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¿Es “El abrazo de la serpiente” la mejor película colombiana reciente?

Por
Redacción Shock

Hoy se estrena “El abrazo de la serpiente”, la nueva película del director Ciro Guerra (“Los viajes del viento”, “La sombra del caminante”) que promete sacudir todo lo que habíamos visto de cine colombiano hasta el momento. Una historia de ficción y sicodelia selvática en medio del Amazonas.

Por: Juan Pablo Castiblanco Ricaurte // @KidCasti

Si la furibunda colombianidad infla pecho, saca bandera y pone el himno cada vez que James le mete un pase a Cristiano Ronaldo, con más razones tiene que estar orgullosa porque su cine parece que por fin está sacando la cara. Lo que en años anteriores han parecido casos aislados que con esfuerzo llegan a la meta, en este 2015 ya parece tomar forma de movimiento colectivo y conseguir resultados efectivos.

Mientras las taquillas del planeta entero ven un juego de tronos entre títulos como “50 sombras de Grey”, “Rápido y Furioso 7”, “Avengers: la era de Ultron” o “Mad Max: Fury Road”, la otra cara del universo cinematográfico global, la más glamurosa pero menos estruendosa, se reúne en el Festival de Cannes. La competencia francesa es la vitrina codiciada y sagrada de todo lo que se hace en el mundo cinematográfico por fuera de Hollywood. Ganar alguno de sus premios catapulta al ganador a un pedestal de culto global, por lo que tan solo llegar y ser escogido en alguna de sus secciones ya es un lujo.

Por primera vez tres películas colombianas, más un proyecto en desarrollo (“El concursante” de Carlos Osuna), clasificaron a los espacios del festival francés, convirtiéndonos en el país latinoamericano con mayor presencia en Cannes. Algo así como clasificar al Mundial o quedar en la final de Miss Universo. “Alias María” de José Luis “Chepe” Rugeles, “La tierra y la sombra” de Óscar Acevedo y “El abrazo de la serpiente” de Ciro Guerra son las representantes, pero solo esta última ya tiene estreno confirmado en salas colombianas para este jueves 21 de mayo. Y de las tres, también es la que más ruido ha hecho entre los críticos que cubren el festival. Testigos que estuvieron en su proyección dicen que apenas terminó fue seguida por una ovación del público de casi diez minutos, y la publicación The Hollywood Reporter la tiene en su lista de las 10 mejores películas del festival.

Semejante preámbulo no es en vano ni una nube de humo que busca inflar la película: todo lo que se dice de “El abrazo de la serpiente” es cierto. ¿Por qué es tan buena? Porque toma riesgos, muchos, y los supera con suficiencia. Porque no se vara en aspectos que a primera vista pueden ser traumáticos para el público (blanco y negro, hablada en dialectos indígenas, carente de actores famosos), y construye un relato poderoso que mezcla hábilmente lo que Ciro Guerra vio del Amazonas y sus aportes ficticios al universo que habita dentro de la vegetación. Porque, sobre todo, es una experiencia que le da valor a ir a ver una película en una sala de cine.

Grabada en el corazón del Amazonas, entre Mitú y Puerto Inírida, es un relato fantástico de una Colombia mística y poco narrada por nuestra cultura y mucho menos por nuestros medios de comunicación.

Dos historias de exploradores europeos que llegan a la selva en busca de respuestas son contadas en paralelo. A ambos los conoce y los guía el indígena Karamakate, último de su tribu, en dos momentos diferentes de su vida. Ambas historias son un pretexto para hablar de nuestra relación con el mundo, por nuestras búsquedas espirituales, por las raíces rotas que nuestra sociedad tiene con su pasado indígena.

En medio de los recorridos por la selva a bordo de una piragua, lo que convierte a la película en una especie única de “river-trip”, se borra la frontera entre realidad y ficción. Aparecen tangencialmente menciones a la salvaje colonización que los caucheros hicieron del Amazonas a comienzos de siglo XX y la grotesca evangelización católica a las comunidades autóctonas. “El abrazo de la serpiente” es un viaje a la boca del lobo.

