Se encuentra usted aquí

La primera venida de Gun's N' Roses a Colombia

Por
Redacción Shock

El disturbio del domingo 29 de noviembre de 1992 en los alrededores de El Campín fue digno de lo que estaba sucediendo dentro del Estadio bogotano. No se estaba presentado un predicador, los New Kids On The Block o nuevamente Gloria Estefan con la manteca latina de su orquesta Miami Sound Machine, sino una banda conocida por meterse en problemas, andar en las drogas, alquilar putas y haber grabado dos de los discos más comercializados y estilísticamente incestuosos de la historia del rock: Appetite for Destruction y el doble Use Your Illusion, donde géneros símiles como el heavy y el hard rock se entregaban a los placeres prohibidos de la carne para un rockero promedio: las baladas.

Moteleras, salvajes, acústicas, con crescendos y arreglos orquestales que terminaban en un gran caos de punteos de guitarra eléctrica, violines y un piano de cola tocado a los golpes como en November Rain; suaves y susurradas pero llenas de subtextos violentos y heroinómanos como Don’t Cry.

Fueron la punta de lanza para que Guns N’ Roses se tomara los conteos de la radio, para que sus no fanáticos los consideraran y para que quienes lo eran dijeran que solo se trataba de una carta más dentro de la gran baraja de estilos que tenía el grupo: glam, punk, blues rock, country y sonidos provenientes de la América Profunda o la autodestructiva Hollywood, casi todos apuntando hacia un mismo objetivo: convertir a Guns N’ Roses en la más jodida banda del mundo en su momento. Y así fue. Con ese preámbulo llegó a Colombia proveniente de Venezuela, con un cambio y una adición en la formación original de su debut Appetite for Destruction (el baterista Matt Sorum y el teclista Dizzy Reed) y millonarias cifras de ventas, frescas como lechugas, pisándoles los talones.

A la salida del Estadio, medianoche del domingo 29, doblamos por una calle del Nicolás de Federmán en dirección a Pablo Sexto, dos de los tres barrios que junto a Galerías soportaron los embates de los revoltosos, y mientras caminábamos con un acuaparque entre los zapatos y un cohete entre el culo por la adrenalina del concierto y porque al otro día había que madrugar, nos topamos con la famosa casa de Regina Betancourt de Liska, Regina 11, metafísica y política famosa por aquel entonces por salir en televisión amenazando a los corruptos y a los narcos con una escoba, y quien vivía en una casa tan llamativa como loba. A pesar de que la Policía Metropolitana había barrido a los vándalos con sus caballos y sus antimotines casi al mismo tiempo que comenzó el show de Guns N’ Roses en El Campín, pasadas las 10:00 de la noche, quedaba uno que otro lanzándole piedras a la casa de la bruja que entró a la historia no solo por robar a sus seguidores y haber sido encerrada por la justicia colombiana en su propia casa en el Federmán, sino por haber dado las siguientes declaraciones a la prensa el lunes siguiente al show: “Muchos de los revoltosos eran hijos de gente adinerada que se movilizaban en lujosos automóviles lanzando piedras y disparos al aire”.

Sí, en esa época en los conciertos todavía la gente coreaba “¡Bogotá, del putas Bogotá!” durante las horas previas al espectáculo (la frase fue una herencia del Concierto de Conciertos de 1988 y era como el “¡Sí se puede!” de hoy que eliminó a la Selección Colombia de los mundiales de fútbol de Alemania y Suráfrica); y también era habitual (como se oyó durante las horas de retraso que tuvo la presentación de Guns N’ Roses) que los espectadores ubicados en las graderías les gritaran “¡Gomelos hijueputas!” a los que estaban en gramilla, y que éstos les respondieran en coro “¡Pobres... pobres... pobres..!”.

Pero no fue un concierto de gente adinerada. La entrada a la gramilla fue una sola y costaba 30 mil pesos (no existía esa práctica tan terrateniente y colombiana de dividir la gramilla en diferentes localidades), y se podían comprar en sitios como Dunkin’ Donuts. Habiendo anunciado dos shows en Bogotá en vez de uno (originalmente para el viernes 27 y el sábado 28 de noviembre), no se agotaron al cabo de unas horas sino de unos cuantos días, aunque la boletería para el primero de los dos shows (que nunca se realizó) tuvo más demanda. Dieciocho años después de lo ocurrido algunos testigos insisten en que ése fue el motivo de la furia que se desató afuera del Estadio y cuando el también grupo del bajista Duff McKagan y el segundo guitarrista Gilby Clarke ya había comenzado el toque: el sobrecupo. Muchas personas se quedaron por fuera pese a tener su boleta en la mano, y de ahí se fueron a las piedras contra la Policía y las ventanas de casas y edificios cercanos al Estadio.

