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Nicolás Vallejo-Cano

Por
Redacción Shock
El 2012 arrancó con uno de los proyectos más ambiciosos de la música colombiana reciente. Meses atrás, en medio de una comida, Quantic (el inglés que un par de años antes habíamos descubierto en Cali) y el patrón de la cumbia local, Mario Galeano, me comentaron lo que tramaban: formar una banda. Y no una banda cualquiera, sino un all star team de músicos de la vieja y la nueva escuela de la música tropical colombiana. Sin pensarlo dos veces y en nombre de Shock, me uní a la conspiración. En enero estuve en el mítico estudio de Discos Fuentes presenciando cómo se cocinaba el caldo. Y allí, en medio de nombres como Michi Sarmiento y Eblis Álvarez, y entre el rumor de las cintas rodando y el particular vaho de la música caliente grabada en vivo, tuve una epifanía: algo grande estaba pasando. A lo largo del año, con Shock hicimos más de diez entregas sobre el proyecto, un minisite, regalamos un mixtape y para cerrar con broche de oro: los subimos a la tarima de nuestros premios. Y la razón es sencilla: Ondatrópica no es un proyecto cualquiera. Es una celebración de una bandera sonora que, en gran medida, celebra una tradición viva y robusta que trasciende limitaciones, fronteras y generaciones: la de la música hecha en este gran trópico. 


En el 2012, todo el mundo estaba hablando del nuevo niño prodigio de la música electrónica. Un gringo chileno que, sin payolas, se había colado en los oídos más exquisitos con un sonido profundo, misterioso e inesperado. Ya acostumbrados a los conciertos de primer nivel en Colombia, Jaar estuvo por aquí el pasado diciembre y, por fortuna, tuve la oportunidad de entrevistarlo. Fue una conversación reveladora que en su momento publicamos. Quedamos en contacto por correo, prometió enviarme un trabajo que estaba próximo a lanzar y, que en efecto, llegó por correo algunos meses después, justo para el día de mi cumpleaños. No era un disco cualquiera. Era una caja gris, inerte, con cuatro botones y dos orificios para auriculares que solo podía activarse para escuchar en pareja. Esa medianoche de abril timbraron a mi casa. Era ella, la mujer que aún amaba a pesar de que compartíamos un amor insalvable. Sin embargo, juntos y a oscuras, intentamos darle vida a ese objeto muerto esa madrugada. Y aunque fue la primera y última vez que escuché el álbum, bastó para darle la razón a Jaar, días después, cuando me respondió por qué había diseñado un producto como ese: “porque el amor son dos personas”.

No recuerdo bien el argumento, si es que lo hay. Recuerdo solo la sensación: el vértigo frente al misterio fundamental. Esta película, que por demás cuenta con las “actuaciones estelares” de Sean Pean, Brad Pitt y Jessica Chastain, habla de nuestro viaje por el cosmos y se pregunta, en últimas, sobre su sentido. A medio camino entre el drama y el cine experimental, la cinta maestra de Terrence Malick es un collage profundamente existencial y poético que divaga en torno a motivos poderosos como el origen de la vida, la naturaleza del amor, la muerte, Dios y, sin llegar a verdades absolutas, logra colarse en la garganta para dejarnos solos y maravillados frente a la inmensidad del Universo. Esa misma que en ocasiones también puede ser un abismo. Desde que Artax sucumbió en el Pantano de la Tristeza, una peli no me había hecho llorar tanto. 

Esta no es una banda cualquiera: es una confluencia de siete planetas diferentes en un sistema de sonido poderoso que busca invitarnos a la comunión a través del baile. Es una banda chamánica. Hace un tiempo, sus integrantes tenían un problema: ¿cómo llevar la energía y el carácter del sonido en vivo del grupo a un concepto de grabación de estudio? La solución a la que llegaron fue genial: meter un picó a su estudio de Taganga y usarlo como parlante. El Systema inició el experimento con una champeta contundente llamada El botón del pantalón, una canción grabada en bloque y en caliente al estilo verbenáutiko (el video  de esto está en YouTube), contradiciendo aquello de que las bandas electrónicas condenan a los productores a la robótica. El tema, que lanzamos para descarga libre en junio, es el primer sencillo de un álbum que, programado para el 2013, sigue la línea ascendente de una banda que este año chuleó los principales festivales de América Latina.

A pesar de haber estado rodeada de escándalos, la edición 2012 de Rock Al Parque rodó, como dicen, “sin pena ni gloria”. Vimos cómo la llama mística de un Saul Williams o la descarga de un Dillinger Escape Plan contrastaban con un Charly García zombie. Descubrimos la fuerza de la escena hardcore local, algunas nuevas bandas de metal interesantes y la jubilación de algunos clásicos, pero también tuvimos la oportunidad de ver cómo emerge la nueva sangre sonora que, afortunadamente, comienza a negar levemente una pregunta que hace algunos años se hace evidente en la escena local: ¿está muerto el rock en Colombia? En lo personal, tuve la oportunidad de confirmar que una de nuestras apuestas Shock para el 2012 no había sido en vano. Luego de presentarse en Estéreo Picnic y antes de romperla en el concierto Radiónica, un quinteto nuclear se subió a reclamar su territorio como una de las nuevas promesas del rock nacional. Siempre al borde del fin del mundo y empuñando himnos venenosos y nocheros como Chatarra y Salto Mortal, Resina Lalá dio un recital tan vertiginoso que le sacó chispas al tercer escenario del Simón Bolivar y que les ganó un tiquete directo al Lollapalooza de Chile el próximo año como la única representante colombiana.