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J Balvin, El Cantante

Por
Redacción Shock

Esta historia comienza con El Cantante, la canción de Héctor Lavoe. Y empieza así porque es la que mejor relata lo que J Balvin, que de niño patinaba y soñaba con ser Superman, quiere ser hoy: El Cantante. Y el más relevante del género urbano en Colombia. Porque el público paga para poder escucharlo. Porque es el cantante y su negocio es cantar, como hace muchos años lo dijo Lavoe.  

Negocio.

“Los artistas somos productos que hay que mover para que la gente los pueda consumir”, dice sin mayor aspaviento. Y es que así es como él se entrega. Como quiere que lo reconozcan. Y pese a que sus declaraciones podrían resultar insultantes para algunos, el negocio de J Balvin –o su carrera, que técnicamente es lo mismo para él– arroja cifras de rentabilidad envidiables. En los primeros siete meses de este año, por ejemplo, hizo 117 shows en todo el país. Algo así como 16 al mes. Cuatro por semana. Cada uno avaluado en 25 millones de pesos y algunos con más de 40 mil asistentes. Es el negocio, socio. Pura matemática.

“La voz del pueblo es la voz de Dios”, dice él. Y lo repite y lo repite porque está seguro de que el público es el que lo ha llevado a ocupar ese lugar privilegiado en la industria musical colombiana. Y tiene razón. Es innegable, los números no mienten. Este es un pueblo alegre, anda siempre de fiesta y, ahora, lo que quiere es bailar reggaetón. Y del colombiano.

José Álvaro Osorio Balvin tiene 25 años, casi todos dedicados a la música. Primero a la guitarra, cuando estaba en el colegio y versionaba a Metallica, Nirvana y Guns N’ Roses en un grupo que nunca prosperó. Se ríe y dice que sí, que era bueno aunque muchos no lo crean. Pero fue en la cultura del hip hop donde finalmente encontró lo suyo: las rimas, la pinta y el flow. Hoy recuerda lo mucho que se reían de él hace algunos años en su natal Medellín porque quería hacer reggaetón. Recuerda que, en 2002, se fue a Miami a buscar sus sueños. Y no fue fácil. Durante el día pintaba casas. “Sé y mi familia también sabe la mierda que he comido para llegar a donde estoy”, afirma. Y aunque todo parece estar funcionando, él asegura que este es apenas el comienzo.

En lo que va del 2010, J Balvin es el único artista colombiano que ha tenido cinco sencillos en el Top 100 general de radio. Sus canciones han sido emitidas más de 18 mil veces en Barranquilla, Cali, Medellín y Bogotá. En tres meses consiguió más de 20 mil descargas de su exitoso sencillo Ella me cautivó, algo que, según EMI Music, es solo comparable con Juanes y Shakira. Sin embargo, y sin modestia, él asegura que no ha hecho nada todavía.

Negocio.

J Balvin lo aprendió de los grandes artistas y empresarios del mundo. Es un lector indomable de las biografías de aquellos que han construido emporios millonarios como Steve Jobs, Jay Z o el mismo Daddy Yankee (“Todos empezaron de abajo. Y decir de abajo no significa comer mierda, ni aguantar hambre. De abajo es tener un sueño y trabajar para cumplirlo. Eso es todo”). Y por eso trabaja cada día desde las 6:00 de la mañana, medita y se ejercita. Por eso no para. Por eso nunca hace covers de nadie. Por eso se considera intenso, perfeccionista, apasionado. Porque quiere ser el primer artista de reggaetón que represente el género en el mundo con la bandera colombiana.

Hoy, sus canciones como Hola, ¿qué tal?, Sin compromiso y Ella me cautivó suenan en Colombia, pero también en Bolivia, Argentina y Estados Unidos. Sus videos están en rotación en los canales nacionales e internacionales como Htv y Ritmoson Latino. A mediados de julio pasado estuvo en Sábado Gigante, convirtiéndose en el primer artista de reggaetón colombiano que visita a Don Francisco. También en julio, su sencillo más exitoso en Colombia, Ella me cautivó, subió al puesto 11 del Top latino de Billboard. Y entre los planes inmediatos está firmar con Machete Music, la compañía número uno del género urbano en el mundo, donde están firmados Wisin y Yandel, Chino y Nacho, Don Omar, Ivy Queen y RKM Y Ken-Y.

La lección es simple, son matemáticas elementales.

Vinieron a divertirse
y pagaron en la puerta.
No hay tiempo para tristeza.
“¡Vamos, cantante,
comienza!”…

“Yo vine al mundo a marcar la diferencia y a demostrar que sí se puede. Y la labor que tengo es muy tesa: poner a Colombia en el panorama global de la música urbana”. 

Después de ser visto como un género para el gueto, hoy el país baila, corea y pide reggaetón del estrato uno al seis. ¿Qué papel juega usted ahí?

