el show de la patadita de la suerte? No, ni modo.

Nadie en la banda conocía ese hartazgo mejor que el gordo Juan Carlos, porque aunque entonces ya tenían mánager, él era quien acompañaba a ese mánager a frentear allá en los corredores de la disquera para luego volver al ensayadero a seguir frenteando. Él era el primero que tenía que escuchar que hicieran esto y lo otro, que fueran donde tal man de radio a pedirle amablemente que esto y que lo otro, con buena cara, sin oportunidad real de promoción de una música que, esto lo entendían muy bien, para BMG era difícil de vender.

1280 Almas son canto áspero y opaco que demanda, bajo ágil que alienta, guitarra avispa que ilumina, percusión latina que entraña, batería exquisita que estrella y estrella con desespero. En síntesis, sonido ansioso por saltar del punk agreste a la clave latina en el mismo compás, una demanda por los colores del horror que, aunque en algo sonaba familiar, era suficientemente extravagante para que la gente dudara comprarla.

Aterciopelados se había subido a la tarima de Jorge Barón en un gesto probablemente comprendido por ellos como kitsch, había recibido su patada en el culo y las cosas parecían estar funcionando. En sana lógica, pensó Rafael Mejía, gerente artístico de BMG alrededor de 1994, 1280 Almas debía hacer lo mismo porque pertenecía al mismo paquete contratado como rock alternativo. Ese paquete debía ir escalando, con Aterciopelados como punta de lanza.

Pero las Almas nunca se subieron a la tarima del show de Jorge Barón, BMG no supo entonces qué hacer con la oveja negra, y ambas partes dieron un paso atrás parecido a la resignación. Esa decisión del sello de desatenderlos, tomada en 1994 después de haber lanzado Aquí vamos otra vez, es decir, después de haber quedado obligados a cumplir con los tres discos pactados en el contrato, generó para la banda un limbo laboral de independencia, porque nadie volvió a esperar mucho de ellos. Ese limbo, visto hoy en la distancia, para ellos significó una victoria: grabaron en estudios inmejorables los tres discos estipulados con el sello comercial (Aquí vamos otra vez de 1994, La 22 de 1996 y Changomán de 1998), consiguieron dinero de este para lanzamientos que están en la memoria de su fans, y nadie nunca volvió a proponerles payasadas.

Este cuadro de victoria estaría incompleto de no mencionarse la variable sustancial que hizo posible que ese limbo fuera de independencia, y no un mero abismo letal: el nacimiento, dentro de las instituciones públicas de la ciudad, de políticas culturales. Berta Quintero, quien entonces estaba a unos meses de recibir las primeras ideas que desembocarían en Rock al Parque, pactó con ellos en ese año de 1994 uno de los intercambios vitales de su trayectoria: toques gratuitos a cambio de un lugar donde ensayar.

Las Almas dieron puntadas definitivas a los primeros años de su sonido ensayando en la sala Oriol Rangel del Planetario, donde alucinaron de ensueño y aprendieron lo que hoy llaman su sentido de escenario, que no es otra cosa que una sensibilidad desarrollada para iluminar el roto que sea: inteligencia que se niega a desdeñar el espacio porque entiende que la música es geografía, y la geografía, azar.

El en vivo de las Almas enciende el ánimo porque es capaz de contagiar la trayectoria que sus músicos han recorrido en Bogotá: postes de luz embadurnados de engrudo; dibujos a mano de todos y cada uno de sus carteles de promoción; tragos de vodka servido en una lata vacía de cerveza. Ellos son ese toque directo en el que huelen a la gente y la gente los huele a ellos. El sudor que se comparte, la mirada de cerca que se atreve, el canto y el viaje que se hacen juntos o no se hacen.

A finales de 1993, en uno de esos primeros toques estrechos pactados por la Alcaldía en la Media Torta, en un pogo cortesía de un arreglo de Popeye el marino  de la banda que sería Morfonia, pero que entonces no se llamaba todavía así, el mono se lanzó a un slam que no encontró brazos, sino el vacío. Cayó al piso y le pasaron por encima. La banda que continuaba eran ellos, 1280 Almas, pero lo que siguió fue un periplo de clínica y Demerol, porque el mono se había dislocado el brazo derecho y le dolía como un malparido.
Una semana después estaba pactado el inicio de las grabaciones de Aquí vamos otra vez, primera factura cortesía de BMG. El mono grabó las guitarras con el brazo derecho colgando y la cabeza sumergida en desinflamantes, relajantes musculares y acetaminofén. Lo paraban, tocaba, le decían algo, volvía a tocar y cuando terminaba su turno caminaba hasta el sofá y se echaba a dormir. Si el disco se atiende con cuidado, pegando el oído, directa la oreja sobre el parlante, puede escucharse el rumor de dolor del brazo derecho del mono Sierra.

¿Qué celebramos cuando celebramos los 20 años de 1280 Almas?

Celebramos una escena y una pulsión: la de un grupo de micos que se rascan la cabeza, miran alrededor para entender el lugar donde están parados, prenden sus estrategias de sensibilidad y le sacan al aire bailes que un día serán nuestro consuelo. 1280 Almas son el brazo arriba porque estás vivo. Celebramos su leyenda.