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Ataque depresivo

Por
Redacción Shock
Llora un día, inconsolable. Un día, dos o tres. Llora porque duele y lo que duele se sufre, se lamenta o se anhela, se padece… Llora un día con furia. Dos o tres. Está triste. Es un ser de emociones y eso es justamente la tristeza: una emoción, como cualquier otra. Ha perdido. Tiene miedo. Está decepcionado. Porque perder, temer y decepcionarse es parte de todo, como ganar, ilusionar y enfrentar, como gritar, escalar o viajar.

Y llora. Y no duerme. Y no come. Y con nada se consuela. Y no sale de casa. Y todo está gris. Y recuerda y llora más. Y prefiere estar solo. Y duele, se repite que duele como nada nunca antes. Un día, dos o tres. Tal vez cuatro. Y llega el momento de detenerse. De comer, dormir, reanimarse, limpiarse los mocos y conectarse a la vida ¡nuevamente! Porque perder es parte de todo y hay que prepararse para ganar de nuevo. Porque problemas significan pérdida, tal vez, fracaso. Problema es ese que intervino en casa y enfureció a los padres con el hijo y al hijo con los padres. Dificultad  fue eso en lo que se vivió sin plata, vaciado y preocupado. En aprietos estuvo porque no debía perder álgebra, cálculo o biología. En conflicto está porque nunca es fácil dejar a alguien amado.
Problemas… líos, conflictos, inconvenientes, aprietos: siempre tienen solución. Cercana o lejana, pero la tienen. De lo contrario, serían una desgracia, una catástrofe.

El llanto, el distanciamiento del grupo de amigos o del familiar, el insomnio, el drama, el sentimiento de ser el único con una carga de tal magnitud, la rabia, el odio, el cansancio, el dolor, la distracción, el agotamiento, el aburrimiento, la tristeza… todos hemos vivido una, varias o todas. ¿Las razones?  Las sabe cada uno, las siente cada uno. Son síntomas de desagravio, de limpieza profunda, que permiten, por qué no, llevar un proceso de curación interna. Síntomas que deben durar y doler lo suficiente. Sin exceso y sin apego. Sentir sí, pero parar a tiempo, sobreponerse cuanto antes, cuidarse al máximo la cabeza, el corazón y el cuerpo.

Cuando la intensidad, la frecuencia y la duración de algunas o todas, sobrepasan el límite de aguante: es el momento de hablar de depresión. Que no puede ni debe confundirse con la pereza o la mala actitud en un día de lluvia o domingo por la tarde, pues se trata de una enfermedad, tan dañina como el cáncer. La depresión (en todos sus niveles) duele, duele mucho y por mucho tiempo, y lo más importante: noquea, abate de tal manera, que el cuerpo comienza a sentirse tan enfermo como la mente y el corazón. Sin embargo, es importante dejar en claro que no todos los trastornos depresivos contribuyen a que el suicidio se lleve a cabo. Como ya lo dijimos antes, es el deseo de morir el que dispone, la depresión, en muchos casos, solamente lo refuerza.  Pese a que cada uno, a su manera, a su estilo y convicción, justifica las razones por las que padece este estado emocional alterado, lo cierto es que éste depende claramente de las creencias autodestructivas que se hayan alimentado con los años.

La depresión se fortalece con nuestra vulnerabilidad, con nuestras limitaciones. Nos somete porque nos creemos “incapaces” de resolver nuestra vida, aquí y ahora. Es mejor pensar que el placer está en fallar, en cagarla, una, dos y tres veces… las que sean necesarias. En amar y perder, pues nadie es responsable de hacerme feliz, ni yo de  hacer feliz a nadie. Los demás nunca dan la talla y es por eso que sufrimos, que nos decepcionamos. El goce está en eso que llaman “ensayo y error”. En tolerar el fracaso y levantarse con ganas de volver a cagarla. En ir en busca de ese sueño. O ¿cuándo han visto que una piñata se rompa al primer golpe?
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