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El cómic de guerra

Por
Redacción Shock

Tres mil quinientas vidas terminaron por la infame prosa de las balas y las bombas que cayeron sobre los campos de refugiados palestinos, durante la guerra del 82 en el Líbano. Miles de ciudadanos iraníes armados con ideas y gritos de protesta fueron apilados en las calles de Teherán cuando, en 1979 durante la Revolución Iraní, el Shah (monarca) decidió que por las calles no correrían más niños ni voces opositoras, sino miseria y sangre. 1.162 palestinos y 160 israelíes murieron en 1987 en un levantamiento que han llamado Intifada. Realidades como éstas, de plomo y metralla, que demuestran que por tierra y creencias nuestra especie está dispuesta a aniquilarse, son puestas sobre el papel por artistas y periodistas del mundo en páginas en carne viva, que llenas de trazos y colores cuentan los horrores de nuestra condición. De las cenizas a la redención aparece el nuevo “war comic book”.

El cómic y la guerra han compartido cuartel y letras durante varias décadas. Un matrimonio que sirvió para impartir ideología, adoctrinar mentes combatientes y hacer zoom sobre los errores. Conflictos bélicos y novelas gráficas se convirtieron en los progenitores de fantásticos ‘baby boomers’ como el Capitán América y la Mujer Maravilla. Un héroe envuelto en la bandera de los Estados Unidos y una sexy amazona con superpoderes que engrosaron, desde el papel, las filas de los aliados para atacar a Hitler y a los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Desde finales de los 30, Inglaterra y América del Norte produjeron estos folios subversivos para enamorar a quienes encontraron en sus viñetas la cuota necesaria de acción, aventura y sangre para la diversión. 

Entretener, ese era el detonante. El objetivo primordial de esa primera incursión de los cómics de guerra de la que Battlefield Action, Sargento Rock, Sgt. Fury and his Howling Commandos, Frontline Combat o The Nam, entre otros, fueron pioneros. Relatos gráficos que edificaron el imaginario de supremacía de las potencias capitalistas y, de una forma u otra, hicieron de la guerra un producto casi tan consumible como una Cajita Feliz. Ahora, y como si de una canción de Dylan se tratara, los tiempos están cambiando.

“El cómic ya no es un campo de entretenimiento. Los jóvenes juegan videojuegos o ven Tv, y nuestro pequeño mundo de viñetas no reaccionó bien a ello. Perdimos audiencia cuando el televisor se encendió”, advierte en una página especializada en cómic Doug Murray, veterano de guerra y autor de The Nam, famoso por tratar el conflicto de Vietnam.

War books, folios paganos plagados de otros relatos, reviven la historia de los rezagados, de aquellos que a los ojos de los occidentales de pura cepa parecen tan salvajes. Una versión que difiere de lo que se cuenta en CNN o la BBC es escupida al mundo a través de viñetas, alejándose de la violencia por la violencia y del espíritu de la guerra como producto de consumo. Hojas de papel periódico de bajo gramaje se convierten en el atrio y el micrófono de lo palestino, lo iraní, lo bosnio y lo musulmán. Producciones como Maus, Palestine, Gorazde: Zona Protegida, y los recientes y muy aplaudidos Persépolis y Vals con Bashir, hacen la venia ante el mundo y presentan la esencia alternativa de sus relatos.

“El nuevo cómic de guerra trata de hacer una crónica íntima de la gente ‘normal’ o común y corriente en situación de guerra. Ofrecen una imagen mucho más polémica que deja en evidencia como lo ‘normal’ no existe, así como deja claro que tampoco existe un único y exclusivo punto de vista. Este nuevo cómic pone sobre el papel el hecho de que si algo hace la guerra es deshumanizarnos a todos”, asegura Santiago Naranjo, especialista en edición de cómic de la Universidad Javeriana.
Como en aquel antiguo proverbio que reza: “El hombre es lobo para el hombre”, uno de los más memorables ejercicios gráficos y recopilatorios de esta nueva ola de productos editoriales es el del historietista Art Spiegelman: Maus. Un cómic en el que explora ese concepto de voracidad al contar la historia de Vladek Spiegelman, su padre, un polaco internado en Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial.

Maus, con trazos crudos, representa a judíos como ratones, a alemanes como gatos, a polacos como cerdos, a franceses como ranas y a los americanos como perros. Una potente analogía que escarbó en los símbolos para dejar claros los roles de la guerra, seduciendo tan profundamente a sus lectores y críticos que, en 1992, logró el primer premio Pulitzer otorgado a una novela gráfica.