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La marcha por la paz: Soñamos caminando

Por
Redacción Shock
La marcha por la paz: Soñamos caminando
 
Hombres, mujeres y niños armados hasta los dientes, disparando con frenesí irracional en sus pupilas dilatadas; madres que no alcanzan a explicar con palabras, pero sí con miradas, el dolor que les produce que un actor armado les haya quitado lo que más quieren; procesiones de mujeres y niños pobres, por caminos de herradura, sin saber a donde van ni por qué abandonan todo lo que conocen; seres humanos sangrando y delirando de dolor; gente con carteles en sus pechos preguntándose minuto a minuto por la suerte de quienes salieron de casa y nunca regresaron; llantos, ruidosos berridos que desgarran la conciencia o perturban la existencia; cadáveres, colombianos mutilados por el fuego implacable de quienes comparten su patria y presentados como trofeos. Son las imágenes que usted y yo tenemos en la memoria y que nunca elegimos, la infamia de la guerra.  
Por el contrario, no conocemos un día de paz. No tenemos idea de lo que es ver un noticiero en el que las únicas muertes sean accidentales o naturales, un debate político (electoral o callejero) en el que no se le sindique a alguien como simpatizante del “terrorismo”, un país en el que no haya “héroes” ni “enemigos”. Una realidad que solo es imaginada pero que sí podemos elegir, aunque no seamos quienes disparan. 
 
Hoy, miles de colombianos salimos a las calles a darnos un poquito de esa fantasía. Por supuesto, muchos otros se quedaron en sus casas, aulas, oficinas o despachos con la certeza de que un montón de pueblo caminando no va a silenciar los fusiles o incluso, que quienes marcharon son cómplices de un grupo armado que en esta guerra fratricida es considerado “enemigo”. 
 
Otros, fueron a caminar a ciegas, aupados por presiones laborales o políticas. Sin embargo, la mayoría, soñamos caminando, con la firme convicción de que ya se acabó el tiempo del odio, de que llegó el momento de construir un país para todos y todas en el que, antes que otra cosa, se les devuelva a las víctimas (si es que se puede) lo que perdieron, que se les diga por qué los armados, y la sociedad, los condenaron a la penuria de la muerte y la desolación. 
 
Quienes tienen la responsabilidad de acabar la guerra (que también somos nosotros) no deben olvidar las palabras que Jorge Eliécer Gaitán pronunció en su “Oración por la Paz”. Se adecuan hoy, justo el día en que se conmemora su asesinato (que abrió esta espiral de violencia hace 65 años), a los sueños de los que no sabemos cómo se vive en paz: “Durante las grandes tempestades la fuerza subterránea es mucho más poderosa, y esta tiene el poder de imponer la paz cuando quienes están obligados a imponerla no la imponen. (…) Queremos la defensa de la vida humana, que es lo menos que puede pedir un pueblo”.
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