Cada vez que saca película, Ciro Guerra no pasa en vano. La gente ama u odia su trabajo, que no es condescendiente, no le pone las cosas fáciles al espectador y que retrata una Colombia atípica y extraña para los propios colombianos. Ahí radica su fuerza. Ahí está la razón por la que, con “El abrazo de la serpiente”, puede estar presentando la mejor película colombiana de los últimos tiempos. Hablamos con Guerra horas antes que volara a Cannes a mostrarle al mundo la Colombia que habita dentro de Colombia.

Para disfrutar la película más, ¿hay que tener una sensibilidad y conocimiento hacia la sabiduría indígena?

No quería que la película se convirtiera para hippies o para gente que estuviera metida en el cuento del indigenismo. Quería hacerla para el espectador normal, que no conoce nada. Si la gente tiene una conexión previa con el Amazonas la puede disfrutar más porque reconoce cosas, pero lo ideal es que la pueda ver el que acaba de ver “Avengers” o “Rápido y Furioso”. La película abre una ventana a un mundo desconocido, pero no de la manera fastidiosa, hippie-vegana-religiosa-fundamentalista. El cine tiene esa capacidad de transportarlo a uno, más que cualquier otro arte. Escribir el guion fueron tres años de trabajo, porque yo estaba interesado en el tema amazónico, entré y entré mucho, pero es un mundo que lo absorbe a uno.

Es un mundo que tiene sus reglas…

Sí. Me encontré con una muralla gigantesca de conocimiento oral, que no se puede aprender en universidad o colegios, sino que es una forma de vivir y entender la vida muy enriquecedora, sobre todo cuando uno está agotado del capitalismo salvaje. Es ver que hay otras maneras de vivir del ser humano. Exploré lugares muy remotos, y en un momento pensamos en hacer la película allá. Lugares donde uno puede llegar sin un peso pero te reciben con un plato de comida y una sonrisa, pero desistimos porque si llevábamos la producción allá podíamos terminar haciendo daño.

"No quería que la película se convirtiera para hippies o para gente que estuviera metida en el cuento del indigenismo. Quería hacerla para el espectador normal, que no conoce nada"

Todos los directores quieren que sus películas sean vistas por el mayor número de personas, ¿pero de verdad cree que “El abrazo de la serpiente” puede llegar a ser para las mismas personas que van a ver “Avengers” o “Rápido y furioso”?

Ahí sé que tienen que ver muchas cosas de mercadeo y publicidad, y que el público está acostumbrado a ver cierto tipo de cine. No digo que la película esté hecha para esos espectadores; mi audiencia ideal es la gente abierta. Cuando les he mostrado la película a las personas que no tienen tanto contacto con el cine, como desplazados, indígenas, niños o gente que no va a cine muy o menudo, veo que la interpretan muy bien. Ellos son los que menos se quejan de que la película tenga un ritmo difícil, y los que menos tienen problema para entenderla, no juzgan si una película tiene pretensiones o no.

Ahora que habla de pretensiones, esta es una película muy arriesgada a nivel creativo y de producción. ¿La pretensión no se vuelve un peso y un aspecto negativo?

Mucho espectador contemporáneo quiere entrar al cine y sentirse en una posición de superioridad sobre las películas. Eso hace que un fenómeno como “Sharknado” les encante, porque pueden decir que es una basura. Pero cuando un filme te está planteando un reto, no te está hablando como si fueras un tonto, esa superioridad tambalea y es inaceptable. Cuando una película te pone a pensar o sientes que no la puedes entender de una sola, hay gente que lo toma como un insulto.

En ese sentido hay una relación muy rara del público con el cine colombiano, casi como “satisfacción garantizada o exija la devolución de su dinero”…

Exacto. Es un poco lo que pasa con la educación también, cuando el estudiante se convierte en un cliente al que hay que satisfacer y entonces hay que dejarlo pasar. A mí me gusta cuando una película me reta. He crecido y aprendido cosas viendo películas.

