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Trent Reznor lo ha hecho de nuevo

Por
Redacción Shock

La Red Social no es una película sobre Facebook. Es una cinta acerca de la soledad. Lo que director (David Fincher) y guionista (Aaron Sorkin) quisieron dibujar fue el alma humana reducida a código binario, el retrato de un hombre que, desprovisto de emociones esenciales –compasión, calidez, fraternidad–, intenta, a como dé lugar, ser aceptado en una frívola “red social” que nada tiene que ver con eso que entendemos por “humanidad”.

Aparte de una finísima paradoja, pues la radiografía de Zuckerberg es también una visión oscura del hombre contemporáneo (y de ahí que la sombría fotografía de la película no venga en vano), por lo mismo, es una película acerca de una humanidad que, hoy, se busca allí donde no está.

Nadie mejor que Reznor para retratar esos sentimientos e inquietudes. Nadie mejor que él, que ha sufrido en carne propia la pregunta fundamental. Dicen que toda sociedad se sufre a través de sus poetas. Y él, como Rimbaud, como Curtis, como Cash, es la confirmación de aquel cliché. El cliché de la caída. El cliché del artista que, como el Dante, desciende al infierno y regresa con un terrible testimonio de lo que allí presenció. Eso ante lo cual hemos decidido taparnos los ojos o, peor aún, arrancárnoslos. Eso que duele ver. Eso que tanto nos duele aceptar.

Desde 1989, cuando su proyecto Nine Inch Nails, del que es fundador, cabeza y único miembro, vio la luz con Pretty Hate Machine (un disco debut contundente grabado de noche en el estudio donde era aseador), Reznor, un outsider que de niño había sido un pianista solitario y prodigio, se convirtió en el principal referente de la música industrial en el mundo, siendo su segundo trabajo, The Downward Spiral (un disco conceptual sobre la decadencia moral del ser humano), una obra maestra con la que alcanzó públicos hasta entonces insospechados para el género, gracias al sencillo Closer (y más a su coro ‘I wanna fuck you like an animal’).

De ahí en adelante adquirió proporciones mitológicas, siendo reconocido por los espectaculares y caóticos shows de su banda (como el de Woodstock 94, en el que, cubierta por completo de lodo, rompió literalmente el escenario), sus particulares amistades (fue Reznor quien dio el primer empujón a la carrera de Marilyn Manson), su oscura naturaleza (The Downward Spiral fue grabado en la casa donde la Familia Manson asesinó a la actriz Sharon Tate y a cuatro de sus amigos), sus fantasmas (depresiones, adicciones y tendencias suicidas le hicieron merecedor del mote Mr. Self Destruct: “El Señor Autodestrucción”), pero, sobre todo, por sus geniales lanzamientos o “halos”: más que simples discos o videos, verdaderos objetos de culto en los que se miraba al espejo, liberado de máscaras, para ahondar en una imagen que, ciertamente, no le agradaba tanto. Un proceso desgarrador del que emanaba su imaginario musical. Y un soundtrack perfecto para nuestra soledad como ángeles caídos. Es decir, como seres humanos.

Pero entonces Reznor decidió refutar aquel cliché al que parecía estar sentenciado, negarse a la caída. Resistir. Para la década del 2000, emergió de sus propias cenizas con bríos renovados, afrontando la vida en sobriedad y asumiendo, desde entonces y de manera incansable, el papel de soldado contracultural, combatiendo de frente y desde su trinchera aquellas fuerzas históricas que condenan al hombre a negarse (el capitalismo salvaje, la represión de los Estados, el fundamentalismo religioso), motivos claros en su distopía musical Year Zero (2007). Profundo estudioso de la crisis de la industria discográfica, luego de renunciar a su disquera, Reznor se convirtió en uno de los líderes de la independiente mundial, explorando desde entonces, y más que ningún otro músico, caminos en los que el artista podía seguir siendo sin sacrificar, jamás, la integridad de su arte.

Pionero de nuevos modelos de negocio centrados en innovadoras formas de comercializar el disco (fue él quien se inventó la idea del “pague lo que quiera”, camino que luego exploraría Radiohead, o la del “disco a su medida”, el lanzamiento de distintas versiones de un mismo trabajo discográfico, desde las ediciones de lujo hasta las más baratas); revolucionarias estrategias digitales (Nine Inch Nails, por ejemplo, tiene la aplicación más completa para el iPhone, y su web es una red social); poderosas experiencias en vivo (sus últimas dos giras con Nine Inch Nails, ambas sold out, han sido únicas en materia de puesta en escena); premios a la fidelidad de sus fans (suele regalar discos y canciones, y con cada lanzamiento suele liberar, gratis, las pistas de sus canciones para que la gente pueda remezclarlas), y en general acciones consecuentes con el estado actual de la industria musical, Reznor ha sido nombrado “una de las personas más influyentes del mundo” por la revista Time, y “el artista más vital de la música” por la Spin.

