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Wendy Sulca, la máxima diva de nuestra Latinoamérica

Por
Redacción Shock

El hecho de que fueran las 2 de la madrugada de un sábado no impidió que a las puertas del aeropuerto El Dorado de Bogotá se agolparan aproximadamente 36 fanáticos para recibirla. Al principio, cuando oyó los gritos, ella pensó que la bienvenida era para otro artista, pero luego, cuando vio los carteles que decían “¡Bienvenida Wendy!” y recibió un conejo orejón verde (uno de esos peluches de droguería que, con ojitos acongojados, cargan un corazón que en letras bordadas dice ‘Te Amo’) de manos de su club de fans, se dio cuenta que era para ella el homenaje.

Acompañada por su prima, la simpática Janeth, por su mánager (y animador de su show), el gallardo Ronald Carbajal, y por los cuatro músicos de su banda (uno particularmente llamativo portaba un peinado a lo Pedro El Escamoso pero aún más temerario), la llamada “Niña Maravilla del Perú” había aterrizado en Bogotá para presentarse en la segunda edición del Festival Centro, un espacio que, impulsado por el Distrito en cabeza de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, se ha convertido en una de las apuestas musicales más frescas –y necesarias– de Colombia en los últimos años. Aparte de Wendy (show que había agotado la boletería dos semanas antes), el cartel contaba con artistas de la talla de Javiera Mena, el Sonidero Nacional de Toy Selectah, Chicha Libre, el Frente Cumbiero y Aterciopelados.

El viaje sería corto. Como regresaba a Lima al día siguiente a las cinco de la tarde, Wendy tendría el tiempo apenas necesario para ir a su hotel, dormir cuatro o cinco horas, desayunar, alisarse el pelo, atender a los medios, probar el ajiaco, hacer una prueba de sonido, dar un show de hora y media, descansar, dormir algunas horas, hacer otro poco de promoción, y, si el tiempo se lo permitía, subir al cerro de Monserrate.

Era la segunda vez que salía de Perú. La primera fue en octubre pasado, cuando fue a Argentina a hacer parte del YouFest, un singular festival que la puso al lado de su paisana La Tigresa del Oriente (“la señora Judith”, como la llama Wendy), y del ecuatoriano Delfín “Hasta el fin” Quishpe para formar lo que sería la santísima trinidad de los memes latinos del YouTube. Un evento que sería el clímax de una morbosa fiebre 2.0 que, desde el 2007, pondría los ojos del mundo en tres personajes que, sin proponérselo, se convertirían en burla y a la vez en celebración de los valores fundamentales de la cultura pop.

Pero Wendy ya no es la niñita de esos primeros videos que la hicieron una de las ciudadanas más famosas del ciberespacio y en una de las celebridades más renombradas del Perú (hasta Bayly la tuvo en su programa). Ya no es esa chiquilla ingenua y diminuta que en una de sus canciones, Cerveza, cerveza, esa misma que la muestra rodeada por una fabulosa horda de campesinos borrachos, le pide el trago al cantinero a viva voz. Con 14 años, ella genera la misma sensación que un Pedrito Fernández cuando le comenzó a crecer el bozo. Como una de esas estrellas infantiles cuyo inevitable crecimiento hace que su público se sienta medio estafado, ella ya está en esa etapa de la vida en la que comienzan a tallarle los vestidos que los mayores la han obligado a usar. Es una niñita risueña que comienza a destetarse.

Y es que, como sabemos, a Wendy le gusta la tetita. Y bastante. Cuenta ella, entre risas, que esa primera canción que la catapultó al estrellato hace seis años, La tetita (la del coro que dice: “Cada vez que la veo a mi mamita me está provocando con su tetita” y que hoy cuenta con más de 4’653.000 vistas en YouTube), fue compuesta por su madre, Lidia Quispe, porque, según ella, “siempre la perseguía para tomar leche, no la dejaba ni trabajar”. Como muchas de las madres de provincias peruanas (los padres de Wendy son nativos de Huacaña, Ayacucho), Quispe amamantó a su hija hasta una edad avanzada para la pediatría, pero normal en la tradición cuzqueña (los 3, 4 años), y ante el gusto de su niña por la leche que emanaba de su seno, decidió componer esa canción. “Era jugando”, dice Wendy. Como explicando un chiste que nadie nunca entendió.

