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Premios Shock 2009: así se vivió una noche dedicada a la música

Por
Redacción Shock

Por: Sandro Romero Rey 

No siempre todo lo que empieza mal termina mal, aunque a veces uno tiene serias dudas al respecto. El asunto es que me invitaron a la ceremonia de los Premios Shock y la cosa me la pintaron tan fácil, que yo comencé a sospechar que había un complot detrás de tanta dicha. “Tendrás una manilla fosforescente para que te puedas pasear por todos lados”, me dijo una voz detrás de la línea telefónica. Una voz a la que, a pesar de mis destrezas y mis esfuerzos, no le había podido descubrir la cara nunca. Así son los tiempos modernos. ¿Una manilla fosforescente? ¿Para caminar por todos lados? Yo no quería caminar.

Yo quería sentarme, relajarme y contemplar la fiesta. Pero, poco a poco, me fui dando cuenta de que la advertencia era una manera elegante de decirme que tenía que ponerme a trabajar. Digo que el asunto comenzó mal porque tenía los minutos contados. Esa misma tarde tuve el estreno de mi obra de teatro titulada requiem/ruinas, anécdota que no tendría mucha relación con este escrito si no fuese porque requiem/ruinas se me atravesaba en el camino para llegar al santuario de los Premios. Terminé levitando de mi ceremonia sagrada y salí sin aliento a la ceremonia profana. En el camino recogí a un sabio guía en asuntos de la farándula, mi amigo cartagenero Roni Zabaleta, quien sabe del universo de las fosforescencias mediáticas tanto comoyo. Es decir, casi nada. Pero llora con las lentejuelas.

“¿Para qué te invitaron a ti?”, me preguntaba Roni por el camino, mientras atravesábamos la ciudad de sur a norte, a cien kilómetros por hora, a las siete y treinta de la noche. “Porque quieren un escritor dando vueltas por ahí”, le respondí despectivo. “Por eso es que te dan tantos dolores de cabeza”, me dijo Roni, regañándome, como si fuera mi mamá. No le paré muchas bolas porque, en el fondo, tenía toda la razón y no quería ponerme, a estas alturas del partido, a pelear con mi conciencia.

Al llegar al Palacio de los Deportes (palacio, ceremonia, qué cantidad de pompa para una celebración: tú no te quejes, tú vienes de unas pompas fúnebres, me diría Roni, emulando a Pepe Grillo). Decía: al llegar al Palacio de los Deportes continuó la carrera de obstáculos. Una constelación de elegantes porteros de traje y corbata negras no nos dejaron pasar. Orgulloso, mostré mi manilla de amarillo fosforescente. “Ya es muy tarde”, me dijeron. Odio a los porteros cuando creen que son los centrodelanteros. “¡Pero si yo soy escritor!”, les alegué. “¡Vine a escribir sobre los premios!”. “Pues escriba en su casa, porque aquí adentro no hay computadores”, me respondió el amable recepcionista. Y claro. Siempre la constancia vence lo que la dicha no alcanza. Minutos después estábamos en el útero inmarcesible de los Premios Shock. Nada vence la eficacia de una manilla fosforescente. “Justo a tiempo”, me gritó Roni al oído. Mauricio & Palo de Agua cantaba uno de sus himnos que el público coreaba.  

¿Cuántas pantallas de video nos rodeaban? ¿Diez? ¿Quince? ¿Veinte? No podría asegurarlo. El hecho es que me encantó la disposición de las pantallas de video, rompiendo las formas rectangulares.

“Esas son pantallas electrónicas de video Led”, me aclaró Roni. “Y no me preguntes más, porque ya viene Carolina Guerra”. Y desapareció.

Momento justo para estirar el cuello y concentrarme en las piernas sagradas de la presentadora, quien hizo su entrada triunfal con una sonrisa y una confianza, como si estuviese viviendo allí desde siempre.

“Cambia de canal”, me dije. “Cambia de canal, porque este asunto es más complicado de lo que parece”. Y claro, cuando traté de cambiar de canal, una aparición me devolvió a la realidad del mundo. Fantasma de otros tiempos, pasó ante mi vista el escritor Joe Broderick frente a mis narices. Joe debe tener algo más de setenta años y pasó como una sombra contundente frente a mí, acompañado de una chica nada fantasmal. ¿Otro escritor en los Premios Shock?, me dije. ¿Qué es esto? ¿Una celada? No tuve tiempo. La ceremonia se desencadenó cual borrasca.

La grúa de grabación para la televisión giraba sobre nuestras cabezas como el péndulo de Allan Poe. Al centro, atrapados al interior de un triángulo compuesto por dos líneas de la pasarela y la boca del escenario, cientos de fans aullaban y manoteaban: querían llegar al cielo levitando. Entre el público fueron apareciendo las sombras de viejos amigos disfrazados para la ocasión y yo comencé a sentirme a gusto, comencé a olvidarme de los porteros y a enamorarme de las fosforescencias.