Mis vecinos, adentro en la gramilla de El Campín, eran estudiantes de colegio volados de sus casas o acompañados por algún tío mayor y perdedor, muchos universitarios, un ejército de fanáticos de vieja escuela de Guns N’ Roses que había venido desde el barrio Modelia y que lucían como Axl Rose en su video-concierto de 1992 en Tokio (botas, medias blancas, falda escocesa y camisa roja a cuadros) y una delegación de admiradores paisas que habían llegado en bus desde el Eje Cafetero y que mataban el tiempo de la espera bebiendo una sopa de hongos que habían entrado en una bolsa de Carulla.

La entrada del público fue rápida pese al resoplido de los animales de la Policía, la montada, que mantuvo a raya a los colados mientras a sus espaldas los revendedores hacían fiesta y los medios de comunicación su agosto. Como los miles de papelitos que caen desde las tribunas cuando los equipos saltan a la cancha, del cielo nos caían los cancioneros en papel periódico de un extinto diario llamado La Prensa, y stickers de Radioacktiva con el logo del grupo y la sentencia “Yo estuve en el concierto”. Mientras tanto, las móviles de las emisoras realizaban informes de lo que estaba sucediendo cada cinco minutos, y hasta Todelar Stereo, que hoy es La X, transmitió en vivo el show de Guns N’ Roses para todos los que no pudieron ir y se tuvieron que contentar con grabarlo sobre un casete de boleros del papá. En uno de sus concursos, 88.9 (radio-estación abanderada en aquel entonces del post boom de conciertos que dejó el Concierto de Conciertos) incluso les regaló boletas a los que llamaron a decir que el nombre del grupo en español significaba “Gansos y Rosas”.

Cientos y cientos de afiches con la imagen de Axl Rose que fueron coloreados por los participantes de otro concurso para golearse la entrada, terminaron pegados en un larguísimo corredor del Estadio que el grupo debía atravesar para llegar a los camerinos que nunca usó; por su parte, terminaron en la basura junto a los palos y las piedras que los periódicos mostraron el lunes 30 de noviembre como prueba del desorden y mientras que Guns N’ Roses ya se había ido de Colombia. Tan común como escuchar “¡Gomelos hijueputas!” y “¡Pobres... pobres... pobres..!”, era oír a los comentaristas de fútbol pidiendo a gritos la cabeza de los responsables y dando aullidos para que no prestaran el Estadio para los conciertos de rock, y a los noticieros de televisión haciendo un corrillo de denuncias sin emitir una sola imagen de lo ocurrido de puertas para adentro en el recital de Guns N’ Roses, que en Bogotá tuvo uno de los momentos más significativos y surrealistas de toda su carrera, el del guitarrista líder Slash sentado sobre el piano mientras Rose tocaba los acordes de November Rain y la lluvia arreciaba al compás del coro.

Al final de este camino de rosas, y gracias a YouTube, quienes fueron y quienes no pueden recordar y entrever que el show de Guns N’ Roses el 29 de noviembre de 1992 en Bogotá seguirá soportando el peso de la historia como el colchón de un motel en Chapinero, quizá el concierto más crucial que se ha dado en el país por la proximidad entre la fecha de su realización y el momento en que el grupo había saltado al éxito y la fama (la banda vino en su mejor momento, no diez o quince años después como casi siempre pasa). Coincidió, y no fue amor a primera vista, en un escenario que al final era como saltar sobre una cama de agua con tantos centímetros cúbicos de agua lluvia como para hacer sonrojar a la deprimida Quibdó; Guns N’ Roses se aferró a la música y a clásicos precoces que durante cinco años había tocado entre Appetite for Destruction y Use Your Illusion, y demostró que era una de las bandas más grandes e impulsivas de su tiempo, el pasado y el futuro.

Metafísicamente hablando, la casa de Regina 11 clamaba por una piedra más contra el esperpento de su puerta y sus ventanas, pero hacía tanto frío después del concierto que era imposible sacar las manos de los bolsillos.