Hija de Franklin Sulca, un hombre humilde que tocaba el arpa para una agrupación folclórica llamada Los Pícaros del Escenario, y de una ex cantante que hoy se dedica a fabricar peluches (y de ahí que éstos estén tan presentes en su imaginario), Wendy fue criada para el escenario. Inspirado en figuras de la canción como Dina Paucar y Sonia Morales, y determinado a convertir a su retoño en una heroína del huayno moderno (aire musical andino muy popular en Bolivia y en Perú que, en las últimas décadas, ha tenido sobrada influencia de la cumbia colombiana y, claro, del pop comercial), Franklin la llevó a cantar en locales de distritos de Lima como Villa del Triunfo o San Juan de Miraflores (donde ella nació) desde los cinco años. El mito de la niña maravilla del folclor se propagó tan rápido que dos años después su pequeña estaba haciendo su primera gira nacional. Pero un mal día, hace ya 6 años, Franklin se vio envuelto en un accidente de tránsito, evento que cobraría su vida y causaría un gran impacto en su familia. Desde entonces, la música siempre ha sido para Wendy una manera de honrar la memoria su padre (la canción Papito, que cuenta con más de dos millones de hits en YouTube, es dedicada a él).

En el 2007, apoyando una estrategia que buscaba seguirla proyectando en el circuito popular peruano, donde seguía conquistando públicos y escenarios (su segunda gira nacional incluyó más de 60 fechas), se lanzó un video con los hits de la pequeña cantante. Uno de ellos, el de La tetita, se coló en la web, donde se convirtió en un fenómeno viral imparable. Producido con un presupuesto bastante limitado por alguien que, claramente, no estudió precisamente dirección de videoclip (ni mucho menos de arte), este muestra a la pequeña Wendy en un escenario rural, acompañada por una banda de músicos y bailarines precoces y descoordinados, y rodeada por bovinos y mujeres amamantando. Hoy, la gema cuenta con 4 millones y medio de vistas en YouTube.

“En ese entonces no tenía computador”, recuerda Wendy, quien cuando escuchó decir a sus amiguitos que el video estaba dando de qué hablar decidió ir a una cabina de Internet junto a su madre para ver lo que estaba pasando. Y por supuesto, una vez lo vio no lo pudo creer: “Aún no lo asimilo. Nunca me lo imaginé. Mi sueño más grande era que me conocieran en todo Perú, pero solo en el Perú… más allá no. Por eso fue algo muy emocionante y muy bonito”.

Una vez, al leer un artículo que la proclamaba “La reina del YouTube” junto a su madre, ambas estallaron en llanto de la emoción.

Es sábado y son las nueve de la mañana. Wendy no ha dormido bien. Aún sacudida por el inesperado recibimiento de sus fans en el aeropuerto, algo a lo que no está acostumbrada, le alisan el pelo en el lobby del teatro de la Gilberto, donde se presentará a las dos de la tarde, mientras me responde algunas preguntas, nerviosa, emitiendo siempre risitas al comienzo y al final de cada frase.

Es difícil sacarla de su libreto. Parece estar bien entrenada para dar respuestas genéricas como: “Estoy muy emocionada”. Vestida de manera austera, con unas boticas de cuero negro, unos blue jeans que le quedan un poco largos y una blusita blanca y negra, Wendy podría pasar por cualquier otra niña en la calle. Y sí: ella dice que son sus vestidos, esas complejas piezas artesanales y coloridas con las que aparece en sus fotografías y videos, las que le dan el carácter a su personaje. El de esa tarde sería un traje de dos piezas, amarillo brillante y satinado, rico en filigranas y bordados, en cuya ‘pollera’ (falda) se destacan tres motivos: al frente, un corazón que dice ‘Wendy Sulca’ en una rimbombante letra pegada, y a los lados, imponentes, los paisajes de Machu Picchu y del lago Titicaca. “Es de mi país, tradicional de la sierra, de Ayacucho. Los que cantan folclor lo usan siempre, por lo que es un orgullo llevarlo puesto”, cuenta. Desde que comenzó su carrera, ella atesora aquellos que incluso ya ni le sirven, casi 15 en total (tiene otro muy conocido cuyos motivos son las clásicas muñecas Barbies). Muchos han sido donados por padrinos, pues su manufactura es costosa, y más para una familia humilde como la suya. “Valen como 1.200 soles, o sea, como 400… 500 dólares”, explica, tomándose apenas dos segunditos para hacer la matemática.

