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El carnicero está de vuelta

Por
Redacción Shock

¿Brutal? Sí, pero no es suficiente. ¿Implacable? Tampoco. ¿Poderosa? Sin duda. 

Destruction bien puede ser uno de los estandartes del metal, una banda que durante más de 25 años ha elaborado un cuerpo de trabajo forjado en acero y sudor. Son más de una decena de discos que ejemplifican el lado más crudo y ortodoxo del thrash metal, un género complejo que, más que seguidores, está plagado de una especie particular de feligreses. Sin embargo, el trío alemán (un trío que paradójicamente descansa en dos de sus miembros) es algo más que una entrada de Wikipedia en la cronología del metal.

Durante casi tres décadas, Schmier y Mike (bajo-voz y guitarra, respectivamente) han mantenido a flote no un barco, sino más bien una nave de guerra que avanza a cientos de kilómetros por hora, una sólida estructura que se rehúsa a tomar nuevas direcciones; como lo dice una de sus canciones: Thrash hasta la muerte. Si la música de Destruction fuera un líquido, este sería capaz de encender el motor de un carro.

Es todo: la guitarra que no deja un solo espacio para la duda, un continuo ataque sincopado y estructurado que lo llena todo de, bueno, de metal; en la base está la batería que amarra con alambre de púas el ritmo y por encima del conjunto vuela desgarradora, aguda, lacerante, la voz de Schmier: “Tu libro de Dios, tu libro de mentiras/ La muerte de tu héroe nos trajo miles de gritos/ Clavado a la cruz/ La señal de la cruz es una señal de guerra,/ Su símbolo sagrado ha sido usado para más”. 

Hoy en día, si bien no figuran bajo la luz de los reflectores del espectáculo, del continuo despliegue de estrellas fugaces manufacturadas en oficinas de mercadeo, son reconocidos como guardianes de una línea pura, casi sagrada, del metal. A través de una carrera llena de giras y drogas y conciertos a reventar en el legendario Wacken Festival en Alemania, o en escenarios llenos de leales seguidores en Suramérica, la banda alemana ha logrado un estatus de venerada leyenda entre los conocedores. 

Para la historia del metal quedarán discos como Eternal devastation (1986), Release from agony (1989) o Antichrist (2001). Canciones como The butcher strikes back y Nailed to the cross seguirán siendo un antídoto contra los días llenos de monotonía, aquellos momentos en que, como lo dijo un fanático en un concierto de la banda en Bogotá (2002): “Quiero tener una motosierra y prenderle fuego”. Destruction y ya está.

Una de las cosas más gratificantes de ver al trío alemán es la alegría con la que reciben el momento de subirse a un escenario en Suramérica y, en especial, en Colombia. Tal vez ya no es el caso (al menos no del todo), pero en los peores años de un país con dos malos siglos de historia, eran las bandas de metal las únicas que ponían un pie en Eldorado. En contra de las recomendaciones del Departamento de Estado y el terror esparcido por CNN, fueron los metaleros quienes consistentemente continuaban honrado el vínculo sagrado entre fanático y artista. En cierta entrevista, un exbaterista de Destruction asegura que en todos sus años de carrera su mejor concierto fue en Cali. Ser metalero paga.

“El Festival Rock al Parque seguramente será uno de los puntos más altos en el tour de este año. Colombia adora el thrash alemán y Destruction adora a Colombia. Este amor nunca morirá”. Ese amor que hacía que las gradas del Palacio de los Deportes temblaran poderosamente en 2002, cuando la banda vino con la otra leyenda thrashera alemana, Kreator. Es ese tipo de sentimiento. 

En ese entonces, Schmier aseguró que volvería. Hasta el día de hoy, con el escenario preparado una vez más para una severa descarga de thrash, ha cumplido su palabra una y otra vez.