Me atrevo a decir, porque lo he vivido, que una canción como Ella me cautivó permitió que el reggaetón rompiera esos esquemas de estratos en Bogotá, por ejemplo, donde decían que era para los ñeros… Si esa canción ha sido una de las más sonadas de este país y la número uno en casi todas las emisoras juveniles es porque ha trascendido en la gente. El público se identificó con la letra y se emocionó con la propuesta musical porque no sonaba a nada parecido. Así que no le importó que fuera reggaetón.

Y colombiano… hasta hace poco parecía que solo les estaba permitido a boricuas y panameños…

La gente pensaba que el reggaetón era exclusivo de Puerto Rico y Panamá y que ahí nadie podía entrar, entonces ha sido muy duro demostrarle al público que estaba equivocado. No es de dónde provenga el género sino cómo se represente. Aquí estamos haciendo un aporte diferente.

¿Cuál cree que es el espíritu de este género tan exitoso?
El espíritu de la verraquera.

Hay quienes piensan que su éxito va más por el lado de la suerte. ¿Qué tiene para decirles?
Solo tengo una cosa qué decir: para los mediocres, el éxito es rosca, plata o suerte. Yo, en cambio, al éxito le llamo disciplina, constancia y don de gentes. No puedo hablar por los demás porque no conozco sus casos y siempre he estado muy concentrado en mi negocio, pero a mí me tocó difícil. Muy difícil. Y quiero que la gente lo tenga claro: yo no llegué aquí por las cosas absurdas que dicen, que tengo un patrocinador mafioso, que me han ayudado por pesar o porque tengo la tula (plata). Claro, la quiero tener llena, pero por eso trabajo todos los días, por eso estoy luchando. La fama y el dinero no son mi prioridad; todo eso y mucho más llega por sí solo.

Como el bling, bling…
En algún momento, el bling fue muy importante para mí, pero pronto me di cuenta de que por ahí no era. El único diamante importante en este negocio es uno mismo. Mi bling está en mi flow. No necesito tener diamantes para brillar más. El que brilla soy yo. Soy una persona que va más allá de lo que se ve. De la joya, el carro y maricadas de esas. Lo único que quiero enseñar, si me llegara a morir, es que uno puede ir hasta donde quiere llegar.

La imagen es parte del paquete. ¿Se esmera más de lo debido en verse bien?
He bajado 21 kilos luego de un pequeño descuido. Pero no por vanidad ni porque crea que soy lindo. Con eso también quiero demostrar que esto es un negocio. Es una pasión, pero hay que sacarle jugo a la imagen. Me gusta comprar ropa y tengo el ritual de estrenar en cada show; hago muchísimo ejercicio, no consumo ningún tipo de drogas ni bebo (y si así fuera, lo diría en mis canciones). Ya me ven en los comerciales de AKT y por ahí están listos otros para salir. Sencillamente tengo que aprovechar mi cuarto de hora.

Ya que menciona a AKT, háblenos un poco de esa campaña…
Acepté hacer esta campaña porque era la primera vez que contrataban a un artista urbano colombiano  para ser la imagen comercial de alguna marca. Hicieron un estudio de mercadeo y concluyeron que yo era su mejor opción. Y resultó ser un momento muy estratégico también para mi carrera: muchos adultos no escuchan emisoras de reggaetón, pero sí ven televisión. Y en la calle, señoras de 60 años empezaron a preguntarme si yo era el del negocio. Creo que, sumado a los planes de medios y mercadeo que teníamos, esta fue una gran patadita de la buena suerte. Ellos se arriesgaron conmigo y ganaron, porque yo tenía la fórmula ganadora. Tanto que me renovaron el contrato y pusimos Hola, ¿qué tal? en los comerciales. Esto confirma, una vez más, que los artistas no se hacen solo en la tarima. También somos legitimadores de estos grandes negocios.

A propósito de los negocios, háblenos del suyo, ése en el que usted es un producto y la música una empresa.
Me dicen “El Negocio” porque cuando era pelao vendía mi música. Un día un amigo fue a comprarme un Cd, y en vez de uno, se llevó diez. “Es que vos sos el negocio”, me dijo. Me quedó sonando y lo adopté tiempo después.

Pero “El Negocio” va más allá de un alias…
Hay muchas explicaciones. La primera es la parte moral. Que cada quien trabaje por lo suyo pero con respeto, sin pasar por encima de los demás. La segunda es que veía un desorden muy grande en los artistas, y no solamente en los de reggaetón, sino en todos los artistas de este país. Porque uno puede sentir muchísima pasión por la música, pero de esa música tiene que comer. Si vos vas a hacer mercado y decís “Hey, mirá, tengo dos docenas de aplausos” a cambio no te van a dar lo que necesitás para vivir. Lo que yo quiero demostrar –y me voy con eso hasta la muerte– es que lo de aquí lo tienen que valorar. Y lo tienen que pagar como debe ser.

¿Por qué los artistas de Puerto Rico pueden tener mansiones y carros? ¿Por qué ellos sí y nosotros no?
No lo veo con envidia. Me preguntaba solamente en qué fallamos para hacer respetar el movimiento y hacer respetar nuestro arte.

