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Jenny Cifuentes

Por
Redacción Shock
Alguna vez viajé a ver un concierto de The Cure. Era un gran festival y el día anterior a su programada aparición hubo una tragedia en un show con muertos y heridos. The Cure, como “manifestación” ante el hecho, destruyó su camerino y canceló. A pesar de que su música está en los santos cielos, desde ese episodio, Robert Smith se me transformó en una armazón de personaje, por eso, tan pronto vi el afiche de This Must be the Place pensé que el director había leído mi mente. En el film con nombre de canción de los Talking Heads (versionada luego por Arcade Fire), Sean Penn personifica una antigua estrella de rock que lleva veinte años lejos de los escenarios. Cualquier parecido de la imagen de Penn con Robert Smith es pura coincidencia. La historia tan cercana a la vida y a músicos que conozco y desconozco me enganchó. Aunque confieso que solo entré a verla por la cara de Penn y porque sabía que salía David Byrne. 
 
A finales de abril, estaba arrancada, maldormida y aquejada por varios dolores. Solo una cosa podía sacarme del hueco: el vallenato. Decidí empeñarlo todo para peregrinar, como siempre, a la meca del vallenatero hardcore: el festival anual en Valledupar, esta edición con un homenaje a Calixto Ochoa. Aunque los shows centrales del evento en el Parque de la Leyenda se alejan cada vez más de su misión original (la de celebrar la tradición de elegir al Rey), y se condicionan a una transmisión de televisión, nombrando al soberano “como peluqueando bobos” y dando paso con bombos y platillos a los artistas internacionales y de otros géneros (este año Wisin y Yandel y Juanes), creo desde mi infancia que la ocasión de tener una parranda por toda la ciudad, ver a los clásicos, escuchar yuca, y oír a los nuevos, es la vida que merezco. Y la que debería probar todo el mundo. Roqueros, raperos, hiphoperos, salseros: Valledupar es la tierra prometida.
 
Ni un veterano con guitarra de palo de una cuerda, ni world music para eruditos: rock. Rock del bien negro. Rock hirviente de ese que hace bailar. Eso fue el concierto de los africanos Amadou y Mariam en Bogotá. Y es que Amadou es una bestia de la guitarra. La acaricia, le saca bramidos, se desborda, se bate todo el show y de lejos, es de los más grandes que han rasgado cuerdas por aquí en los últimos tiempos. Ya nos lo había advertido en la entrevista antes de llegar, confesándose roquero y blusero hasta las tripas, fan de AC/DC, Zeppelin y John Lee Hooker. Él, junto a la voz de tierra de Mariam y una banda de músicos dementes, trajeron ese lado de la música actual tan desconocido en Colombia y con una bofetada de sonido mostraron por qué son superestrellas, por qué andan tras ellos Damon Albarn, David Gilmour, TV on The Radio y Obama. Con sabor de Mali, Amadou y Mariam contagiaron al público su fe ciega en las canciones. Brutal. 
 
Si en un Mac se pulsa Alt + J aparece ∆, el nombre del grupo, pero al no poder pronunciar ∆, la gente le dice Alt J. Sucede algo parecido con la parte visual de su canción Fitzpleasure que hace parte de An Awesome Wave, el debut de los británicos que conocí en mayo. Busqué el “video oficial” y apareció uno a blanco y negro con gente que se retorcía. Pero encontré un video francés, titulado Fitzpleasure Art video in association with COSA, hecho durante un día en Paris por la compañía francesa de producción COSA, el director Guillaume Cagniard y el artista belga Wim Delvoye (quien tatuó la espalda de uno de los protagonistas). Ese fue “El Elegido”. El que vi mil veces creyéndome en ácidos cuando lo que había tomado era solo tinto. Me pasé a vivir a su templo oscuro en el espacio, con radiografías de besos, con la danza religiosa y profana, y con esos bellos vitrales morados de calaveras… a propósito, quiero unos así para mi casa.
 
I’m Shaking fue el himno nacional en mi casa durante varios meses. La puse con rigor a las 6 p.m. y a media noche como manda la radio colombiana, y en actos protocolarios de desayuno, almuerzo y comida. Esa canción la grabó en los sesenta Little Willie John, un cantante de R&B, y este año Jack White hizo una versión en su disco solista Blunderbuss. Un CD que solucionó mis síndromes de abstinencia bluseros, que carga el sonido de pianos Rhodes y el estilo boogie en algunos tracks. También mandolinas, clarinetes, el slide de guitarras steel, folk, country, bluegrass, rock n’ roll, coros femeninos muy góspel y R&B, y el voltaje de Mr. White. Esa sensación de lo nuevo que sabe a viejo y que da ganas de poder reproducirlo en una antiquísima radiola la había sentido con los últimos discos de Robert Plant y la pude sentir con este, porque la intención es similar, ambos van al pasado, y me dejan clara la frase que canta Rubén Blades: “Todos vuelven”.