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De porristos y Súper Bonder: El estadio habla

Por
Redacción Shock

Pero mucho más que eso,  ir a fútbol es ante todo un acto casi morboso, con masoquismo incluido, con una dosis importantísima de gusto por el fetiche. Es como ir a una grabación de Palco Quillero, el programa de TeleCaribe que aparece antes de cada carnaval y que es una deliciosa caja de sorpresas porque todo puede pasar. Desde salir ‘enmaizenado’ o con una paca de papel higiénico Nube como premio mayor. Es lo mismo en el estadio: nada está escrito, olvídense de las rutinas.

Arranca el partido. Era muy buena elección ver hasta hace unas fechas un encuentro en el que jugara el Huila. Los goles de “Champeta” Velásquez palidecían ante los mocasines blancos con ausencia de medias que Miguel Prince tomó como opción de moda –y de vida- desde aquellos tiempos en los que, al lado de Frascuelli y Antonio Rivas, jugaba como ese rudo defensor que descubrió alguna vez Víctor Pignarelli y que llegó a ser el goleador de la Selección Colombia de Ochoa, aunque jugaba como último hombre en defensa. Solamente eso paga la boleta.

Salvo que se sepa que Édgar Perea va a llegar en helicóptero a la mitad del césped del campo de juego –como ocurriera en 1986 luego de que “el campeón” hiciera esa proeza digna solamente de un Papa en gira mundial-, hay dos alternativas al momento del intermedio del partido: salir a comprar comida o ver el espectáculo de medio tiempo. La primera es difícil: chichoneras y gaseosa caliente son las opciones. No muy provocativas, pero siempre se recae en esa tortura. 

Quien se queda cuidando los puestos en las gradas, mientras los demás se rompen la mula por el último plato de lechona, observa a las porristas con deseo, pero solamente hasta que en medio del show aparecen los porristos. No son adictos a la heroína pero por su oficio bien podrían estar sufriendo de extrañas sobredosis de alguna sustancia. Pantalón ajustado, sonrisa de equipo de nado sincronizado, peinados de profesor de educación física y delicadeza de pastel gloria de la panadería Verona son sus señas. Un verdadero tormento para el espectador. Una señora dice que los muchachitos tienen el culo en las corvas.

El juego sigue su marcha pero hay más cosas alrededor: el tablero electrónico del estadio El Campín –que parece de basquetbol- no transmite el partido: sí las peleas de los hinchas que defienden la misma camiseta. ¿Raro, no? La policía entra y dejan de volar puñales, puños y 767 sillas.

Un hincha de vieja data dice que el paso a Monserrate lo cerraron porque el “Bolillo” Gómez castigó al plantel un día que se fueron a trotar por el cerro porque varios futbolistas de Santa Fe hicieron extraviar al chileno Julio Gutiérrez haciéndolo tomar un camino distinto. Se demoraron tres días en encontrarlo. En medio de la historia que cuenta el señor, hay gol y nadie para de abrazarse. Ni siquiera un minusválido que está en la pista atlética y que milagrosamente se levanta de su silla. En Medellín sí que se ve ese fenómeno digno de cualquier iglesia con baldosín rojo brillado con cera Efro.

El final aparece. Óscar Julián Ruiz pita el final (nota: ¿por qué los árbitros colombianos tienen el mismo peinado? Parecen con el pelo de un muñeco de Lego). Las luces del estadio se empiezan a morir y uno, cumpliendo el rito sagrado del adiós, prende el radio para oír cuánto quedó el resto de la fecha. Y aunque las torres de iluminación se apagan, sigue habiendo vida allí: Samuel Moreno, armado de un Super Bonder y media de brandy, estará pegando la silletería rota por los hinchas durante toda la madrugada.

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