Luego de 27 halos y de incontables reconocimientos y conciertos, en el año 2008 Reznor decidió poner en pausa a Nine Inch Nails para concentrarse en su familia (recientemente contrajo matrimonio con la ex frontgirl del grupo West Indian Girl, Mariqueen Mandig) y en su nuevo proyecto How To Destroy Angels (en el que une sus talentos con los de su pareja y los de su fiel programador Atticus Ross); sin embargo, el año pasado recibió una llamada que no solo lo sacaría de su respiro sabático, sino que dispararía su carrera hacia una dirección insospechada. Era David Fincher, director de filmes como Se7en y El Club de la Pelea, quien le tenía una propuesta: estaba haciendo una película sobre el nacimiento de Facebook y quería que él hiciera la banda sonora.

Y aunque Reznor inicialmente rechazó la oferta, luego lo pensó bien y decidió devolverle la llamada. ¡Quién lo iba a pensar! Ahora compone sound-tracks para cine.

¿Cuál es su relación con la música hecha para cine?

En el pasado ya he trabajado en algunos proyectos cinematográficos, como lo hice con Oliver Stone para Asesinos por naturaleza, pero sólo en el contexto de hacer canciones que se incluirán como parte de una banda sonora o para añadirles música a las escenas. Siempre tuve la intriga de cómo sería musicalizar una película, que es diferente. Esta oportunidad llegó en un momento perfecto para mi carrera. Yo conozco a David (Fincher) desde hace algunos años, y aunque hemos trabajado en algunos proyectos, esta vez él sintió que mi música podía agregarle algo nuevo a su trabajo. Yo pensé ‘¿por qué no? Va a ser un desafío interesante para mí’. Y lo fue.

¿Cómo se eligió el tono de la banda sonora de La Red Social?

Primero, nos reunimos con David para ver algunas escenas que ya tenía grabadas y mostrarnos el tono general de la película. Él nos dijo que no tenía intención de musicalizar el filme con orquestación, como suele hacerse, sino que deseaba algo más sintético. Como referencias nos dio el trabajo de películas como Blade Runner y música de grupos como Tangerine Dream. Nos dijo que quería que la música se sintiera como un personaje más de la historia, que fuera un eje sentimental. Así que nos encerramos en un estudio con Atticus, con quien he trabajado los últimos 10 años en varios proyectos (desde Nine Inch Nails hasta la banda que formamos junto con él y mi esposa, How To Destroy Angels), y estuvimos recogiendo ideas durante casi tres semanas, pensando en cómo canalizar sonidos que se apegaran a unos personajes que prácticamente se la pasan debatiendo en salas de conferencia… queríamos lograr manipular la emoción del espectador en ese viaje, sin ser apabullantes. Así, decidimos tomar como base el sonido del piano acústico como pieza central de la obra, para luego irlo adornando poco a poco con sonidos fríos electrónicos, y algo de sintetizador. Esta yuxtaposición fue como tierra fértil para nosotros, porque David respondió muy bien a la propuesta y pudimos entablar un diálogo de colaboración creativa.
 
Lleva mucho tiempo trabajando con Atticus Ross, quien durante casi 10 años ha sido su programador y ahora es con quien compone esta dupla creativa. ¿Cómo llegaron a hacerse tan amigos profesionalmente?

En algún punto yo tuve mi propio sello disquero bajo la supervisión de Interscope, por lo que podía firmar algunas bandas que me parecían interesantes. Una de esas bandas era la que Atticus tenía con su esposa, 12 Rounds.

Alguna vez que él trabajó en mi estudio pude ver su conocimiento en programación, y así comenzamos a hacer cosas para Nine Inch Nails. Uno puede encontrarse con personas que tienen ciertos conocimientos, pero es muy difícil encontrar gente con un gusto y estilo específicos. Y ese fue el caso con Atticus. Con él desarrollamos una afinidad y un estilo de trabajo en el que si nos ves en el estudio, yo frente a los teclados y él frente al computador, puedes darte cuenta del tipo de diálogo que sostenemos. Y nos ha funcionado muy bien. Él es el lado del cerebro que piensa lógicamente.

¿Qué tan costoso fue poner su mente en modo cinematográfico?

Aunque usualmente solo me gusta trabajar bajo mis propuestas, trabajar en colaboración con y para un director de cine fue un proceso interesante que disfruté mucho. Es como aprender una nueva disciplina, en la que uno tiene que dejar el ego a un lado porque hay que saber recibir los comentarios del equipo.

Respecto al tema del ego, ¿aún prefiere componer basado en sus propias emociones o experiencias de vida?