Roni regresó pronto, bailoteando sobre sí mismo, mientras yo trataba de entender los nuevos términos, la tettomanía, por ejemplo, asuntos profundísimos que mi cerebro calcinado por los réquiems no alcanzaba a comprender. Pero la música borra todas las fronteras y un medley de salsa en el escenario, donde alternaron temas de Joe Arroyo con las nuevas vanguardias, me devolvieron la calma.

De pronto Roni gritó como las fanáticas de los Beatles de los sesenta, cuando anunciaron a Dragón y Caballero. No quise saber las razones, pero entendí que uno de ellos había sido su cómplice de otras batallas en Cartagena.

No sé si el Dragón o el Caballero. Acto seguido, subió al escenario un grupo de actores disfrazados de los personajes de Rafael Pombo a recibir uno de los premios por el álbum Pombo musical. “Ay, los teatreros”, pensé. “Hasta en los Premios Shock me persiguen”.

Pero los tiempos están cambiando. Ya nada se parece a nada, por fortuna. Y entendí que, de aquí en adelante, no podía sorprenderme, porque todo sería sorpresas. El grupo The Mills, para no ir más lejos, recibió un reconocimiento por las 30.000 descargas de su nuevo álbum en la red. Cielos, me dije. Pronto viviremos en la red y no en la vida. En la vida, por lo pronto, pasaron por el escenario y se atravesaron por mi camino viejos amigos, el Negro bajista de Malalma, tan parecido a Bo Diddley, los músicos de Diva Gash, Gonzalo de Sagarmínaga, baterista de De Lux Club, la princesa Jenny Cifuentes, los nuevos infantes de Radiónica, en fin.

Cuando menos lo pensé, subió al escenario un coctel compuesto por el líder de La Pestilencia, de Don Tetto, de ElSin Sentido, la nueva cofradía galante del rock nacional. La voz de The Mills, que canta en español como si cantase en inglés, alternó con el resto de los mortales y, entre todos, se inventaron un sonido que atravesó con honores la carne viva.

Por fin yo estaba instalado. Minutos despuéssubieron al micrófono Santiago Moure, con bozal antigripal y el célebre Cerdo de su programa de televisión. Disculpó a Martín de Francisco, “quien debería ir a transmitir el partido Envigado–Deportivo Pasto”, según sus palabras. Más adelante, el rock de provincia me entusiasmó más de lo previsto. Bambarabanda, direct from Pasto, Nariño, que ya conocía por Rock Al Parque, rompió el hielo y, pronto, se le sumaron los efectivos miembros de Velandia y La Tigra, Frank Zappa escapado de Bucaramanga.

“Parece como si a los Carrangueros de Ráquira les hubieran dado burundanga”

“Parece como si a los Carrangueros de Ráquira les hubieran dado burundanga”, me dijo Roni, testigo de la nueva tendencia rock & ruana de la escena local. Y seguimos. ¿Cuántas veces se cambió de ropa la divina Carolina Guerra? Nadie lo sabe. Ni ella misma. El hecho es que el tiempo pasó como un relámpago y siguieron las sorpresas, hubo un tributo a Michael Jackson, presentado por el fanático mayor del mártir

Un tributo al que subieron al escenario Chocquibtown y Systema Solar y Bomba Estéreo, los cuales pronto se olvidaron de MJ, todo para dar impulso al aliento final, al premio a mis paisanos de Superlitio, a Fanny Lu, la nueva diosa de los micrófonos (¡otra caleña!), a más aplausos y más intermitencias, hasta que un hombrecillo gordo disfrazado de ángel anunció el show final, al triunfador de todo el asunto, al espigado Andrés Cepeda, quien, acompañado nada más ni nada menos que de Nito Mestre (Sui Generis no está tan lejos como parece) se encargó de cerrar el asunto como todo el mundo deseaba.

Un final nostálgico, con sus viejos amigos de Poligamia, invitó al público a ponerse de pie y a entender que la noche, en algún momento, debería terminar.

Coda: aprovechando mi manilla fosforescente me fui para la fiesta final en el Theatron. Una fila eterna para entrar. Caminando de prisa, Joe Broderick trataba, como yo, de saltarse la cola. Lo mismo intentaba el cantante de Malalma. Y mil más. Mientras hacía la fila leía los nombres de los moteles vecinos:

Nathaly, Park Way 58 Street… De un carro alado se bajó Nito Mestre. Con él, una mujer que daba órdenes. Le reconocí la voz. Era la voz del teléfono. Traté de acercármele y decirle hola, soy yo, el del otro lado de la línea. Pero pronto entendí que a los escritores nos contratan para escribir y no para estar buscando lo que no se nos ha perdido. Entonces, me dejé tragar por la muchedumbre.

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