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Marte desde el gallinero

Por
Redacción Shock
El Coliseo fue para los romanos una de las construcciones más grandiosas, durante medio siglo fue lugar de luchas de gladiadores y de otros eventos que consideraban espectáculos públicos: recreaciones de batallas, obras de teatro de mitología clásica, caza y ejecuciones. Para los bogotanos, por lo menos los que disfrutan de la buena música, el Coliseo Cubierto es, de lejos, un buen escenario para conciertos.

Las últimas veces que este escenario de lata y concreto se usó para la música, de hecho, fueron mitológicas: el show donde a Miguel Mateos le quitaron tanta obsesión con una moneda que le clavaron en la cabeza; el concierto de Information Society rodando en patines por todo el escenario; los kilos de sostenes que cayeron a los pies de INXS en su directo. Historias que desde hace veinte años se oyen en conversaciones de viejos melómanos -o de nuevos, interesados en reconstruir la memoria musical de la capital-; pero que fueron reemplazadas con el tiempo por una sucesión de eventos de otro tipo: congregaciones de autosuperación, temporadas de lucha libre y reuniones de iglesias adventistas. Pastores con micrófono en mano que como vendedores de olla a presión cantan sobre el final de los tiempos mientras corean a qué número bancario debe consignar quien desee salvarse, el tipo de espectáculo que más se acomoda para un escenario que carece de todas las condiciones acústicas para un espectáculo de rock.

El del Colombia Fest, con la bogotana The Mills y las norteamericanas The Mars Volta y R.E.M. lo era, en principio, hasta que sus organizadores decidieron trasladarlo al Coliseo Cubierto El Campín. Más allá de la banda nacional y de la del brillante cantante Michael Stipe, la gran perjudicada fue la de El Paso, la del excelente guitarrista Omar Rodríguez-López y el no menos distinguido cantante Cedric Bixler-Zavala, quienes acompañados por seis músicos en tarima reivindicaron a The Mars Volta como una de las mejores bandas de música contemporánea del mundo y un grupo de rock cuyo show en vivo desborda los parámetros y los géneros: si existe una forma breve de explicar qué es The Mars Volta, es decir que es un grupo de música borinqueña tocando partituras de Led Zeppelin con la conducción de un organista negro que nunca se detiene.

Y aunque se vio, no se oyó. Desde un escenario modesto (posiblemente el mismo que usaron en el último simposio de televentas cristianas que organizaron), el sonido que produjeron los ocho tentáculos de The Mars Volta durante su show en el Colombia Fest apenas alcanzó para cubrir a un inmóvil VIP que parecía no dar fe a lo que estaban viendo; y de ahí para atrás fue como en tiempos romanos: una constante lucha para cazar el sonido de los temas que The Mars Volta estaba recreando en vivo, básicamente las canciones animales de su última producción discográfica, “The Bedlam in Goliath”, que dicho sea de paso no ha recibido ningún tipo de atención en la radio, más allá de emisoras como Radiónica.

Desde el “gallinero”, ese lugar recóndito al que se refieren los hinchas cuando deben ver un partido de fútbol desde lo más alto del estadio y en muchas ocasiones a través de la malla metálica que impide que le lancen objetos al equipo rival; The Mars Volta figuró como un grupo de gladiadores que se retorcía al compás de una bestia invisible, el sonido, y ante un reducido número de espectadores privilegiados que pagaron casi lo mismo que un salario mínimo después de hacer los respectivos descuentos.