Esa es una de las experiencias más bonitas. Lo que hay que preservar del cine es que haya para todo el mundo, que haya películas para gente que busca entretenimiento. En el país hay un discurso que viene desde la Colonia de auto-odio, de subvalorar todo lo que se hace, de que todo lo que se hace en Colombia es malo y lo único que podemos hacer es mirar hacia Estados Unidos y Europa. Hay gente que se aferra a eso, pero es algo que no nos deja crecer ni nos deja pensar que podemos llegar más allá. Los artistas en todas las disciplinas lo sienten.

"Lo que hay que preservar del cine es que haya para todo el mundo, que haya películas para gente que busca entretenimiento"

En un texto sobre la película usted escribió que “no existe el cine de nuestra América”. Es algo así como lo que pasa en los colegios, que se ve la historia contada desde Europa. ¿En ese sentido “El abrazo de la serpiente” sería una apuesta política por voltear los centros de atención?

Siento que eso es lo que podemos hacer acá, lo que podemos ofrecer que es novedoso e interesante para el mundo. Si nos dedicamos a replicar el cine que se ha hecho lo que sale es una copia mala y medio pobre. Tenemos que encontrar nuestros propios lenguajes y sobre todo nuestras propias historias, porque muchas veces vienen y nos las cuentan desde afuera y lo que hacen es perpetuar esa visión.

Como pasó con “Apocalypto” de Mel Gibson. Una historia indígena pero contada desde la óptica Hollywood.

Sí claro, concentrada en que esas grandes culturas se vieran como salvajes, volver todo un épica sangrienta y violenta, cuando eso no es verdad. Como “hollywoodizar” las cosas.

¿De qué se encarga más “El abrazo de la serpiente”? ¿De mostrar un lugar geográfico, una cultura indígena, un conocimiento ancestral, o las tres al tiempo?

La película es una ventana. Durante el proceso del guion me di cuenta que ni siquiera puedo rasgar la superficie de todo ese universo. Es tan profundo que lo único que puedo hacer es invitar al espectador a que descubra más sobre el conocimiento amazónico. Estamos hablando de que en la Amazonía colombiana hay 50 comunidades diferentes, cada una con su idioma, creencias, mitología y sobre todo conocimiento de cómo manejar un ambiente natural en el que han vivido por 10.000 años sin sobrepoblarlo, sin destruirlo, sin depredarlo y manteniendo un equilibrio.

Además han logrado sostener comunidades milenarias sin destruirse en guerras y creando redes de dependencia mutua que es una gran lección para el hombre contemporáneo. Richard Schultes, el explorador en el que se inspira la película, entendió eso y cuando él lo escribió en sus diarios influyó en todos los cambios del siglo XX. Eso lo leyeron los de la generación beat, Kerouac, Burroughs; eso influenció la contracultura, el movimiento hippie, los ecologistas, la sicodelia, la oposición a la guerra de Vietnam. Theodor Koch-Grunberg, el otro viajero que investigamos, es el primero en hablar de los indígenas en términos humanistas. Los exploradores anteriores los describían como si estuvieran hablando de la danta o el pirarucu.

Fue el primero que se preocupó en entablar una relación de amistad con ellos, por pensar que había algo más por aprender. Por eso era tan fácil llegar y exterminarlos, porque no eran vistos como seres humanos. Y eso era hace apenas cien años. Hace cien años pensar en preservar el medio ambiente era una locura porque el hombre estaba embarcado en la Revolución Industrial y en dominar el mundo a su voluntad. Entonces estos son encuentros que realmente cambiaron la percepción del mundo, ocurrieron en nuestras selvas y los ignoramos por completo.

Hay una escena que muestra una comunidad de indígenas fervorosamente cristianizados, en medio de la selva, liderados por un blanco que se hace pasar por  su Mesías. ¿Esto de dónde salió? ¿Hasta qué punto la película abandona la inspiración en los hechos reales y dónde entra la ficción?

