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Vicentico y la revolución del amor

Por
Redacción Shock

Gabriel Julio Fernández Capello, más conocido como Vicentico, solía ser la cabeza de un frente musical revolucionario y combativo que, liderado desde Inglaterra por los chicos de The Clash, hacía estallar conciencias a punta de punk, ska, reggae, dub y demás sonidos de guerra.

Su lucha era una sola: la libertad de Latinoamérica.

En 1993, el argentino de la voz desgarrada resumió su postura y la de su banda (que era más bien una orquesta), Los Fabulosos Cadillacs, con dos himnos que curiosamente aparecieron como temas inéditos en el álbum de grandes éxitos: Vasos Vacíos. Con canciones como Matador y V Centenario, se ponían sobre la mesa temas de los que solo se hablaba en voz baja en el continente, como las desapariciones forzadas, la persecución política o la celebración del mayor genocidio de la historia: el Descubrimiento de América. Con aires de carnaval y una auténtica alegría por la vida, los Cadillacs (que, aunque oficialmente jamás se han separado, desde el 2002 no existen, a pesar de que lo nieguen y de vez en vez graben un disco y hagan un concierto) labraron el terreno para que grupos como Calle 13 –con el que Vicentico cantó a dueto Combo imbécil en el 2008– hicieran el relevo discursivo y desde la música nos recordaran las razones por las que hay que seguir luchando y disparando, como cantaba el mismo Vicentico, “balas de paz, balas de justicia”.

Algo más canoso, un poco más grueso y ya no tan despelucado, el gran Vicentico hoy transita otros caminos. En octubre del año pasado, el padre de dos hijos lanzó su cuarto disco como solista, Solo un momento, con el que dejó claro que ahora tiene otros intereses líricos y sonoros, que la exploración por diversos ritmos folclóricos y rockeros está en pausa, y que ya no hay espacio para frases escandalizadoras. En esta ocasión admitió haber hecho el disco más simple –no por eso mediocre– de su carrera, limpiando todo lo que no aportaba, trabajando con lineamientos más típicos del pop y dejando en claro que ahora su mayor interés es el amor.

La revolución de Vicentico no ha muerto: tan solo ha tomado otro color.

¿Cómo ve al rock latinoamericano hoy en día?, ¿cree que ha perdido capacidad de crítica?
No pienso que antes el rock tuviera capacidad de denuncia y ahora haya dejado de tenerla. Hay artistas que tienen una sensibilidad gigante para transmitir cosas. Hay veces que es más revolucionario hablar de tu casa, de tu barrio, de tus amores, que decir que el gobierno es un gobierno de estúpidos (básicamente porque todos los gobiernos son de estúpidos). Lo revolucionario y el cambio pasan por otro lado: por el autoconocimiento, por el trabajo, por hacer muy bien lo que haces, por hacer las cosas con amor.

¿Dónde quedó la reiterativa denuncia que hacía en Los Fabulosos Cadillacs?
La denuncia de la que hablas a esta altura de mi vida tiene que ser más desenfocada y difusa. No sirve de mucho si es directa y poco artística porque se vuelve muy corta. En cambio cuando lo que uno dice está envuelto en un halo de arte va más allá porque mueve cosas diferentes. Por otro lado, no tengo más qué denunciar. Las cosas que hay que denunciar se denuncian solas. Ahora estoy ocupado en buscar cosas lindas, en buscar belleza, que a nadie le sobra, y en conectarme con eso.

¿Ya no es pertinente hablar de política?
No, pero porque la política tocó un punto de patetismo tan alto que ya es una discusión estéril. ¿Para qué voy a hablar de política si no creo que sea el camino? Lo único que hizo la política fue seguir arruinándolo todo. No es ahí donde se tiene que dar la discusión. Por otra parte, están mis necesidades de dar peleas que me sean absolutamente propias. No voy a pelear por cosas que no puedo tocar, porque es egoísta, es mentiroso, es demagógico, no le encuentro el sentido. Puedo ayudar más haciendo canciones lindas y profundas que denunciando a un tipo.

