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El lunes no es el peor día de la semana, por lo menos no en Bogotá

Por
Redacción Shock
Como diría el poeta cubano Eliseo Diego, “la eternidad por fin comienza un lunes” y de muchas bocas se escucha que ese día algunos padecen de un síndrome en el que el tedio se eleva a su máxima potencia y el buen ánimo se deja consumir por la pereza extrema. De esta manera, no faltan los que hacen la cuenta regresiva y calculan las horas, los minutos y los segundos hasta llegar al deseado e inigualable 'viernes cultural'. Sin embargo, el primer día de la semana está robándole protagonismo al viernes, dejando de ser el malo del paseo, gracias a las actividades del Museo de Bogotá denominadas ‘Lunes en el museo’, a través de las cuales se consagran la cultura, la historia, las costumbres y las tradiciones de una capital que tiene más de 470 años de vida. Esta iniciativa comenzó el pasado lunes 2 de febrero con una serie de actividades, en torno a la exposición Bogotá Retroactiva, cuyo objetivo fue traer a la memoria juegos tradicionales practicados por nuestros abuelos y sus antepasados, e incluso por muchos de los que crecimos viendo ALF, los Thunder Cats y el Chavo del 8. Es así como el Museo de Bogotá simuló espacios como parques y calles, en los que varias generaciones han crecido jugando a la lleva, al trompo, a la golosa, jass y hasta a las escondidas entre otras distracciones accesibles para todo el mundo. Prácticas que sólo requieren de componente clave como un grupo de amigos, una pelota de letras, tapas de gaseosa, un pedazo de pita, una piedrita o hasta un caucho con el que se juega al chicle y con el que las mamás, con máquina de coser, hacen el resorte de una piyama o de unos calzones confeccionados por ellas. Por eso las ganas de volver al pasado y conservar todo aquello que a mucho nos divirtió, mientras nos hacíamos grandes, regresó al presente para recordarnos que la niñez no sólo es presionar millones de veces los botones un control conectado a una consola de videojuego o saltar a mil por hora sobre una máquina de un centro comercial que mide la agilidad y la rapidez con la que bailamos. Por el contrario, la niñez también es salir a la calle, empuercarse las mangas del saco, rasparse las rodillas con el asfalto y pintar números con tiza sobre el cemento. Ser niño implica improvisar objetos que puedan convertirse en juguetes y vivir experiencias al máximo a un bajo costo con recursos como cuerdas, tapas de gaseosa o ales practicados por nuestros abuelos y sus antepasados, e incluso por muchos de los que crecimos viendo ALF, los Thunder Cats y el Chavo del 8. Es así como el Museo de Bogotá simuló espacios como parques y calles, en los que varias generaciones han crecido jugando a la lleva, al trompo, a la golosa, jass y hasta a las escondidas entre otras distracciones accesibles para todo el mundo. Prácticas que sólo requieren de componente clave como un grupo de amigos, una pelota de letras, tapas de gaseosa, un pedazo de pita, una piedrita o hasta un caucho con el que se juega al chicle y con el que las mamás, con máquina de coser, hacen el resorte de una piyama o de unos calzones confeccionados por ellas. Por eso las ganas de volver al pasado y conservar todo aquello que a mucho nos divirtió, mientras nos hacíamos grandes, regresó al presente para recordarnos que la niñez no sólo es presionar millones de veces los botones un control conectado a una consola de videojuego o saltar a mil por hora sobre una máquina de un centro comercial que mide la agilidad y la rapidez con la que bailamos. Por el contrario, la niñez también es salir a la calle, empuercarse las mangas del saco, rasparse las rodillas con el asfalto y pintar números con tiza sobre el cemento. Ser niño implica improvisar objetos que puedan convertirse en juguetes y vivir experiencias al máximo a un bajo costo con recursos como cuerdas, tapas de gaseosa o juegos de mesa que se consiguen en las gangas callejeras. ¡Un, dos, tres por mí! Este ritual en torno al juego y a la memoria dio inicio una vez fueron las seis de la tarde y se abrieron las puertas del Museo de Bogotá en el Planetario Distrital. Decenas de personas de todas las edades, ingresaron a las salas con las mismas ganas con las que un niño sale a recreo apenas suena la campana. Entre trompos, dados, fichas de parqués, pedazos de tiza de todos los colores, yoyos y pirinolas, amas de casa jugaban con sus hijos y con los de la vecina; un pensionado de 70 años apostaba junto a su esposa cuantas veces era capaz de ‘enchoclar’ la coca y un contador público, en compañía de su amigo el administrador de empresas, le indicaba a su hijo de siete años cómo meter a la cárcel a la ficha roja mientras jugaban parqués. Durante casi dos horas, tiempo en el que duró esta actividad, ancianos, jóvenes, niños y hasta bebés se tomaron un espacio en el que sólo se dedicaron a jugar. La señora Emilse, que durante los fines de semana trabaja en un restaurante en Cota, se bajó de los tacones y como toda una experta le indicó a una niña con uniforme de colegio, cómo debía hacer piruetas con sus pies entre un caucho y no fallar ante semejante enredo. El estudiante de letras era el encargado de armar el equipo para jugar yermis, conformado por un niño de 12 años, una psicóloga radicada en España que vino de paseo a Bogotá, un profesor universitario de física y matemáticas, una señora que sirve tintos en una empresa de repuestos para carros y la cantante de un grupo capitalino de reggae. Como policías y ladrones, congelados, y uno que otro perrito guardián muchos salvaron patria, contaron un dos tres por mí y por todos mis amigos, y corrieron hasta donde los obligó cada partida del juego. Una vez el museo avisó que había llegado la hora de cerrar, brotaron miles de comentarios jocosos sobre esta buena experiencia, y con un ‘choque esas cinco’ una gran porción de amigos desconocidos se despidieron y concretaron su cita para regresar al museo y viajar de nuevo por el pasado de Bogotá con la próxima actividad programada en los ‘lunes en el museo’.
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