Wendy es buena para los números. Dice que cuando sea grande quiere estudiar Administración de Empresas para manejar su carrera. Este año entró a quinto grado. En cuarto, fue la tercera de la clase.

Era casi mediodía en el barrio La Candelaria, y poco a poco los fanáticos comenzaban a agolparse afuera del teatro. Era una imagen singular. Se veían camisetas de la popular gaseosa peruana Inca Kola, carteles varios (había uno de Piolín, curiosamente, portado por un chico con una camiseta de Cannibal Corpse) e, incluso, un par de combos fieles, de los mismos que la esperaron por la noche en el aeropuerto, que se vinieron preparados con prendas alusivas a su reina (un grupo que viajó desde Cali para verla estaba uniformado con una camiseta blanca que llevaba escrito el coro de La tetita en la espalda). El ambiente era festivo. Hacía sol. Para las dos de la tarde ya se contaban por los cientos las personas las que esperaban para entrar y, por supuesto, no pasó mucho tiempo (ni mucho trago) para que las canciones de la Wendy se comenzaran a corear entre el público local. Cerveza, La tetita y Papito hicieron eco por las calles empedradas del barrio colonial.

Pero al concierto también lo rodeaba un aura de polémica. Sorprendidos ante un nombre como Wendy Sulca en un cartel de música alternativa, no eran pocos los que se preguntaban: “¿Wendy Sulca en un escenario como este? ¿Es un chiste?”. Y no, todo lo contrario. La organización del festival, en cabeza de su curador Chucky García, había decidido traer a Wendy por varias razones, entre otras, porque, según él, “más allá de lo de YouTube, tiene que ver con un tema musical, y es que durante los últimos 50 años la música peruana ha sido más progresiva, psicodélica y salvaje de lo que se cree”. Y claro, no hace falta sino oír un poco de chicha, ojalá de Los Mirlos, Los Hijos del Sol o Juaneco y su Combo, para darle la razón. Pero también había una cuestión subversiva de fondo. Según García, “Wendy Sulca es como una de esas estrellas infantiles que –guardando las proporciones– Disney fabrica para venderles discos a los niños. Pero en un tiempo donde Walt está muerto, la industria discográfica R.I.P. y la televisión ha perdido tanto terreno contra YouTube, se trata de una estrella infantil latinoamericana que se ha construido al margen de la industria y con una ambición distinta a la de vender millones de copias y llenar a la gente de merchandising basura”.

Y él no es el único que defiende esa visión. En esa misma nota le hacen coro varios nombres, como dos fuertes abanderados de la resistencia cultural latinoamericana: el argentino Dante Spinetta, quien invitó a Wendy y a La Tigresa a aparecer en el video de su canción Pa’ atrás, y el boricua René “Residente” Pérez, de Calle 13, quien en un reciente show de su grupo en Perú la subió a la tarima para que le dieran un aplauso e incluso, a propósito del cartel del Lollapalooza de Chile (que cuenta con una buena cuota “anglo”), hace poco escribió desde su cuenta de Twitter: “El @LollapaloozaCL necesita la presencia de Wendy Sulca. Eso sí sería alternativo”.

Y de cierta manera, tienen razón.

Lejos, muy lejos de Sony, MTV o Vogue, y a miles de kilómetros de Londres, París o Nueva York, típicas agencias desde donde se fabrica el gusto, la agenda de lo “mainstream” y la moral de lo “cool”(escenarios donde, a propósito, el folclor latino ha carecido por completo de representación), Wendy ciertamente es una forma de la contra, una alternativa a toda tendencia comercial y una resistencia a toda moda. Y es, precisamente, por esos valores estéticos, legitimados por la historia y por el mercado, que productos como ella resultan descalificados y excluidos, por la misma razón por la cual fueron excluidos (por no decir “fumigados”) los pueblos indígenas en la mayoría de proyectos nacionales latinoamericanos: por “indios”. De esta manera, su fenómeno cobra importancia porque revela la profunda paradoja de una Latinoamérica que, en sus expresiones más “desarrolladas” (por no decir en sus élites y en sus espacios culturales) se sigue negando y buscando en espejos ajenos (por no decir que es “racista” y “clasista”). Algo que ella, a sus escasos 14 años, tiene clarísimo: “El folclor siempre ha sido muy discriminado. Hay gente que lo ve como una música de ‘indios’, de ‘cholitos’, como algo que no debe ser. Pero se les olvida que ritmos como la salsa o la cumbia vienen de ahí: de la gente humilde”.

