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La era del ruido. La cara oscura de la Nueva Era

Por
Redacción Shock

Algunos los catalogan como ambientales, post-minimalistas o post-rock, pero bien podrían ser pre-futuristas, meta-ruidistas, ultra-sensibilistas y muchos más “istas” que se quedarían cortos ante la ambición, abstracción y exploración de sus piezas sonoras. Llenan los carteles de los festivales de avanzada más importantes del mundo –como el Sonar de Barcelona, el Mutek de Montreal o el Transmediale de Berlín– y su hogar está en la fina frontera entre el ruido y la melodía, entre lo análogo y lo digital. A veces, solo a veces, escarban tan profundo en el sonido que son la última escala antes del silencio.

Tim Hecker ruido sin nombre

Si pudiera, se mantendría en el total anonimato, pero las formalidades del universo musical requieren que se presente, que les ponga título a sus discos y canciones, que escoja una imagen para sus portadas y que responda al nombre de Tim Hecker.
Esto no es gratuito.  Es una consecuencia de su intención de hacer música que se resista a la definición y donde la abstracción sea la regla, que tenga múltiples capas emocionales, donde sea difícil rastrear el origen de los sonidos y no haya elementos que puedan forzar una única lectura de sus composiciones –por eso, entre otras, la ausencia de voces–. Sus presentaciones en vivo prescinden de distracciones visuales y prefiere tocar al máximo volumen y con las luces apagadas, logrando poner al sonido por encima de todas las cosas. Incluso de él mismo.

Sus álbumes son, como él los define, “piezas de sonido puro” que toman de la mano al oyente y lo llevan de viaje por atmósferas de ensueño que difícilmente se pueden describir. Su más reciente disco, Ravedeath, 1972, es un capítulo más de estos viajes. El título del álbum y de las canciones, y la imagen de la portada, en ningún momento trazan líneas conceptuales. Grabado en julio del 2010 en una iglesia en Reikiavik, Islandia, Hecker tomó el órgano de las misas como el eje de las canciones y lo sumó a distorsiones, efectos de mezcla y sonidos de la naturaleza como el aire encerrado en el recinto o el flujo de un río cercano. Este trabajo in situ no es el primero de este tipo en su carrera. En el 2007 ya había lanzado Norberg como testimonio de los últimos 20 minutos de un set que hizo en una mina en Norberg, Suecia, por lo que su nuevo disco sigue una vieja ruta: la fina intersección entre un álbum en vivo y un trabajo en estudio.

Este canadiense de 37 años, profesional en software y acústica digital, comenzó su carrera bajo el alias de Jetone a finales de los 90 haciendo tecno. Ravedeath, 1972 es su séptimo disco –sin contar sus numerosos EP– y se suma a placas como Harmony in Ultraviolet –el disco del año para Pitchfork en el 2006–, y Radio Amor,  reconocido como uno de los mejores del 2003 por The Wire Magazine. Sin contar historias ni hablar de emociones ni escarbar en sus memorias, de manera directa o concreta, Tim Hecker hace música. Y eso es todo lo que cuenta.

Algunos usan la palabra “abstracto” para describir su música. ¿Es justo ese adjetivo?
Creo que sí. He oído peores como “música electrónica”. No me gusta usar palabras que describan mi música. Esa es la dificultad de hacer los títulos y el arte de un álbum, porque la gente se apoya en eso y se vuelve la metáfora interpretativa del disco. Pero esa es la realidad del mundo y lo entiendo, por lo que trato de divertirme. Mi último disco podría haber sido sobre ponis rosados que vuelan en el aire o la risa de un mico en un desierto. Prefiero que la gente tenga referencias visuales propias.

¿Cómo siente su relación con el público sabiendo que su música no es fácil de digerir ni de interés comercial?
No es fácil de oír en realidad. Me interesa mucho hablar con la gente sobre sus experiencias oyendo mi música. Son sorprendentes las diferentes formas en las que la gente la siente e interpreta. Creo que ofrezco una diversión menor a un grupo de oyentes que están interesados en sumergirse en otros espacios. Cada vez que hago un disco me pregunto si va a ser el último. No estoy seguro si vaya a seguir y mantener mi carrera durante veinte años más.

