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Los 18 de Catalina García

Por
Redacción Shock
Los 18… va casi una década y uno diría que no es tanto, pero al recordarlos sentí vértigo, tuve que mirar el calendario, y como si estuviera mirando el pasado por un retrovisor,  me tocó  detenerme… Con calma comenzaron a sincronizarse los recuerdos… 
 
El día que cumplí 18 años cayó domingo, pero el apropiado para celebrarlo fue el viernes anterior. Como estudiaba en el Liceo Francés, la semana de mi cumpleaños siempre caía en vacaciones de invierno importadas de Francia, donde pega tan fuerte el frío en febrero que mandan a los estudiantes a casa. Cali nunca podrá experimentar cambios climáticos tan elocuentes y programados, pero lo que sí disfrutábamos programar en ese colegio eran las múltiples vacaciones, y en mi caso, los días libres para celebrar. Junto con tres amigas teníamos una banda de rock que bautizamos Bajo Cuerda. Siempre quisimos que fuera una banda de chicas pero nunca dimos con una que tocara el bajo. El proyecto duró poco y me cuesta evocar los detalles mientras escribo, pero creo que al recordar mis 18 y la esperada mayoría de edad, lo que realmente me motivó a escribir fue esa anécdota musical, tan insípida y fugaz para ese momento, y tan especial y significativa casi 10 años después. 
 
Ese día, para festejar, organizamos un ensayo en el garaje de la casa de Lina, la guitarrista. A ella la conocía del colegio, y aunque estaba dos cursos después del mío, nos volvimos muy amigas en los recreos porque siempre traía una guitarra y nos poníamos a cantar canciones de Aterciopelados o de Alanis Morrisette. Lina no era una chica común en el Liceo, no se destacaba por ser la más popular, ni por ser la más brillante, y tampoco le gustaba pasársela de intelectual (todas estas características recurrentes del perfil ideal del estudiante del Francés de mi época colegial), a ella le gustaba jugar basquetbol (gusto que compartíamos), se interesaba por leer guiones de cine y tocar la guitarra. Fue por eso que nos caímos tan bien, hasta que un día, luego de compartir muchos recreos, partidos y canciones juntas, me invitó a participar en una banda que quería armar. Cerca de su casa en el barrio el Ingenio, Lina asistía a clases de guitarra en una academia sin nombre reconocido, y allí había conocido a Shirley, una chica con pinta de metalera y espíritu hippie que llevaba su pelo negro largo hasta la cadera y coreaba Come As You Are como si estuviera viendo en carne propia al mismísimo Cobain. Su sueño era cantar What’ s Up como Linda Perry de  “Four No Blondes”. También conoció a Vanessa que tocaba la batería. Era atlética y pequeña, estudiaba en un colegio de monjas y le gustaban secretamente las chicas como a Lina. Era sólo risas y bacanería, además que su instrumento la hacía verse muy poderosa y enérgica. Con ella tuvimos muy buena conexión. Claudia completaba el combo. Era una caleña risueña y gritona en el buen sentido del acto, le gustaba “montarla” y hacer chistes de todo. Shirley y Claudia eran las cantantes y cuando yo llegué entré a completar el parche vocal.  
 
