Se encuentra usted aquí

Más allá del más allá, sonidos sin etiqueta

Por
Redacción Shock

Atlas Sound

Bradford Cox está enfermo. No son solo las dolencias del Síndrome de Marfan que hacen de su cuerpo esa masa anómala, alargada y famélica. Es también su mente la que lo condena al padecimiento, a la genialidad. Maniática, transexuada y profusa; rutilante como esa música brillante que produce desde que era un niño solitario con todo tipo de juguetes. El cerebro de Cox está infectado de esa profunda tristeza y, en medio de su exilio espiritual, son su voz y las pistas de manufactura hogareña las únicas razones que tiene para quedarse entre los vivos. 

Deerhunter, podría decirse, es su yo transexual más evidente. Desde el 2001, cuando la creó, Cox pone aquí toda su rabia y su masculinidad escindida. Su electricidad y su premura. Aún cuando su sonido es tosco, sucio hasta la médula, hecho de ruido y agobios, la banda le permite de cuando en cuando subir al escenario en la piel de una mujer, vestido con luminosos vestidos cortos. Lejos de ser un show barato de cabaret, Cox hace que toda su miseria se ilumine. Es casi poesía, con sangre y bragas frente a todos. Cinco álbumes y varios EPs han mostrado que la mierda, a veces, conduce a la iluminación. El más reciente, Halcyon Digest, fue de lejos uno de los más lúcidos y aplaudidos del año pasado, y fue la mejor muestra de lo suave y venenoso que puede ser este hombre escuálido.

Atlas Sound, casi por defecto, consigue ser su más alevoso yo femenino. Sin secuelas de una hombría obligada, Bradford ha puesto en este proyecto solitario todo lo que, por exceso de subjetivismo, está fuera de los alcances de Deerhunter. Atlas es su rincón creativo y es ahí donde mejor se luce. A finales del año pasado, luego de su valioso álbum Logos (2009) que incluyó incluso una colaboración con Panda Bear, Cox soltó en una sola semana los cuatro volúmenes de Bedroom Databank. Cuatro álbumes, uno tras otro para libre descarga, discos que hizo en su casa para confirmar que es un animal en cautiverio. Aires místicos y propulsiones folk, guiños plásticos y rugidos de una guitarra vieja o una armónica ahogada. No queda duda: bajo la almohada de Cox hay un mundo hipnótico, sin fórmula, sin afán, que nos muestra cada vez que se siente vulnerable.

myspace.com/atlassound


Panda Bear

Entre las muchas capas sónicas que revisten esa ‘cosa’ virtuosa y liberal que hoy conocemos como Animal Collective, están las vibrantes pulsaciones de un oso: Noah Lennox. La genética musical de Panda Bear es casi tan inquietante, volátil y luminosa como la de su proyecto principal; sin embargo, no han sido pocas las veces en las que él se ha burlado de la etiqueta ‘música experimental’ con la que desde siempre se muchos han presumido definir lo suyo.

Pero justamente eso es lo que hace: vagabundear sin complejos por los ecos de su propia voz, tan mística y súper álgida, y sumergirse en las mixturas acuáticas de la música electrónica, esas mismas que lleva imantadas desde que era un púber. ‘Rey del chillwave’ se le ha dicho, aunque él sugiere que vino al mundo para ahuyentar los espíritus que lo obligan a parecer algo, y soltarse como un niño a juguetear, como un hombre-máquina enamorado de los cantos que parecen plegarias y de los ritmos sin forma, sin guión.

Una muy larga temporada pasó Lennox criando a sus dos hijos hasta que, hace unas semanas, soltó por fin su cuarto álbum en solitario: Tomboy. Repleto de escalas y excavaciones profundas, el disco está mil metros bajo tierra de la armonía y las estructuras convencionales de la música actual. Lejano, muy lejano de lo que fueron sus trabajos previos. No deja, por ahora, su calidez, su más clara intención de recorrer paisajes a bordo de sí mismo, porque prefiere aquellas canciones que le resultan fáciles, que no se acobardan ante la premura o el deseo de perfección, eso lo ha dicho siempre. Tal vez es así como nacen también las canciones de Animal Collective.

myspace.com/pandabear


James Blake

Entre tantos nuevos y escuálidos jinetes que la música británica da a luz cada año, James Blake nació robusto, brioso. Aún cuando tiene simples 22 y la piel blanca, como la tuviera cualquier inglés común, Blake está provisto de una mística soberbia, una voz de hálito fúnebre, elegante y mestiza, como si llevara en la sangre soul y dinamita. Sus pistas, incluidas bien en su recién publicado álbum debut de título homónimo o bien las que fue regalando (en grabaciones como CMYK y Klavierwerke) para el libre consumo desde finales de 2009, son como acuosas fantasmagorías que se quedan nadando entre las sienes con sus silencios profusos, tonalidades graves y texturas sintéticas. Su disco es álgido e intrincado y deja su mejor latido en la magnífica versión de Feist Limit to Your Love. Este dueño de hostiles cuerdas vocales y hábil para el piano así como para las secuencias limpias es también, y por mucho, el nuevo príncipe más espiritual  del dubstep, el niño bueno y lúcido de la electrónica experimental.

jamesblakemusic.com


Julianna Barwick

Dicen que su voz es como la de un ángel que clama por volver al cielo, como si alguien, alguna vez, hubiera escuchado alguno. La de Julianna es imperfecta y tozuda y, al mismo tiempo, bella hasta el miedo. Inmersa en una densa atmósfera onírica, sideral, cósmica o espiritual –cualquiera es aplicable–, es común que se le defina como “new age”, sin duda, la más vulgar de las etiquetas. Lo que sí es cierto es que esta neoyorkina colma sus trabajos de un perturbador intimismo. En efecto, en su más reciente álbum –segundo en su carrera y uno de los mejor calificados de la temporada–, The Magic Place, hay exceso de vanguardismo, no de religiosidad. Sus videos acuden al vintage y cada pista a la que suma su voz ‘angelical’ está procesada, masticada y escupida por una máquina. Quizá es así como sonaría una ascensión. Quizá así también el descenso definitivo al infierno. Lo cierto es que estamos ante una mujer brumosa y cifrada que no necesita más que sus gemidos naturales para llenar los minutos magníficos de sus canciones.

juliannabarwick.com


How to Dress Well

Luego de haber militado en los extremos rítmicos del hip hop, el black metal e incluso del emo, este norteamericano se hundió sin tanque de oxígeno en las profundidades de un volátil R&B, y hastiado de la guitarra y con la mente poluta, se sumó altivo al ambient y el lo-fi. “Post pop”, dice jocoso a veces, porque, sin duda, el pastiche es su máxima creativa. Tom encontró en el sintetizador el más grande artilugio para liberarse y componer, y en Love Remains, su álbum debut, están sus branquias y vísceras plasmadas por igual: casero pero enorme, gaseoso y estimulante, con texturas abstractas, distorsiones y letras indescifrables, balbuceos erógenos casi. Su voz en falsete y las pistas sugestivas que les dan vida a canciones como Suicide dream 1 y Suicide dream 2 –que en video pesan otras mil toneladas gracias al trabajo magnífico del francés Jamie Harley– definen a este filósofo como un tipo de acepciones sexuales inquietantes, tan libre como esclavo de la contemporaneidad. Afortunados los asistentes al Sónar 2011.

myspace.com/howtodresswellmusic