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Nadia Orozco M.

Por
Redacción Shock
Padrino y ahijado, Dr. Dre y Snoop Dogg (ahora Snoop Lion), se tomaban la tarima del Coachella para cerrar el festival. Ante la falta de un bolsillo abundante, me puse mi mejor sudadera para ver el concierto vía YouTube: clásicos como Nothing But a G Thang y la presencia de Eminem, 50 Cent y Kendrick Lammar, hacían de este, un concierto entretenido pero no inolvidable. A pocos minutos de terminarse, el escenario se oscureció para darle paso al último invitado de la noche: Tupac Shakur, una de las figuras más legendarias de la historia del rap y el símbolo de una guerra macabra (fue asesinado en 1996), que le dio un vuelco petrificante al concierto. La digestión visual tardó varios minutos, mientras entendía que se trataba de un holograma y aunque ese golpe tecnológico Gorrillaz lo había dado en el 2005, el carácter de resurrección le dio un voltaje extra al asunto. Por unos minutos había vuelto a la vida un grande, empuñando el micrófono como en sus mejores años y cantando una de esas canciones clásicas e inolvidables: Hail Mary. Una ilusión visual que marcó un momento definitivo en la historia de los shows y que abrió la puerta para cambiar la experiencia de los conciertos para siempre. Para mí, un choque futurista que hasta el día de hoy no termino de procesar.  

Para muchos, las líricas que emergen de los beats potentes de la Crack Family resultan ser demasiado incisivas y oscuras, pero ellos a la final son los cronistas francos de la realidad que han vivido. ¿Por qué habrían de maquillarla? Además del mérito de haber logrado una gran evolución, este parche liderado por Cejaz Negraz y Manny ($$$),  no solo se ha convertido en la voz de pequeños barrios, sino que cada vez se filtran en oídos diversos, han transformado su música en una filosofía, y a punta de autogestión se han dedicado a emprender su propia industria con un sello discográfico y hasta una marca de ropa. Analiziztema, el video dirigido por Los Bones, una productora bogotana que va en subida, y que estuvo nominado a Mejor video In Vitro Visual en los Premios Shock, no solo es una producción que desborda calidad (con una fotografía pulcra y un concepto claro), sino que es, en esencia, la conceptualización del triunfo de este parche. En el video, esa manada uniformada camina segura por las esquinas de una Bogotá gris, como si hubieran ganado una batalla, y sí lo han hecho, han sobresalido y han coronado su propia revolución a punta de rap. Un trabajo audiovisual que es el producto de la alianza de dos crews apasionados y que seguramente quedará en el libro gordo de la historia del hip hop criollo.

Indigestada de bala, sangre y chistes flojos había decidido capar cine colombiano por algún tiempo; sin embargo, La Sirga, el filme del director caleño William Vega, logró salvar la patria. La historia de Alicia, una joven campesina que queda huérfana tras la quema de su pueblo, me obligó a escudriñar en los elementos menos obvios, en los sonidos de fondo, las miradas profundas y los largos silencios para entender que toda la historia es en sí un retrato del conflicto y la violencia que hoy y siempre ha condenado las zonas rurales de este país. Un filme que es pura ironía, en el que la tragedia insinuada se desenvuelve en un paisaje prodigioso y se sonoriza con canciones de don Fidencio Tulcán y su clavel rojo que solo incitan al goce. 

En una de esas exploraciones virtuales, el año pasado di con un video de bajo presupuesto que me taladró el cerebro: Guillotine. Un hombre grande con los ojos blanqueados rapeaba en un carro como poseído por un espíritu malandro. El grupo era Death Grips, un trío satánico proveniente de Sacramento California conformado por el vocalista Mc Ride y dos productores: Zach Hill y Andy Morin. Meses después, me senté a escuchar uno a uno los trece tracks de su álbum debut The Money Store, y no me defraudó. El disco logró su cometido, sumirme en un trance extraño, en un viaje denso y pesado por un rap vandálico y experimental (dejando botados a Tyler The Creator y su colectivo Odd Future, a A$AP ROCKY y al mismísimo Kendrick Lamar en la carrera por el premio  al rapero más oscuro de la Web). Un experimento sonoro que es pogeable, bailable y hasta catártico. Es verdad,  hay pocas posibilidades de salir cuerdo después de escuchar este trabajo sombrío de un solo totazo, pero una dosis generosa de crudeza nunca cae mal. 

En mi caso, ver o escuchar a una Mc mujer tiene un componente extra de goce, tal vez sea por ese sudor de la lucha femenina para abrirse camino en un género de machos briosos, pues pocas son las valientes. De ahí ese gusto especial por la rapera, mitad chilena mitad francesa, Anita Tijoux, una guerrera que desde pequeña ha sentido la guerra de cerca (sus padres chilenos tuvieron que salir de su país natal para refugiarse en Francia después del golpe contra el presidente Salvador Allende). Verla a principio de este año en el Festival Centro, fue ser testigo de la fuerza de una matrona capaz de empuñar un micrófono con obstinación y gallardía, haciéndole justicia a cada sílaba que sale de su garganta. Parada en una tarima un poco fría, ante un público sentado y pudoroso, la Tijoux sacó esa ferocidad que lleva hincada en sus entrañas para cantar con más fuerza, tanto sus clásicos, como las nuevas canciones de un álbum contestatario y certero: La bala. Al final del concierto me pasó aquello que es el resultado de un sentimiento de profunda admiración, querer estar en sus tenis. Respeto.