Se encuentra usted aquí

El brutal legado de Jorge Mackenzie y Neurosis para el metal

Por
Redacción Shock

Neurosis toca este sábado 16 de agosto a las 8:45 p.m. en el Escenario Plaza. 

Por Antonio Alarcón @Elroleins // Foto: Gustavo Martínez

No hay mejor venia para un género que recorrer las arterias de su historia para luego remembrarla y compartirla a través de sus canciones y quienes detrás de ellas se encuentran. Estudiarla es por estos días mucho mas simple gracias una herramienta como internet, sin embargo, hay quienes no sólo han tenido que leerla frente a la pantalla de un computador, sino que la han vivido en carne propia durante generaciones. La historia del metal en Colombia, por ejemplo, es una difícil de perseguir por la web -quizás por la naturaleza subterránea propia del género- pero es una que se puede reconstruir a través de las narraciones hechas por protagonistas como Jorge Mackenzie, líder, guitarrista y fundador de una agrupación que por veintisiete años le ha servido al género como representante digno de respeto y admiración por quienes la han oído desde sus inicios hasta hoy. Hablamos de Neurosis (ver galería de fotos) y hablamos también de quien se ha mantenido erguido durante esos veintisiete años manteniendo la bandera en lo más alto.

Mackenzie es un tipo que a simple vista puede parecer una amenaza andante para cualquier padre de familia, no obstante, su camiseta negra, sus botas militares y su pelo largo, tan solo reflejan la fascinación que siente este personaje por un género al que le ha entregado más de la mitad de su vida. Reside en un pequeño y sobrio apartamento, en el suroccidente de Bogotá, que demuestra de entrada la practicidad de un hombre serio, tranquilo y muy racional. Su discurso es uno tan bien estructurado como las más de cincuenta líricas que ha escrito y publicado en más de media docena de álbumes de estudio. Su vida es metal y sus sueños son metal.

Se define a sí mismo como un man incansable, trabajador, exigente y muy ambicioso, entendiendo este término como un valor que lo ha llevado a exigirse para ser cada día mejor que el anterior. La competitividad ha jugado un papel fundamental en su naturaleza, incluso desde que era un chico y se colgaba medallas de atletismo y ajedrez en España, país en el que residió hasta los diecisiete luego que su padre lo trasladara a tierra ibérica con menos de diez años. Fue allí precisamente en donde conoció al rock como género y al metal como estilo de vida.

En este 2014 se cumplen veinte años de una de sus más importantes placas discográficas: Verdun 1916 –grabado en 1994 pero publicado en 1995-. Y para conmemorar la fecha, Mackenzie se subirá al escenario Plaza del Simón Bolívar en el marco del primer día del también veinteañero Rock al Parque con un show que repasará los cortes del disco. Es la séptima vez que se presentan en este espacio pero para él este podría ser el concierto más importante en la carrera de Neurosis. Uno, por lo valioso que representa la oportunidad de rendir homenaje a un disco que le ha abierto infinidad de puertas desde su salida y dos, por estar en tarima, a la derecha, de Arley Cruz, vocalista original de la banda; un hermano de batallas radicado en España -casado y padre de un hijo- con quien no tuvo contacto por más de dieciocho años hasta que pudieron compartir unas primeras palabras a través de Facebook.

La reunión es en un motivo de celebración para ellos y para cientos de miles de fieles que no tuvieron la oportunidad de verlos alguna vez juntos interpretando las canciones que crearon dos décadas atrás. Para Mackenzie, este show es una responsabilidad que le ha robado el sueño y toda su atención teniendo en cuenta que sus funciones no se limitan a ser el guitarrista de la banda pues es el gerente de una empresa que ha publicado siete discos y se ha labrado a pulso gracias a su jerarquía, aguante y profesionalismo. Cualidades que trata de transmitir a los músicos que invitó para hacer parte del combo y con quienes ensaya en una residencia familiar –hogar de su baterista- en donde los abuelos toman el té en la sala mientras en una habitación trasera, ajustada como estudio, la estridencia golpea en las paredes y en los oídos de estos cinco metaleros. Historia repetida para él casi tres décadas después ya que al inicio de la historia también ensayó sus primeras tonadas en el cuarto del servicio del guitarrista de su banda en el Barrio los Alcázares.