Queríamos tener un grupo sólo de mujeres porque nos encantaba la idea de compartir un espacio de rebeldía femenina y cantar canciones de rock noventero. Todas vivíamos situaciones conflictivas en nuestra casa y en nuestro colegio, tal vez la música era lo único que nos alejaba de la depresión o de la insatisfacción y nos conectaba a partir de nuestras diferencias. Y aunque a Lina y a Vanessa les gustaba Blink 182 y a Claudia y a mi Los Aterciopelados, en los ensayos nos sentíamos orgullosas de tener una banda de rock de chicas. Sin embargo, nunca dimos con una bajista, el bajo lo tocaba el novio de Shirley que daba clases en la academia. Yo siempre me sentí incómoda con él, sobretodo porque Shirley dejaba de lado nuestro principio feminista y caía rendida en las mieles del amor, tal vez por eso abandonó de primeras el barco quedándonos sin cantante y sin bajista las cuatro restantes, y vislumbrando desinfladas el apresurado comienzo del final. Ya estábamos a punto de graduarnos del colegio, y en mi caso, los exámenes y los preparativos para la graduación me tenían nerviosa porque había estado distraída y la exigencia no era poca. Para mi mamá, la banda no significaba nada representativo en lo que ella sin saberlo muy bien, buscaba proyectar en mi futuro, así que lo de pedir permiso y ahorrar plata para pagar la ruta del Blanco y Negro que me llevaba hasta el sur desde mi casa en el norte de Cali se convertía en una odisea. A Lina la castigaban con frecuencia sus papás porque poco aceptaban su crisis de identidad y ella no daba marcha atrás pasando por alto algunas responsabilidades escolares, lo que nos costó cancelar varios ensayos, pero el viernes que escogimos para armar el agasajo, no tuvimos que rezar para que los planetas se alinearan. 
 
Nos reunimos temprano, justo para comenzar la tarde. Eran casi las dos cuando llegué a casa de Lina. Abrió la puerta Angélica, otra compañera del colegio que conozco desde los 4 años pero que terminó en el mismo curso de Lina donde se hicieron muy amigas. Angélica era una hincha hiper apasionada del América de Cali. A mí me encantaba escucharle sus historias de escapadas y viajes en el techo de camiones por carreteras colombianas y latinoamericanas rodeada de hombres rudos y hasta criminales con los que se juntaba sagradamente en las barras bravas de la mechita los domingos de clásicos, a llorar cada vez que ganaban o perdían. Para mí, ella era una pequeña heroína entre los hinchas futboleros y por eso se merecía el respeto de cualquiera. Entonces me alegró mucho que se sumara a celebrar mis 18 y sus historias seguro harían la tarde más picante de lo esperada. Al rato llegaron Claudia y Vanessa y estábamos listas para tocar. Justo antes de comenzar el ensayo, Lina decidió subir a su cuarto un momento. Las demás nos dirigimos hacia el garaje a esperarla. Cuando llegó, traía entre sus brazos un forro negro con forma de guitarra. Las chicas comenzaron a cantarme el cumpleaños y recibí, por primera vez, una guitarra. Me parecía inaudito que en vez de obtener ropa, discos, toallones, botones para el pelo, libros o dulces, mis amigas hubieran decidido regalarme una guitarra con forro y todo incluido. Esa es la emoción más firme que tengo de mis 18. La que me permitió recordar los ensayos, el nombre de Shirley, el recorrido de la ruta y la variedad de regalos que hacían con frecuencia en los cumpleaños. Esa sensación de liberar la expresión del ser, de buscar una identidad propia, de acercarme a la música sin ninguna pretensión distinta a compartir y conocer personas con las que me identificaba por más diferentes que fuéramos, es la que sobrevive hoy. 
 
Han pasado nueve años desde entonces y poco sé de las chicas. Con Lina es con la única que hablo con frecuencia, y aunque hoy es sicóloga, la música nos sigue manteniendo unidas así no nos veamos más. A Vanessa la volví a ver a través de Facebook hace menos de un año. Para mi grata sorpresa está viviendo en Bogotá y sigue tocando batería. Claudia desapareció. Ninguna supe qué pasó. A Shirley fue la que más trabajo me costó recordar y tuve que recurrir a Lina para refrescar los recuerdos. No he aprendido aún a tocar la guitarra, de hecho cuando cumplí 19 años mi papá me regalo otra, acústica, grande y con cuerdas de metal, propia del género Folk, que aún conservo y que poco agarro. 
 