En este caso, al trabajar con un equipo tan especial como el de esta película me sentí más bien consentido, porque a pesar de que no estuvimos de acuerdo en algunas cosas, siempre hubo esa atmósfera de respeto mutuo. La idea de trabajar en una nueva disciplina musical es muy emocionante para mí. El negocio de la música en su forma tradicional puede estar muy golpeado en el momento por el tema de las descargas ilegales y todo eso, y se ha extendido la idea de que la única forma de hacer dinero como músico es haciendo giras interminablemente, pero así como pasa el tiempo, eso ya no es tan relevante como lo pudo haber sido para mí hace 10 ó 20 años.

Sin embargo, sigue haciendo música “suya”, ahora con How to Destroy Angels…

Lo interesante del caso es que cuando compongo música para una banda asumo que tengo el cien por ciento de la atención de mi público (o al menos es mi objetivo), por lo que todo está centrado en la música; pero al hacer música para cine, ya sabes… no todo está centrado en el sonido.

¿Cuál cree que es la diferencia clave?

Cuando uno compone para cine, debe pensar en la atmósfera de la película teniendo en cuenta que, como espectador, uno no le presta toda la atención a la música (a menos que lo esté haciendo intencionalmente). A mí me pasa que yo no veo películas desde el punto de vista del cineasta, aunque de ahora en adelante siento que eso va a comenzar a cambiar mucho.

Al conocer un poco la historia de Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, su música no deja de expresar cierta compasión por él y hasta cierta comprensión… ¿Qué siente respecto a este personaje?

No conozco al verdadero Mark Zuckerberg, pero comprendo que, en su posición, el acto de crear algo innovador pudo tener un costo alto, no sólo a nivel monetario, sino espiritual. Algo parecido me sucedió cuando mostré mi visión musical con Nine Inch Nails. Eso me hizo perder buenos amigos. Pero mi prioridad era ser el mejor en lo que hacía. Ahora, en retrospectiva, quizá sí hubiera hecho algunas cosas de forma diferente.

La película aborda un tema clave para el mundo contemporáneo: las redes sociales y, en mayor medida, Internet. ¿Cuál es su sentimiento respecto a esto?

Cuando la industria musical está colapsando, y uno como artista vive de vender discos, comienza a tomar una postura sobre el uso de Internet con respecto a la música. En ese sentido, yo siento que la música no tiene por qué ser gratuita, por ejemplo. No creo que porque exista la tecnología que nos la pone al alcance, ésta debe ser gratuita. Pero al mismo tiempo las disqueras no han entendido realmente cómo se está consumiendo la música hoy día. Entonces hay una evolución que no se puede negar. Ahora, en cuanto al uso de las redes sociales, he aprendido con los años sobre la manera en la que la privacidad puede verse distorsionada. Yo estuve hablando con Fincher al respecto y estamos de acuerdo en que en Facebook u otros medios similares suceden cosas absurdas y hasta cierto punto vulgares. ¿A quién le importa saber lo que uno va a almorzar hoy o a qué sitio va a ir? Al menos soy más llevado a conservar lo privado a nivel personal. La poca privacidad que tengo, trato de mantenerla privada.

¿Con qué tipo de películas creció?

Aunque crecí viendo muchas más películas de terror de las que debí ver (creo que por un tiempo realmente me las vi todas), soy un gran seguidor de las películas de ciencia ficción. Sin embargo, cuando veo películas hoy no las disfruto de la misma forma en la que lo hacía antes. Aunque aún las disfruto, no dejo de detenerme en cuestiones musicales, cosas que uno cree que pudo haber hecho mucho mejor. Eso es lo que pasa cuando uno quiere ser el mejor del mundo en lo que hace.

Trent, durante más de 20 años usted ha sido la cabeza de uno de los monstruos musicales más importantes de todos los tiempos: Nine Inch Nails. ¿Cuál es su recuerdo más memorable?

Tal vez Woodstock 94. En ese concierto queríamos exhibir una producción elaborada pero no teníamos el dinero suficiente para hacerlo (a menos, claro, que hubiéramos decidido tocar con calcomanías de Pepsi en la guitarra); aún así, decidimos salir al escenario y dar lo mejor, y creo que ese fue uno de esos momentos en los que los planetas se alinearon de forma brillante para nosotros.

Estuvimos en el lugar que era en el momento que era, y por eso ese siempre será un momento que jamás dejaré de mencionar… solo de recordarlo se me pone la piel de gallina. La energía de esa presentación fue como muy pocas que hemos vivido. Ya con el tiempo la he visto de nuevo y realmente, aunque no estábamos tocando muy bien porque estábamos cubiertos de lodo y literalmente casi todo se estaba cayendo del escenario, fue mágico.