Para muchos lejanos al género pensar en un metalero es remitirse a rituales satánicos, peleas callejeras o borrachos bullosos, no obstante, Mackenzie es la antítesis de esta imagen. Es un tipo amable y muy cálido que a sus cuarenta y cuatro años no ha hecho otra cosa que camellarle a la música y a las posibilidades que le ha ofrecido el mundo para vivir. Por allá en sus veintes fue mesero de un restaurante de hamburguesas cerca a la Universidad Nacional, luego intentó darse un chance con la academia, y la comunicación social, y ahora sostiene una compañía propia que ofrece servicios especializados de inglés. La enseñanza es una pasión que comparte con el metal desde hace veintidós años y es una herramienta que le ha servido para salir adelante luego de divagar por las calles de Bogotá en busca de especímenes que como él le tiraban más a la furia del rock duro y no a la balada de plancha que tan importante lugar ocupaba en la radio comercial. Y fue de este andar gitano por el centro de la capital que encontró otros pares que durante el día compartían música en las casetas de la calle 19 con 8 para en la noche migrar a los pocos espacios abiertos al género. Allí, echando pola y cuentos, conoció a  Oscar Orjuela, el entonces baterista de Darkness, quien lo invitó a tocar el bajo, aunque del instrumento no supiera un carajo y apenas podía reconocerlo en las canciones que oía. En Darkness duró seis meses mientras fraguaba irse por lo suyo junto a nombres como Francisco Nieto –uno de los primeros integrantes de La Pestilencia junto a Dilson Días y Hector Buitrago- y Arley Cruz. Estaban por terminar los 80’ pero estaba por empezar la historia de una manada de mechudos que a los diecisiete años levantaban los primeros muros de un circuito metalero que hoy cuenta con miles de bandas en las veinte localidades de Bogotá.

Mientras se fuma un mustang azul y pasa los sorbos de un café servido en uno de los mugs que él mismo mandó a imprimir para vender en Rock al Parque como merchandising oficial de la banda, Mackenzie recuerda y revive una historia artística enmarcada por el caos del mundo y de su propia existencia. Cita las letras de sus canciones –sus únicos hijos- para contextualizar el lugar del tiempo al que se refiere. Entre risas cuenta cómo fue el primer show de Neurosis en enero del 88 en algún lugar ya inexistente, por la calle 22 abajo de la Avenida Caracas. Se toma la cara con algo de melancolía y nostalgia recordando que cuando empezó, además de tocar guitarra, hacía vaca y fotocopiaba los volantes de sus conciertos para entregarlos a cualquiera que tuviera pinta de roquero en los semáforos de la ciudad. Y dentro de lo pintoresco que pueda parecer imaginarse a este soldado recio entregando papelitos en una esquina, para él es y ha sido una tarea fundamental que no puede dejar de lado como gerente de Neurosis, igual que estar pendiente del diseño de las camisetas que se venderán en el Simón Bolívar, responder inquietudes que le entran al inbox de su Facebook o haber respondido a mano cada una de las cartas que fueron enviadas por los seguidores de la banda –desde distintos rincones de Colombia- y  llegaron a un apartado postal en el edificio de Avianca, el cual venía inscrito en los cuadernillos de sus discos. 

A las 8:45 p.m. de este sábado 16 de agosto, el Verdún 1916 reencarna en la voz de Arley y las guitarras de Mackenzie frente a miles de sus devotos. Y si bien en su discografía existe un significativo número de publicaciones más que certifican el esfuerzo por mejorar como banda, álbum por álbum, es Verdún el que consolidó el inicio de un legado que ha superado fronteras y generaciones, alcanzando reconocimientos que llegan incluso al patrimonio cultural de la ciudad. Veintisiete años de historia resumidos en un show de poco más de una hora. Un momento en que Mackenzie además de pensar en escalas y melodías evocará las razones que lo llevaron a mandar todo a la mierda y apostarle al metal, no por ser famoso ni obtener reconocimiento, sino por seguir un llamado universal que sin etiquetas religiosas o espirituales brotan de su pecho desde el momento en que escuchó por vez primera una canción de Pink Floyd, Slayer, Metallica o Judas Priest. En el Escenario Plaza, este legendario guerrero le demostrará una vez más al mundo que nadie lo obligó colgarse una guitarra ni nadie le puso un revolver para tocar pero aunque ni su propia familia lo entienda, él seguirá siendo un comandante del género al que le hace venia recorriendo las arterias de su historia, recontándola a través de viejas y nuevas canciones que ha compuesto y sigue componiendo veintisiete años después.