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El segundo nacimiento de las mujeres Wayuu

Por
Redacción Shock

Vivir cerca de cinco años con la comunidad Wayuu en la Guajira es tiempo suficiente para afirmar con certeza que Priscila Padilla hizo su documental ´La eterna noche de las doce lunas' con la dedicación de una investigadora.

Su interés, el mostrarle al mundo los alcances de un ritual tradicional como El encerramiento, que para cualquiera de nosotros podría significar un disparate o un abuso contra las niñas que aceptan hacerlo.

El encerramiento es un rito ancestral practicado a las niñas de la comunidad indígena Wayúu cuando les llega su primera menstruación con el propósito de fortalecerlas física y espiritualmente. El proceso consiste en aislar a la niña en una casa especialmente construida para ella, de la que sólo puede salir en contadas ocasiones por las noches para hacerse unos baños de luna y sólo su madre y algunas mujeres de la familia muy cercanas pueden tener acceso a ella.

"Puede durar entre seis meses y un año en la actualidad, aunque en el pasado podía extenderse hasta cinco. Es como un segundo nacimiento que las prepara para ser madres, esposas y mejores mujeres", cuenta la directora.

Un documental lleno de magia, aquella propia de una comunidad que permeada por la modernidad, lucha por no perder sus costumbres que los han hecho perdurar en el tiempo.

"No ha sido un proceso fácil para los Wayúu porque cada vez más los jóvenes ven irrelevante por ejemplo el hablar  su lengua y tu sabes que sin esto se pierde irremediablemente su cultura. Por eso tuve que realizar una búsqueda exhaustiva hasta que encontré una ranchería en la que casi todos sus habitantes eran mujeres y sus raíces estaban bien arraigadas", dice Priscila.

Para realizar este proceso la directora tuvo que ganarse la confianza de la comunidad, proceso que le llevó más de dos años. Sólo así le permitieron participar en un rito tan sagrado.

"En estos procesos no se puede tener afán, en el documental uno debe ponerse al ritmo de la historia. Luego todo se va dando naturalmente.Con el tiempo este proyecto se convirtió en parte de mi vida y así como aprendí demasiado, terminé convirtiéndome en parte de la comunidad", relata la directora Priscila Padilla.

Una relación de doble vía, que le permitió además a la estas familias darle un nuevo impulso a esas costumbres que con el tiempo les ha costado sostenerlas. Algo parecido a la tendencia de investigación, acción y participación, en la que no sólo la realizadora se benefició en contenido, sino que su obra generó procesos dentro de la misma comunidad.  

El encierro, como era la costumbre, no terminó en una oferta de compra de un hombre, si no que se le permitió a Pili, la protagonista de toda esta historia, elegir su destino, el de ser primero una profesional.

"Los wayuu son muy inteligentes. Ellos adoran su cultura y están consientes que no la deben perder, pero no por eso dejan de tomar aspectos positivos de la cultura occidental", advierte Padilla.

Un final feliz digno de Hollywood, pero con la contundencia de una producción hecha con rigurosidad documental.