Recuerdo mis 18 hoy con muchísima nostalgia porque fue una época difícil y me tocó enfrentar muchos cambios. Me fui de mi casa y desde entonces asumí que soy una mujer independiente en cada una de mis decisiones. Tal vez eso significa para mí la mayor prueba de sentirme “mayor de edad”. También me mudé de ciudad y de país, y lo más importante: seguí con mucha lealtad mi corazón, mi intuición. Me arriesgué a equivocarme y me levanté cada vez, convencida de que sólo yo puedo decidir qué quiero hacer. 
 
Pasaron dos años antes de volver a Cali. Durante esa época me dediqué a viajar por los Estados Unidos gringos con trabajos inestables de latina sin título. Fui mesera, cajera, trabajé en una bodega de un almacén de ropa de cadena, fui la voz del altoparlante de un Restaurant Depot, trabajé en la playa en Destin Okaloosa Island en una tienda de souvenirs y me tocó desalojar mi apartamento para esconderme el Silver Hill Alabama del huracán Katrina que destruyó New Orleans a menos de 6 horas de mi refugio, me mudé a Mauldin South Carolina y trabajé haciendo burritos en un restaurante gringo de comida rápida mexicana. Cuidé a unos niños franceses a quienes enseñaba español, trabajé en una miscelánea judía kosher para adultos adinerados en Fort Lauderdale en la Florida, me fui en carro hasta Las Vegas y visité uno de los pueblos más viejos de Norteamérica llamado Savannah. Antes de graduarme del Francés tenía planeado estudiar Filosofía o comunicación. No sabía si irme a Francia o quedarme en Cali porque sentía mucha presión por parte de mis profesores que nos estimulaban siempre a abandonar el país porque no encontraban nada coherente ni interesante que nos permitiera indagar nuestra propia cultura pero yo tampoco estaba muy segura de querer renunciar a mis raíces, sobretodo habiendo crecido en una familia tan arraigada al campo y a sus tradiciones. Por mi propia voluntad decidí quedarme en Cali y comencé estudiar comunicación pero pronto me desanimó el ligero ritmo de estudio con que mis compañeros javerianos estaban tan cómodos. Perdí el interés y me dediqué a escribir cuentos y a tomar fotos en el taller de fotografía. Luego me fui, sin acabar el primer semestre y desde ahí mi vida ha estado atravesada por inesperados cambios que me trajeron de vuelta a Colombia y de vuelta a la música. 
 
Estudié antropología y construí a través de libros y teorías argumentos e ideas que me ayudaron a soportar por ratos el dolor y la frustración de vivir en un país de desigualdades remarcables, donde la gente común se muere de hambre y de frío en la calle o pierde sus pertenencias en un semáforo, donde llevamos más de tres generaciones en guerra que nos ha hecho convivir en medio del conflicto y tolerar la violencia a niveles indescriptibles porque siguen explotando bombas en la puerta de al lado y siguen explotando minas antipersonales que matan inocentes en el campo. Pero nada me ha salvado tanto como la música, y a diferencia de cualquier religión que por costumbre o por necesidad se practica, en mi caso, la música me encontró un poco cansada de leer y escribir sobre grandes ideas para salvar el mundo en medio de esta guerra de la que parecemos tan ajenos. Cantando aprendí a escuchar a mis compañeros y a observarlos tocar sus instrumentos así no entendiera ni una sola nota. También aprendí que la música es el lenguaje más humano porque nos devuelve al sonido y a la vibración, al flujo y al movimiento, y aprendemos a compartir un ritual que trasciende nuestra propia cultura. Por la música hoy puedo sonreírle a la vida y a través de ella a las personas, que sin importar su procedencia o idioma, se conectan con el pulso más primitivo que viene del pálpito del corazón. 
 
Por eso la música sana y evoluciona, porque no conoce la maldad. Hago música hoy porque creo firmemente que necesitamos devolverle humanidad a nuestra cotidianidad y hacer música es un reto permanente de aprendizaje y convivencia. A los 18 quería cambiar el mundo, hoy prefiero asumir este reto cotidiano. Y puedo asegurarles que aunque no se tocar las cuerdas mi guitarra está en muy buenas manos.

Foto:Daniel Álvarez // @daniel.alvarez9