Se encuentra usted aquí

Lo análogo: un asunto de fidelidad

Por
Redacción Shock

La música ha perdido sus caras. Desprovista de lados A y B, prensada sobre nuevas superficies ligeras, virtuales y más rápidas, accede a otro discurso que se reproduce de corrido, sin paradas ni reflexiones. Dispensada a toda velocidad a través de la red, la música ha viajado a otra dimensión en la que el tacto ya no la alcanza.

Su cuerpo, encarnado entre los bucles de un casete, la negra silueta de un vinilo o los destellos fluorescentes de un Cd, se diluye poco a poco entre códigos y circuitos digitales, limitando la relación física, íntima y personal que con ella se entablaba con anterioridad.

Ahogados en una profunda nostalgia por ese desvanecimiento, por la pérdida del cuerpo de la música, productores y sellos discográficos de todo el mundo rebuscan viejas consolas para traer nuevamente a la vida vinilos y casetes. Lo análogo renace, y aferrado a las producciones lo-fi (baja fidelidad) construye nuevos sonidos, dispone otra estética y retoma una conexión con la materialidad de la música.

Philip Sanderson, productor del sello disquero independiente Snatch Tapes, un label del Reino Unido que se ha dispuesto a resucitar los viejos formatos de la música, le contó a Shock la versión de su propia nostalgia. “El objeto, sea este un vinilo o un casete, ha sido demasiado importante en la historia de la música. Estos proveen, junto con la carátula y los librillos, una dimensión visual. Una condición estética y sonora que se pierde con los downloads”.

Sanderson, que además de producir hace música con su banda Storm Bugs, una de las más legendarias del DIY (Do It Yourself) londinense, recuerda además la poca asepsia y la calidez de los viejos formatos. “Con un archivo Mp3 ya no tienes nada con lo que puedas divertirte un buen rato. Lo digital puede llegar a ser tan limpio y a la vez tan frío que creo que necesitamos traer de vuelta un poco de suciedad y calor con las producciones análogas y sus objetos”.

Por su parte, Barry Lamb, un coterráneo de Sanderson y productor ejecutivo de Falling A Records, disquera que se ha encargado de darle un empujón a la escena indie, noise y psicodélica del Reino Unido, con un tanto de desapego y parado sobre otra perspectiva, responde la misma pregunta con más crudeza: “Creo que mucha gente alrededor del mundo es sentimental sobre la vida de los vinilos y los casetes. Yo, por el contrario, creo que ese sentimiento no tiene razón de ser. Estos formatos estarán vivos en la escena musical al menos hasta que la última persona de mi generación (60, 70) muera, y aún así seguirán viviendo como legado para las próximas”.

Lo análogo resurge y seduce con su prosa sentimental a las audiencias del mundo. Aferrado al lo-fi, que es una estética sonora disidente y a la vez un modo particular de producción que reivindica la suciedad y la crudeza de los sonidos, casetes y vinilos le distribuyen un nuevo discurso a la actual generación digital.

El  revival de  lo  análogo

“La experiencia sensorial a la que accedes, la calidad del sonido que se produce al escuchar un vinilo girando en el tornamesa, al oír la aguja rozar contra el acrílico, no es ni remotamente comparable a la sensación desechable, de angustia y rapidez que cobra lugar cuando disparas un track desde un iPod o desde un playlist guardado en el computador”, advierte Vladimir Jiménez, Dj de bares bogotanos como El Libertador y Mai Lirol Darlin.

Sensaciones desechables y un tanto efímeras tienen lugar al escuchar tracks que se despliegan desaforadamente. La biblioteca del iTunes abierta impone afán al oído, el cual, antojado de la próxima canción, silencia la que suena actualmente sin permitirle siquiera que su intro se deslice por los parlantes. Inmersos en ese pensamiento nos volvemos frenéticos escuchas, mushuperos que quieren que sus canciones favoritas suenen al unísono sin escuchar ninguna realmente.

Con el Lp y los casetes esa desaforada necesidad no tenía lugar, pues lo que realmente marcaba el ritmo de la escucha era el desplazamiento de la aguja o la rotación de las cabezas de la casetera. Un track a la vez cobraba lugar, repartía su sonido, desenvainaba su historia.

Hartos de esa insulsa rapidez, de esa desmesura rítmica que tiene lugar en la actualidad,  sellos disqueros como Snatch Tapes, Falling A Records, Fuck off Records o Sound of Pig, se ponen en acción para darle una pausa y un nuevo aliento a la escena musical mundial.