Lo más irónico de todo es que toda la película es ficción menos eso. Ese personaje existió. Hay un fenómeno recurrente de Mesías amazónicos. En internet puedes encontrar información sobre el ritual del Holocausto por los Verdaderos Israelitas del Amazonas, que están en la frontera del Putumayo con Ecuador. Tenían un Mesías que se murió hace como 5 años, y lo que se ve en la película es un chiste al lado de eso. Este personaje en el que se inspiró la película vivió y llegó a tener 2000 seguidores. Hubo otro en la frontera del río Yabarate llamado Venancio que obligó a todos a matar a sus hijos. El Amazonas es un lugar muy espiritual y por eso es tan fácil llegar a confundir.

¿Por qué decidió hacer la película en blanco y negro?

La idea es que todo el tiempo te esté hablando de un mundo, pero en el climax hay una explosión de colores que te lleva a otro lugar. Era necesario llevar al espectador por un momento hacia lo desconocido, como lo entienden los indígenas. Inserté unas animaciones con los diseños que pintan en las malokas o en sus maquillajes, que son las visiones del mundo espiritual adquiridas a través del yagé y otras plantas. Los indígenas creen que el mundo es muy limitado si uno solo se queda con lo que perciben los sentidos. Mucho antes que los físicos y los matemáticos, ellos se dieron cuenta que se necesitan más sentidos para poder ver y capturar todo lo que hay en el mundo. Las plantas son la puerta a eso. Si uno se limita a lo sensorial, es como si viera la vida en blanco y negro, está quedándose dentro de algo estrecho.

¿Tomó yage en el proceso de la película?

No, porque sentí que la película se me podía volver la de alguien a quien lo tramó el viaje. Eso les pasa a muchos pintores y músicos, que al tener una experiencia de esas se vuelve una necesidad de expresión a través del arte, y se vuelve algo medio propagandista.

Siendo un poco abogado del diablo, esta y sus dos películas anteriores tienen un ritmo lento, que se ha vuelto entre el público un rasgo negativo y sinónimo de aburrimiento. Ha calado entre los espectadores la asociación de que si no divierte, es mala.

Me voy a poner profundo, pero el director chileno Raúl Ruiz decía algo muy interesante y es que él prefería que la gente se aburriera a que se entretuviera porque el aburrimiento, no solo en el cine, te obliga a pensar, a cuestionarte, a buscar caminos; del aburrimiento surgen grandes ideas. El entretenimiento te embota, mantiene a los esclavos felices y evita que piensen. Por eso es una industria tan grande y apoyada por los gobiernos. Por eso se ha creado una sociedad donde tenemos que estar entretenidos y si no lo estamos produce miedo. Es un sistema que lleva miles de años construyéndose, no viene de la nada. Pero éticamente no me puedo coger de ese lado, sé que tendría mucha más plata y éxito si lo hiciera. Lo que me sale es otra cosa.

"El director chileno Raúl Ruiz decía algo muy interesante y es que él prefería que la gente se aburriera a que se entretuviera porque el aburrimiento, no solo en el cine, te obliga a pensar, a cuestionarte, a buscar caminos"

¿No es paradójico que el rey de la gran máquina del entretenimiento en Colombia, Dago García, es uno de los principales productores y financiadores de “El abrazo de la serpiente”?

Desde afuera se puede ver como eso, pero si conoces a Dago te das cuenta que es un personaje más complejo e interesante. Él ha producido otras películas como “Todos tus muertos” o “Cazando luciérnagas”. Es lo que los grandes productores hacen.

Dago conoce muy bien la tradición griega de la narración, la aplica al cine y la pone al servicio de una industria. Todos tenemos que ser conscientes que nos beneficiamos de eso. El 90% del equipo que hizo “Los viajes del viento” estuvo en “Muertos del susto”. Que se hagan películas como esa, como “La pena máxima” o “El paseo”, también le da trabajo, oficio y experiencia a mucha gente. No podría existir “El abrazo de la serpiente” si no existiera “El Paseo 3”. Eso me parece bonito. En este mundo tenemos que coexistir, tenemos que caber todos. En Colombia toda la vida hemos tratado de aniquilar al otro, pero ese camino no nos lleva a ningún lado. No existe un cine donde solo se hagan películas de un solo tipo.