¿Qué opina del momento por el que atraviesa la industria discográfica?
Estoy en una especie de costado de la industria a pesar de vivir de la música. Siento que la industria siempre ha estado en crisis, no es algo nuevo sino que es un estado constante. Es como el gobierno estadounidense: siempre anda en crisis. La industria solo se preocupa por las ventas. Pero desde el 2001 las cosas comenzaron a cambiar y ahora solo mantienen un 60% de lo que antes fue.

¿Y le preocupan las ventas de sus álbumes?
No. No es algo en lo que base mi futuro, ni un aspecto fundamental.

¿Entonces cuál es su mayor preocupación o expectativa con este disco?
En este punto es una sensación vacía. Terminé el disco, lo entregué al mundo... es algo muy abstracto y no es algo a lo que me aferro. Es una sensación de que el trabajo ya se hizo, y ahora hay silencio.

¿Y ese silencio se rompe en algún momento?
No. Ahora pienso más en un nuevo trabajo, en crear más material. Este disco lo terminé en octubre y desde entonces ha pasado mucho tiempo.

Ben Frost: el rey del hielo
El Frost de su apellido, “hielo” en español, resume el clima gélido y melancólico de su música. A diferencia de su amigo Tim Hecker, para quien hizo la ingeniería de sonido en Ravedeath, 1972, no huye del matrimonio entre sonido e imagen. Por el contrario, este australiano de 31 años radicado en Islandia, ha compuesto piezas para películas y obras de danza contemporánea, y es miembro del colectivo Circada con el que hace instalaciones audiovisuales y performances sobre el cruce entre biología y tecnología. Tal vez por eso la música de sus cuatro largos –para uno de ellos, School of Emotional Engineering (2005), creó una banda homónima para interpretar los temas– y dos EP, tiene un toque cinematográfico, de thriller de suspenso con final triste e inesperado. Heredero del minimalismo de Philip Glass y Steve Reich, Frost retoma el sonido simple y le añade pizcas de post-rock y electrónica, y a veces salta al terreno del remix como lo hizo en el 2004 con Desired Constellation de Björk.
Ethermachines.com

Ulver: licántropos exmetaleros
Desde 1993 hasta 1999, esta banda noruega bautizada con la palabra local para “lobo”, era una devota del black metal que grababa sus discos a medianoche, entre bosques nórdicos encantados y abundantes raciones de alcohol. Convertidos a la religión del ruido y la abstracción, influenciados por el surgimiento del trip hop y una que otra lectura de poemas revolucionarios, dieron un nuevo rumbo a su sonido al que solo sobrevivió el vocalista Kristoffer "Garm" Rygg. Desde entonces, con nuevos integrantes, Ulver ha tomado un camino más salvaje impregnado de free jazz, música ambiental, experimentos vocales y arreglos sinfónicos que se puede apreciar, sobre todo, en el disco que celebra su décimo aniversario: Ulver 1993-2003: 1st Decade in the Machines.
Jester-records.com/ulver

Fennesz: viajero imaginario
Cierre los ojos. Piense en su recuerdo más feliz. Imagine un lugar al que nunca ha ido. Sueñe despierto. La nave es la música de este austriaco modelo 62 que en los 90 fue un miembro activo de la escena del tecno vienés y hoy se le conoce como el autor de un épico álbum (catalogado por Pitchfork como el segundo álbum más importante del 2001): Endless Summer (reeditado en el 2007). Aunque no ha lanzado un disco desde Black Sea en el 2008, Christian Fennesz trabaja constantemente al lado de artistas de la talla de Mike Patton –líder de Faith No More y otros actos–, Ulver, David Sylvian, Ryuichi Sakamoto o Antony Hegarty –el hombre de Antony and the Johnsons–, remezcla canciones de otros, o compone piezas para instalaciones sonoras, convirtiéndose más que en un músico en un verdadero escultor del sonido.
Fennesz.com