Estas disqueras alternativas se han convertido en las máximas representantes de esta movida análoga que quiere que las caseteras vuelvan a la vida y que íconos como el círculo del ‘Rec’ y las flechas del ‘FF’ y el ‘RW’ no se pierdan en el tiempo como simples referentes vintage.

Por eso, estos sellos prenden las velitas y proponen un brindis sonoro sacando nuevamente al mercado casetes que se puedan incrustar e incluso enredar en el walkman, la pequeña cajita musical de Pandora que acompañó a las generaciones de los 80 y los 90 en sus recorridos y que en este 2009 cumple 30 años de existencia. Después de venderse casi 385 millones de aparatos alrededor del mundo, el walkman se sacude el polvo para quizás dentro de poco volver a estar de moda.

Con un nuevo impulso y ávidos de entregar una vez más la experiencia de lo análogo, estos sellos disqueros retoman sus labores y más por amor al arte que por amor al dinero desenfundan sus multipistas Ampex, viejas grabadoras Tascan y una que otra consola para producir al mejor estilo lo-fi, de manera sucia, desgastada, pero cercana y caliente, algunos casetes.

El modo de producir un casete es mucho más complejo que enroscar una cinta entre dos círculos y es aún más difícil si se quiere hacer uno que lleve consigo el espíritu, la potencia y la crudeza de una producción lo-fi. “Eso no es como motilar bobos”, dice Philip Sanderson, que sabe realmente lo que implica darle vida a una producción de baja fidelidad prensada sobre este formato análogo. “En Snatch Tapes usamos muchas cosas y ninguna al mismo tiempo. Rompemos parlantes para crear distorsiones interesantes que les propongan otros sonidos a las melodías, las voces y los instrumentos; sobreimprimimos cintas, usamos la cacofonía y los ruidos del ambiente para fortalecer secuencias sonoras. Todas estas técnicas muy lo-fi para retorcer y transformar los sonidos que finalmente rotarán enredados entre los bucles de casete”, afirma.

Si bien la manufactura de uno de estos rectángulos sonoros es un proceso arduo, su venta es una labor cojonuda y mal remunerada. Si a duras penas un melómano promedio desembolsa 1,29 dólares para comprar el último hit mundial en el iTunes Store, imagine cuánto pagaría por la misma canción “mal grabada” en un casete.

Una cifra que podría hacer llorar a Barry Lamb, productor de Falling A Records, quien parece tener pleno conocimiento de que vendiendo casetes no se hará rico: “La mayoría de nuestros lanzamientos son en Cds grabados, pero también le apostamos a hacer casetes que lleven por dentro y por fuera un buen espíritu. El costo por unidad de un casete es mucho más alto que el de un CD-R. Aún sabiendo eso nos atrevemos a producir un casete que únicamente venda 10 ó 20 copias, un riesgo económico que vale la pena, ciento por ciento, porque sabemos que esas 10 personas que los compran lo disfrutan profundamente”.

Prensando de este modo los trabajos musicales de algunas de las cuarenta bandas que tiene firmadas en su sello, Lamb advierte que aún la resucitada industria del casete es para unos ciertos nichos: “Arriesgarnos a hacer 1.000 copias de un casete ya implica un problema, pues tendríamos que vender cerca de 250 para recuperar la inversión, y muy pocos de nuestros lanzamientos logran vender esa cantidad”.

A la vez que el casete se reinventa y poco a poco retoma su popularidad, el vinilo se escapa de los cajones de viejos coleccionistas para colonizar otros espacios cercanos al mainstream. Los abanderados de esa movida acrílica alrededor del mundo son chicos freaks y contestatarios que con sus propios sellos disqueros levantan la mano y piden la palabra para los Lps.

Es tiempo de indie. Esta palabra, más allá de hacer referencia al género musical y rebasando las barreras que la asemejan con la novedad, implica una noción radical que es: independencia. Destetados y aburridos de las grandes casas disqueras, chicos problema han creado sus propios labels para hacer con ellos lo que quieran: Lps de la manera más lo-fi posible.

Buenos ejemplos de estos sellos divergentes son XL Recordings, casa que produciría en el 2007 el In Raimbows de Radiohead y que ha prensado en vinilo a artistas como Devendra Banhart, Ratatat y Peaches; K Records, que cuenta entre su stock a Modest Mouse, Lake y Beat Happening, además de otras 57 bandas de las que liberan constantemente sus Lps; y otros como Matador y Third Man Records.

