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Miss Bolivia estrena el video de 'Tómate el palo'

Por
Redacción Shock

Ajetreo, jaleo, perreo. Quiere que en la pista haya más de eso: un baile animal y hasta desvergonzado que obligue a bajar, a tocar tierra sin mesura. Por eso, desde la tarima, ella lanza ráfagas feroces de cumbia psicodélica, rústica o digital; de hip hop, dancehall y dembow; sobre todo eso: un colérico dembow.

No es un reggaetón ramplón ni una cumbia villera tradicional: la música de Miss Bolivia es mestiza, bastardeada y sudaca y “se baila sin quitarse el cerebro”, como ella misma afirma.

A fin de cuentas esa es su revolución: el baile. Una guerrilla intestinal en la que la consigna es “Mover caderas, igual a romper cabezas”.

Paz Ferreyra es la mujer que le da carne y fuego a esta Miss Bolivia atrevida. Nació en Argentina, el país rey de la migración latinoamericana en la última década, donde ‘Bolivia’ significa marginalidad, molestia.

Justo lo que ella quería ser: una mujer sin complacencias que hiciera ruido e incomodara. Lejísimos de la connotación xenofóbica colectiva, por cierto, a Paz y a Bolivia las unen el poder ancestral de la tierra, que, según ella, “es en sí mismo revolucionario”.

Aunque fue criada con esos beats mántricos de la cumbia y se graduó como psicóloga, Miss Bolivia pasó años anclada a una batería, punkeando, arengando desde atrás. Fue hasta hace poco más de dos años que decidió dejar las baquetas y asumir por fin el trono. Subirse a la tarima como toda una miss, aún sin saber cantar. Y aunque es cierto que solo hasta ahora comienza a tener formación vocal, Paz Ferreyra es una fiera con el micrófono. Ruge, escupe, lo vapulea y lo abraza como si a veces fuera su enemigo, y muchas más su amante incondicional.

De toda esa furia que exhala es de donde nace también su lírica. Una sin disfraz, poesía no explícita como la de Jálame la tanga, canción incluida en su recién publicado álbum Alhaja, en donde anuncia irse de fiesta como callejera y en verdad, como afirma, le está diciendo “andate a la mierda” a Mauricio Macri, jefe de Gobierno de Buenos Aires. “A mí no me clausuran, la fiesta está en mi cabeza y en mi ritmo”, canta sobre un beat eléctrico que va pasando lentamente de castaño a reggaetón y, sin más, sin aviso, se transvierte a la más inusitada cumbia digital.

“El purismo me baja la libido, me deserotiza”, asegura. Por eso habla de bastardear, de optimizar con respeto todos los géneros que le resultan afines pasándolos por el filtro del sonido digital para que se vuelva “ultrapotente”.  

En Quemando, otra de sus canciones, Miss Bolivia canta: “Mueve el culo papi que esto va a estallar”. Es el dembow tóxico de nuevo y es otra vez cumbia maléfica a todas las revoluciones posibles en ese soundsystem bárbaro con el que sale a escena y que comparte ahora con mucha frecuencia con Villa Diamante, cofundador de ZZK, el gran sello de cumbia digital argentina, genio y figura del mashup cumbiero hasta la sepultura. “Quiero reutilizar este ritmo tan bello para decir otras cosas. Por el puro placer de bailarlo y cantarlo. Porque vos lo tirás y la gente te lo devuelve. Para mí, el reggaetón no tiene límites”.

Cuando hay una voz tan entusiasta por causas como la revolución del baile, la psicodelia y la belleza rítmica, es común que le pregunten si es acaso más frívola que profunda. Y Miss Bolivia responde que ni una cosa ni la otra. Es una luchadora de la música, lo cual la salva de cualquier frivolidad. La palabra es su herramienta y su guerrilla intestinal, insiste. Su búsqueda, entonces, es la de reivindicar nuestros orígenes y hacer música plural.

Por eso, con garra y más dembow lo suelta: “¡Arriba, Latinoamérica!”.