Quizá por eso mismo. Porque no se había visto antes como un negocio.
Exacto. Por eso es que yo hablo del negocio. Porque todos los raperos que yo conozco siempre vieron esto como un hobby y se quejaban de que no les iba bien. Cuando lo tomas como un hobby, eso es, no es una carrera ni una empresa lo que estás formando.

Fue algo así como ponerle una tarifa a su trabajo.

En Medellín antes decían “le damos pa’l fiambre y el transporte”. Y no; mi talento y el de todos no vale eso. Ahora, si los demás no se van a encargar de hacerlo respetar, yo sí lo voy a hacer. Y ahí queda demostrado quién está donde tiene que estar: por la disciplina y por el valor que le da a su arte. Me da mucha rabia que a uno no le paguen como a los de afuera, algo que pasa en todos los géneros. Yo le puse una tarifa a mi trabajo y eso permitió que les pagaran a los demás.

¿Cómo explicaría esta gran demanda de reggaetón en Colombia?
El pueblo está pidiendo reggaetón y está pidiendo reggaetón colombiano. Por ahí dicen ‘pan y circo’, y si el pueblo va a estar feliz con que yo les dé ‘pan y circo’, pues eso es lo que les voy a dar. He aprendido que Colombia es un país que busca un escape en la música y eso es lo que los artistas podemos dar: ejemplo de disciplina, verraquera y buena música. A mí, como artista, no me compete meterme en  problemas políticos ni dar mi punto de vista. No me voy a calentar. Yo hablo de pasarla bien y eso es lo que está buscando Colombia. Salir de ese estrés de la violencia divirtiéndose.

¿Y cómo cree entonces que su música influye en la vida del país?
No puedo decir que mi música sea la mejor. Buena o mala, es una propuesta y creo que ha generado un movimiento de artistas urbanos en el país. Incluso sé que muchos jóvenes sueñan con ser cantantes y no con ser los pillos de barrio. Y eso sucede porque tienen en Colombia ejemplos cercanos. Mi principal meta era ser profeta en mi propia tierra.

Algunos dirían que no pueden salir adelante porque vienen “de la calle”…
Pero calle no quiere decir gaminería ni vandalismo. Mi vida no es el maleanteo ni tengo que robar, vender drogas o andar con un combo para ser calle. Ése es un pretexto de los que no han echado pa’ delante. Para mí, ser calle es tener verraquera. Multiplicar los 20 mil que uno tiene en el bolsillo sin pasar por encima de los demás. Eso es ser calle: ser un rebuscador. Eso implica que salgás del barrio y de la necesidad. El éxito hay que buscarlo.

Usted fue también el ‘rector’ de una universidad. ¿Cómo fue eso?
Yo estudiaba Negocios Internacionales porque quería trabajar en una disquera y comercializar mi música. Desde entonces ya estaba pensando en el negocio. Pero me retiré para cumplir este sueño. Armé un combo de pelaos que también habían dejado la universidad para dedicarse a la música urbana y le pusimos la Universidad de la Calle. Éramos Reykon, Golpe a Golpe, Musik Man, El Tigre y yo. Un combo de soñadores… Nos manteníamos parchados en una tienda de Robledo (un barrio de Medellín), adonde íbamos a tomar gaseosa y a comer pan. A soñar. Por ahí hay un refrán que dice: “los milagros existen pero hay que buscarlos”. Así que cada quien cogió por su lado. Solo cuando nos separamos empezamos a echar pa’ lante. Volvimos a retomar el tema de la Universidad de la Calle porque es mucha coincidencia que los que nos reuníamos a comer pan y a soñar, somos los que hoy estamos sonando más fuerte, los que figuramos.

Hay un boom de artistas urbanos colombianos. ¿Hay cama pa’ tanta gente? ¿Será algo duradero?
El género no va a morir. Probablemente lo que pase es que desaparezcan algunos artistas, pero no el reggaetón. Y el responsable de que el reggaetón viva este momento es el público, y cuando el pueblo está con uno, esto no se puede parar. He aprendido que la gente tiene el  género en la sangre, y que hace parte de la cultura colombiana. Hablar de reggaetón en Colombia hoy es como hablar de vallenato, duélale al que le duela.

¿Se considera el ‘big boss’ del reggaetón en Colombia?
(Risas). Yo no me considero el jefe. Cuando una persona anda alardeando con eso de “yo soy”, mi papá dice: “De riqueza y santidad, la mitad de la mitad de la mitad”. Por eso nunca he dicho que soy el jefe. Sí me considero uno de los más disciplinados. Esa disciplina ha llevado a que el público decida quién es el que manda.

¿Qué lo mantiene aterrizado?
La base más importante que he tenido en mi vida es mi familia. He tenido batallas internas con el ego, es una cosa totalmente humana, pero mi mamá siempre me ha dicho: “José, Josecito, el día que tú te creas una estrella, ese día dejarás de brillar”.