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Natalia Bedoya protagoniza 'Martini Blues Cabaret’

Por
Redacción Shock

Si Natalia Bedoya pudiera ser un instrumento distinto a la voz, sería una trompeta rota. Sería algo así como la acompañante fiel y diligente de Miles Davis, Dizzy Gillespie o Chet Baker, pero después de una intensa jornada en la que más que dedicarse a transmitir emociones, tuvieron la excusa ideal para compartir excesos. Esas variables, lejanas a cualquier sensatez y equilibrio, serían las responsables de ocasionar sus daños irreparables, pero al mismo tiempo podrían ser el origen de su sonido inimitable.

Natalia Bedoya y la trompeta rota, además de transformar el aire en armonía, tiene en común el hecho de pertenecer a un estilo urbano poco suscrito a los parámetros y muy sintonizado con el sonido de la calle. Ambas aprendieron haciendo y son el resultado de la combinación entre el ensayo y el error. En sus fisuras estaría su sello y sobre todo la experiencia para hacerse a un lado en cualquier momento o la valentía para arriesgarse a asumir lo que venga.

Y han venido crisis, tusas, decepciones y conflictos. De cada uno de sus pantanos, Natalia Bedoya ha logrado reponerse. El más reciente la mandó 34 días para España, la hizo renegar de sus habilidades y pensó, una vez más, en ir al punto de partida. Sin embargo, ese mismo hecho la puso de frente con el jazz, la envió de regreso a Colombia sin contemplar que aquí ya no tenía nada. Todo lo había vendido o regalado y sus datos de contacto estaban refundidos entre agendas, documentos de su época de pop star y algunas pintas de su alter ego en Emma Project.

Llegó al país con una idea, la voz de Ella Fitzgerald dándole vueltas en la cabeza y el teléfono de un pianista, quien apoyó la creación del proyecto Martini Blues, un homenaje al jazz en su formato más tradicional y cercano a la experiencia de una big band. “Yo he hecho algunas novelas, he participado en musicales, pero en esencia lo que yo soy es cantante. El oficio de cantar con o sin éxito, con o sin público, es lo que mejor he asumido en los últimos años. Esa ha sido mi misión y la he asumido ahora más que antes con el Martini Blues”, dice Natalia Bedoya para quien la televisión no resulta ser una opción tan seductora como antes. “Yo no quiero contarle a la gente otra historia de narcotráfico y prepagos”, afirma.

Hoy ella quiere otro tipo de relatos. Desgarradores por su interpretación y no por su carga social, emocionantes por los acompañamientos instrumentales y no por el número de disparos. Generosos en voces y escasos en violencia. Esas historias las tiene el jazz y aunque no son de su propiedad, sí son las que en la actualidad reflejan mejor su estado de ánimo. “Yo sé que es jazz cuando el corrientazo atraviesa todo mi cuerpo, porque este género me conecta con lo más genuino de mi sonido”, comenta Natalia Bedoya, quien recibió de su abuela, en Caldas, el primer comentario de aprobación artística cuando dijo ‘la niña es afinada’ al escucharla entonar la frase ‘yo canto para que me dejen vivir’, de la canción Que canten los niños, de José Luis Perales. En ese entonces tenía seis años y todavía no sabía muy bien a qué se iba a dedicar en la vida, hasta que vio a un guitarrista de Riosucio que fue a ofrecerles un recital en el colegio.

Desde entonces con la música ha tenido episodios de amor y odio muy directos. Para ella es una bendición, pero también una esclavitud. Por eso se ha llegado a preguntar mil veces: ¿cómo se hace con un amor tan grande? Y, tal vez, la única respuesta es abandonarse a él y dejar que crezca, evolucione y sea.

“Desde que estoy cantando jazz me siento más mujer. Antes usaba muchos jeans y chaquetas de cuero. Ahora, por ejemplo, soy una chica a la que le gustan los vestidos y eso tiene que ver con el estilo al que estoy suscrita, casi adicta hoy”, dice Natalia Bedoya, para quien el jazz es infinito. Con él se puede hacer lo que quiera el artista y ofrece posibilidad para desarrollar las calidades de la improvisación. Martini Blues Cabaret es un proyecto que no tiene la intención de ser comercializado para la radio, porque no es música inédita, ni de realización propia. Lo rescatable es que en esta época en la que nadie compra música, le apuesta al consumo del arte en vivo.

En este montaje también participan Tino Fernández (dirección y coreografía), Juliana Reyes (dramaturgia) y Moisés Herrera (dirección musical). La interpretación musical corre por cuenta de Willie Maestre (piano), Pedro Acosta y Germán Sandoval (batería), Lucho Guevara y Mario Baracaldo (contrabajo) y Orlando Barreda ‘Batanga’ (trompeta), mientras que en el desarrollo escénico están Fernando Rojas, Patricia Polanco, Carolina Ramírez, y el bailarín Monkey.

“Con Martini Blues Cabaret muestro que estoy en un momento para complacer pero también para ser complacida. Las estrellas cuando ya se vuelven muy famosas se meten como en una cárcel. Yo viví ese afán de la gente con Pop Stars. La fama y el éxito ya no justifican para mí este oficio”, comenta la cantante, cuya propuesta la puede enviar directo al anonimato pero por ahora quiere experiencias significativas que la cuestionen y que muestren su verdadero carácter.

Del jazz le gusta todo. Le apasiona el reto de asumir el skat como forma de comunicación más allá de ser una fórmula para exhibir el talento. También le atrae su transversalidad en la historia contemporánea y, sobre todo, ese sonido urbano, callejero y hasta sucio que puede producir ella o en su defecto una trompeta rota.

Información importante

Martini Blues Cabaret. En temporada sólo para mayores de edad a partir del 28 de julio con funciones de miércoles a viernes 9:30 p.m. y sábado 6:00 p.m. y 9:00 p.m. en Casa Ensamble, carrera 24 Nº 41-69. Información y Reservas: 368 9268.