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Son Callejero se abre paso entre las ollas

Por
Redacción Shock

Para los ensayos se juntan dos veces a la semana en uno de los hogares de paso para habitantes de la calle de la Secretaría Distrital de Integración Social en Puente Aranda, pulmón industrial de Bogotá, y entre la gente que los ve ensayar hay de todo, desde sobrevivientes de la época del “Tucho” (no la gloria del fútbol Humberto Ortiz sino El Cartucho, la emblemática olla y sopladero que entre 1999 y 2005 se convirtió en un mal viaje de concreto llamado Parque Tercer Milenio), hasta los que buscan rehacer su vida luego de vivir en la indigencia durante los años recientes (Bogotá ya va por la tercera o cuarta generación del habitante de calle… y contando).

Son Callejero nació hace en Oasis o Vía Libre, otro hogar de paso en Puente Aranda donde los habitantes de la calle pueden pasar sus noches y sus días, tener tres comidas dignas, ponerse un overol limpio y deshabituarse de la indigencia, y su forma y fondo recaen sobre las andadas de cuatro de sus doce músicos, todos bordeando los 50 años: el percusionista chocoano Antonio Ortiz, el bajista y arreglista barranquillero Roberto Echeverría, el trompetista caleño José Ochoa y el arquitecto samario Alberto López de Mesa, que aunque no toca, escribe canciones. Con el apoyo de la Secretaría y el subcomponente Acciones Culturales en Calle (gestora del proyecto), Son Callejero debutó en “El Cartuchito”, una calle en deterioro y cruce de ollas cercana a Corabastos, donde al paso de su tumbao, un sonido de fierros cascado por los excesos y la pura calle, muchos ñeros dejaron sus cambuches y alzaron la mano, como recuerda López de Mesa. “Hasta el que estaba debajo de un cartón dijo ‘Yo quiero pertenecer a la orquesta’”.

Entre Ortiz, Echeverría y Ochoa (que también toca en el mariachi La Pandilla del Oeste) hay un completo playlist de anécdotas, orquestas, figuras y discos de los años 70 y 80, cuando la música tropical era el género dancístico por excelencia en Colombia. Ellos pasaron por grupos como Son Latino, Grupo Niche, Joe Madrid, Grupo Raíces, Los Nada Que Ver o Washington y Sus Latinos (la primera orquesta bogotana de salsa en pegar un éxito, El rey del Guaguancó, hace treinta años). Se codearon con Fruko, Wilson Saoko y Joe Arroyo en discotecas que en aquel entonces ofrecían la rumba más brava, y estuvieron en la grabación de algunos de los best-sellers de la música para echar paso, como Sobre las olas, un tema interpretado por Joseíto Martínez con arreglos de Roberto Echeverría, a quien la “chisga” le alcanzó además para tocar con peces gordos de la salsa como Alfredo de la Fe y Larry Harlow.

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Son Callejero son: Antonio Ortiz: Percusión, congas, bongoes, timbales. Roberto Echeverria: Bajista, arreglista y compositor. José Ochoa: Trompetista. Mauricio Ramírez Ramírez: Maracas. Julio César Bernal: Claves y maracas. Oswaldo Arias De la Rosa: Campana. Rafael Mora: Guitarra. Alberto López De Mesa: Letras. Profesor Dairo Cabrera: Percusión. Carlos Elías Pérez Cuesta: Voces. Gloria Rojas Álvarez: Voces. Wilson Escobar: Voces.

Cuatro soneros de la ‘lleca’

Alberto López de Mesa, letrista. Hizo la letra del que se perfila como el primer sencillo de Son Callejero, Callejero soy, y antes de pasar cinco años entre las ollas escribió obras para títeres y empolló a los pingüinos de Bon Ice (diseñó a los risueños muñecos de los comerciales).

José Ochoa, trompetista.Lleva 35 años tocando en la calle, aunque “en la calle nunca he estado”. Hijo del también trompetista Miguel Ochoa, de quien recuerda estuvo en la orquesta de Pantaleón Pérez Prado. “Por eso traigo la música en la sangre”, dice. “Quizás lo que tengo es mala circulación”.

Roberto Echeverría, bajista y arreglista. De la Arenosa, pasó cinco años en la calle. Siendo un niño de ocho comenzó a estudiar guitarra clásica y a los 14 se fue de la casa. Su escuela fue la old school de la música tropical colombiana, cuando se grababa en bloque y en un solo micrófono.

Antonio Ortiz, percusionista. Hijo de la noche y no de la calle, según dice. Oriundo del Pacífico, llegó a Bogotá en el 83 y tocó los cueros en grandes orquestas del momento como Washington y Sus Latinos. La salsa que todos deben bailar antes de morir, para Antonio, es La banda de Héctor Lavoe.