Hay un tema recurrente al que siempre le ha cantado: el amor. ¿Cómo lo define ahora?
Es lo único importante. Lo que más me importa son mis hijos, mi esposa, los amigos que tengo cerca, que crezcan libres y sanos. A partir de eso yo vivo y es lo que me da pista y me hace sentir que el mundo es lindo y vale la pena. La idea del amor va cambiando con los años, pero uno siempre es el mismo, y es verdad que después de tener hijos la idea sobre el amor se hace demasiado real. Se hace persona.

¿Qué tan difícil ha sido desligarse de la memoria de los Fabulosos y comenzar a escribir una propia?
No ha sido difícil, básicamente porque no estoy desligado de los Cadillacs. Ellos son mis amigos, mis hermanos. Si me hubiera propuesto desligarme lo habría arruinado todo, porque estaría haciendo cosas solo para desligarme. Soy parte activa de los Cadillacs, compuse muchas canciones, canté casi todas, entonces es natural que haya algo que se entremezcle. Haber tocado con ellos en la gira pasada me hizo hacer un disco muy simple porque los Cadillacs son algo lleno de todo, de músicos, de gente, de canciones, de público, de estadios. Lo que siguió para mí fue todo lo contrario: hacer un disco totalmente vacío, limpio, pop... casi tonto.

¿Qué exploró entonces en esta ocasión a nivel musical?
Este disco está hecho a partir de un concepto que definí antes de grabar, que era reducir a lo más simple posible las canciones. Reducir la cantidad de instrumentos, quitar lo que estuviera de más. Ese fue el concepto que me planteé al hacer el disco. La diferencia con otros trabajos es que en este la melodía tiene el camino más simple posible.

¿Y los sonidos latinoamericanos que tanto había integrado?
Este disco es bastante alejado de lo folclórico, es más bien un disco de pop perverso. Usé muchos mecanismos del pop bien recalcitrantes, con canciones hechas en una computadora, con una guitarra, un bajo y una batería, rescatando lo más cancionero.

¿Para una persona que arrancó en el punk y en el ska no es difícil admitir que hizo un disco pop?
A mí es no me preocupa. Me gusta el punk tanto como antes. Hace muy poco escuché un disco nuevo buenísimo de Wire, una banda muy punki de los 80, o escucho los Kennedys de vuelta y me parece una banda increíble. Las grandes bandas de punk, detrás de toda la energía, tienen canciones increíbles: los Vascos, los Kennedys, los Clash, los Pistols... Lo importante es que haya una idea, que se escriban cosas interesantes. Detrás de Black Flag o de la Rollins Band está Henry Rollins escribiendo cosas que te cambian. Son poetas aunque estén tatuados y tengan cresta.

Desde los Cadillacs hasta Vicentico, la industria discográfica ha cambiado bastante. ¿Cómo han afectado estos cambios su forma de hacer música?
Una cosa es cómo uno vende un disco y otra es cómo lo hace. Me da lo mismo cómo la disquera lo venda y acepto con alegría cualquier clase de propuesta. Lo que tiene que ver con la música sí es absolutamente propio, y yo sigo haciendo discos. Me gusta estar en estudio y sacarme las ideas que tengo en la cabeza porque si no lo hago, me torturarán durante días hasta que las grabe. Me gusta tener el disco físico en la mano, de cualquier artista, no solo mío, para seguir un camino, entender por qué una canción está detrás de la otra, por qué la portada y leer las letras. Por otra parte, me parece interesante la idea de sacar sencillos y que lo que se venda sea una canción, porque cuando yo empecé a escuchar música era así. Se compraba un disco simple y si me volvía loco compraba el álbum entero.

¿Qué expectativas tiene de la música a esta altura de su carrera?
Algunas tienen que ver conmigo, otras con las personas que van a escuchar el disco. A veces me sucede que encuentro empatía con alguien que escucha una canción que hice y esto es muy sanador y cambia la perspectiva del mundo cotidiano. Es sobrenatural que de repente yo esté en Buenos Aires y en Colombia haya alguien escuchando una canción que yo hice algún día y se produzca un entendimiento. Con respecto a mí mismo, es un lindo viaje hacer canciones. La música es un viaje alucinante que me transporta a donde quiero.

¿Y ese viaje tiene un destino claro?
Quiero llegar a la libertad total, pero esa libertad es demasiado abstracta para describirla en palabras.