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Creo en todo menos en mí

Por
Redacción Shock
A los 19 se “cargan” aquellas creencias sobre sí mismo, que no son otras que el resultado de masticar y tragar información, interna y externa, por 19 años. Una carga emocional que se vive igual a los 13, a los 22, a los 25.

¿Quién creo que soy? Es la pregunta clave, pues, con el paso de los años, eso en lo que creemos, eso que decimos ser, se reafirma o desaparece; nos hace fuertes o, al fin de cuentas, tremendamente vulnerables. En palabras simples: uno es lo que cree ser.

¿Por qué entonces lo que creo sobre mí es negativo, es un factor que predispone al suicidio? Muy sencillo: porque ese “creo que soy” causa un dolor psicológico intolerable. Porque el “soy” que grita desde adentro está contaminado: soy malo, feo, gordo, inútil, bruto, tonto, incapaz; soy demasiado o muy poco… nada bueno al fin y al cabo. O demasiado feo o muy poco atractivo. Porque el autodesprecio ¡destruye!

Un “yo soy” negativo en el que se cree a ciegas. Soy y me castigo por ello: Látigo a mí mismo por cómo me veo, cómo me siento, cómo me percibo, cuánto valgo, cuánto soy, cuánto puedo dar. Palo porque no puedo, porque no valgo la pena. Azote porque soy una mala persona, porque no sirvo para nada.
Dicen los expertos que en la adolescencia se es especialmente sensible a que la apariencia física tenga un valor incalculable; a encajar en un grupo social; a ser y tener para gustar; a que las pérdidas y el fracaso nos tumben al suelo; a querer de más o a querer menos; a sentirse confundido sobre su orientación sexual, sobre sus decisiones; a experimentar, sentir y probar. Lo saben los expertos, lo sabemos nosotros y lo saben ustedes.

Sin embargo, pese a saberlo, el autorrechazo cae, llega, aparece o se refuerza, cuando el resultado de todos esos intentos para construirse como un ser social no es el esperado. Y, bien sea dicho de paso: lo que más desprecio a sí mismo genera es el rechazo de los otros. “Estás gorda y el mundo se hizo para los delgados”. En muchos casos, esta ofensa puede llevar, a aquel que la recibe, a padecer desórdenes alimentarios (léase bulimia, anorexia). El de afuera acusa, tacha, señala, se burla; el de adentro, uno mismo… busca bajar de peso a cómo dé lugar, se maldice por comer un dulce, se obsesiona, se va al hoyo del “soy” lastimándose cada día de su vida, cada vez que se mira al espejo. “Ese man es maricón. Esa vieja es arepera.  Eso es ‘pecado’, son desviados, raros”. El de afuera acusa, tacha, señala, se burla; el de adentro… asimila el rechazo y lo hace suyo, cuestionándose, negándose, debatiéndose entre el “ser o no ser”.

Marcados como reses, sintiéndose señalados y oprimidos desde afuera, tachados por aquel, este o el otro… aparecen los sentimientos de inferioridad y la frustración, el miedo al rechazo, el exigirse en exceso por ellos, por los que acusan, en busca de la aceptación pero sin aceptarse a sí mismos.

Sin embargo, sépalo y entiéndalo: Somos vulnerables a lo que piensa el mundo, simplemente porque no creemos lo suficiente en nosotros mismos. Todos siempre tendrán algo qué decir, algo qué opinar, para cagarse en la cara del otro, y están en su derecho.

Pero no se trata de conformarse con “lo que me tocó”, es una invitación a amarse como es, sin excluir la posibilidad de cambiar. Somos seres sociales. Pero basta de tener como prioridad sobre mí mismo a los demás. La pelea aquí no es con el “usted es”, el externo. Es una lucha interna: con lo que piensa y no con lo que siente. Batallar por sus valores, atributos y cualidades, porque si no los reconoce es como si no los tuviera. Porque usted no se siente inferior por su condición sexual, social o física; por lo que los otros crean. Usted se siente inferior porque cree que lo es.