"Que se hagan películas como esa, como “La pena máxima” o “El paseo”, también le da trabajo, oficio y experiencia a mucha gente"

En Colombia, la brecha entre el cine popular y el de “autor” es muy grande. Son muy pocos los productos que han logrado conciliar ambos estilos, y eso ha dejado un hueco para los espectadores que quieren ver películas entretenidas pero que los pongan a pensar, y por eso terminan nutriéndose de lo que llega de afuera.

Tienes razón. Esas brechas tan largas no son buenas. Tenemos que crear puentes. “El abrazo de la serpiente” es uno. Puede no parecerlo, pero el hecho de que Dago esté ahí es un puente. Hay que entrar a pensar que los hábitos de cine han cambiado. Hoy en día es tan fácil acceder a las películas a través de internet, televisión y piratería, que el espectador para ir a cine se lo piensa mucho y solo se le crea el deseo de ir a cine cuando siente que la película es un evento masivo, mundial, gigantesco y mediático. Pero eso se crea económicamente y hay que seguir fortaleciendo los eventos de películas “artísticas”.

¿Qué tanto permea el “sello Cannes” a la hora de hacer una película? ¿No se ha vuelto un lenguaje que los directores consciente o inconscientemente están buscando?

Ese estilo existe, yo me alejo de él. Implica que hay que tener una mirada misántropa sobre las cosas, mucho pesimismo, nihilismo, ponerte por encima de los personajes y no estar nunca a su nivel. Incluso también son tipos de planos y de lentes. Hay películas con ese sello que me gustan mucho, pero hay otras que son una fórmula tan fórmula como la que puede haber en una película de acción o de superhéroes. Pero eso no me gusta, busco la creación lo más libre posible.

Usted ha hecho sus tres películas en tres momentos muy diferentes de la industria colombiana. La primera en un momento incipiente donde solo había un par de estrenos por año, la segunda en el comienzo del boom, y la nueva cuando ya hay tal abundancia que permite que haya un lanzamiento colombiano semanal. ¿Cómo ha sentido el cambio de la industria?

Las dos primeras salieron en momentos muy bonitos. Cuando salió “La sombra del caminante” no existía nada, se aprobó la Ley del Cine después de que estaba hecha, se estrenó en un momento de entusiasmo y motivó a mucha gente joven a agarrar cámaras. 3

Cuando la hice pensaba que era imposible conseguir un millón de dólares para hacer una película. Había visto a Libia Stella Gómez echarse ocho años levantando la plata para hacer “La historia del baúl rosado”, pero yo no tenía cómo hacer eso. Así que hice lo mío con lo que tenía a la mano, los recursos, los amigos y la historia que quería contar. Salió bien, me da un poco de pena porque era muy precaria, pero es una historia bonita contada desde el corazón. Mucha gente la vio y se conmovió pero lo mejor es que hizo que muchos cogieran cámaras, hicieran sus películas y de ahí surgieron cosas muy bonitas.

“Los viajes del viento” surgió en un momento donde había mucha emoción y entusiasmo, era una especie de “fiebre del oro”, donde todo el mundo quería invertir en películas y cosas arriesgadas. Eso dio pie para que la película se hubiera podido hacer con recursos, con el apoyo de RCN y con completa libertad. “El abrazo” surge en un momento más difícil, donde hay más agotamiento.

Durante mucho tiempo fuimos muy paternalistas y le tuvimos mucha paciencia al cine colombiano, pero no me parece justo que se haya gastado tanto dinero en hacer películas tan malas, supuestamente artísticas. Ya era hora de que el público se hubiera entusiasmado y enamorado del cine colombiano. Hubo muchas películas que lo que hicieron fue quitar entusiasmo. Pero este año hay varias que emocionan como “¡Qué viva la música!”, “Alias María” o “La tierra y la sombra”.