Estos dos últimos sellos se han tomado muy en serio el resurgimiento de lo análogo y el lo-fi. Apadrinando a algunas de las bandas y artistas independientes más importantes del momento y vendiendo sus Lps como pan caliente, son, en una pequeña cuota, los responsables de que el vinilo se desligara de esa onda medio snob y de coleccionista que anteriormente tenía, para convertirse en la última tendencia, en el receptáculo de lo cool y lo “alternativo”.

Matador Records, la discográfica americana, por ejemplo, tiene entre sus new releases, todos ellos en formato análogo, a bandas como Girls, Spiral Stairs y Times New Viking, y en sus charts de los más vendidos del año el vinilo de Yo la tengo y el doble Lp de Sonic Youth con precios que van de los 12 a los 18 dólares. Música de líneas distintas, propuestas completamente novedosas y otras que ya se han forjado una historia, ponen en evidencia que si bien lo digital tiene sus ventajas, lo análogo logra entablar unas conexiones y otorgar unas ventajas en términos de sonido completamente ‘deluxe’.

Por otro lado, exacerbando esa experiencia de lo análogo, pero sobre todo del lo-fi, la casa disquera que alberga los necios y oscuros sonidos paridos al mundo por el extraño Jack White, como los White Stripes, The Raconteurs y los actuales Death Weather, llamada Third Man Records, no solo ofrece al público y a bandas emergentes vinilos y grabaciones, sino además una “enchulada” experiencia de baja fidelidad que incluye “un sello de grabación, una casa de producción con un lugar para ensayar, estudio fotográfico, cuarto oscuro, una oficina de producción y un centro de distribución”.
 
Producciones completamente lo-fi, hechas de manera inmediata, sin rigurosas ecualizaciones ni prolijas masterizaciones, en las que se graba sin censura. Unas producciones con las que según Jack “se está trayendo de vuelta al negocio de la grabación una estética espontánea e inmediata, además de democracia, amistad, comunidad y -Dios nos ayude- vinilos de maravilla”.

A pesar de que estas disqueras independientes han tratado de mantener sus productos musicales al margen de las grandes superficies y de circular más bien a través de la web y circuitos urbanos de serie b, un revival no adquiere completamente ese carácter hasta que el mainstream mete la nariz en sus asuntos, le clava una mirada oportunista y saca su tajada.

Según Nielsen SoundScan, un sistema que recopila datos sobre la venta de álbumes y singles en Estados Unidos, en los cinco primeros meses del 2009 las ventas de vinilos aumentaron en un 50 por ciento respecto a las que tuvieron lugar en el mismo periodo el año pasado. Mientras que para los vinilos todo está ‘in crescendo’, pasando de venderse 700 mil en el 2008 a 1 millón en el 2009, para los Cds y álbumes digitales todo se va al traste, reduciendo sus ventas entre este año y el anterior en 30 millones y 6 millones, respectivamente.

Aprovechando la subienda y pensando más en una revitalización del negocio que en una apuesta sonora y estética, las cuatro grandes casas disqueras (Sony, Universal, Emi y Warner) se sintonizaron con esta movida análoga y liberaron entre el 2008 y el 2009 vinilos de serie limitada y rimbombantes carátulas de artistas tan populares como Madonna, U2, Coldplay y Gustavo Cerati.

La Reina del Pop, por ejemplo, lanzó al mundo a través de Warner Bros Records una edición especial de su Hard Candy en 2 Lps, que entre azules y rosas ponen a girar en el tornamesa canciones como Candy Shop, Give it to Me y 4 Minutes.

Por su parte, Universal se anotó un hit comercial al lanzar el No Line on the Horizon de U2 en el redondo y carismático formato, una edición de 2 Lps que alcanzó, sin despeinarse, el primer lugar en ventas en el Reino Unido. Y para que no los dejara el bus de este acrílico revival, Emi y Sony dan su cuota análoga a la industria musical liberando en Lp los álbumes más recientes de artistas de la talla de Coldplay y Gustavo Cerati, respectivamente.

De esta manera, sea que se revuelque en el bizar bazar y el juego underground de las disqueras más recónditas y refundidas del UK, que converse y grite por la independencia en los sellos disqueros de músicos freakys y productores contestatarios o se dé un paseo por el mainstream codeándose con la creme de la creme de la industria musical, lo análogo, sus formatos y modos de producción disparan para el mundo su nuevo testamento, su seductora retahíla de sonidos, sentimientos y apuestas estéticas  que le patean la lonchera a lo digital y conquistan a sus fervorosos seguidores.