Y las suyas son palabras mayores.

Aunque no le guste hablar mucho del tema (dice que no lee los comentarios que los usuarios hacen de sus videos), ella sabe que es objeto de burlas, algunas muy agresivas. Pero ella las descarta diciendo que “se burlan porque en el fondo les da vergüenza aceptar que los divierten”. Y quizá esté en lo cierto, porque sean lo que sean sus videos, canciones o conciertos, resulta absurdo negar que son divertidísimos (¿o no es divertido ver a una niñita de 10 años gimiendo, en repetidas ocasiones, “cada que veo a mi mamita me está provocando con su tetita”? ¿O, en el mismo video, a una mamá lactando seguida por la imagen de una vaca?); claro, también resultan insólitos (como seguro a un suizo le resultará insólita la imagen de un vehículo de tracción animal recorriendo las arterias principales de Bogotá), pero más allá de eso, ante todo resultan cómicos e hilarantes.

Y es que de eso se trata Wendy Sulca. En eso consiste su picante.

Esa tarde del sábado 22 de enero, la hija de Franklin Sulca fue presentada a un público ferviente que coreaba su nombre en el teatro, por Ronald Carbajal, un típico animador de fiesta popular que, vestido con un pantalón negro y una camisa blanca, como el resto de la banda, arengaba al público con bailecitos, bromas y consignas como “¡Arriba las palmas!”, “¿A quién le gusta la tetita?” o “¡A gozar!”.

Ella, alegre, con su pollera colorada y unos tacones plateados que emanaban lucecitas de colores a su paso, salió a cantar todos sus hits (compartiéndole el micrófono a su público que la acompañó coreándolos): desde La tetita y Cerveza, cerveza, pasando por Papito hasta En tus tierras bailaré, el famoso tema que el argentino Gaby Kerpel (responsable de la música de las compañías teatrales De La Guarda y Fuerzabruta) compuso para el trío maravilla de Wendy, La Tigresa y Delfín. En cuanto a la banda que la acompañaba: salvaje. Mientras el bajo sentaba una sólida base cumbiera y el percusionista le sumaba beats electrónicos a la tradicional cadencia del timbal, el del sintetizador (el del look a lo Pedro El Escamoso) tiraba unos sonidos aún más extraterrestres que su peinado, y el del arpa conducía la nave sonora por paisajes andinos surreales.

“Aunque muchos llegaron enganchados por el señuelo de sus videos bizarros, se fueron creyendo seriamente que Wendy Sulca no es un simple Youtubazo sino un aspecto cierto y con mucha testosterona de la música latina”, dijo García del show. Y, sí, sin duda la pollada fue total: durante la hora y media que duró el show la gente no paró de bailar ni de gritar al ritmo de los éxitos de la Wendy; sin embargo, el verdadero clímax de la tarde fue el momento en el que ella sorprendió al público con una canción que nadie se esperaba: un cover de Like a Virgin de Madonna. Ahí sí que el teatro enloqueció. Y la historia hizo una perfecta parábola.

Cuando uno le pregunta por sus artistas favoritos, Wendy no duda en mencionarla a ella, a la que en 1984 se tomó la tarima de la primera entrega de los MTV Video Music Awards vestida de novia para cantar su sencillo Like a Virgin, de una manera más bien poco virginal, y literalmente voltearlo todo de cabeza. Ella, la que se tomó el mundo montada sobre una poderosísima máquina que fabricó su acto, puso su música en millones de tiendas, televisores y frecuencias radiales, y la llevó a miles de escenarios para convertirla en el más poderoso ícono cultural de los últimos 25 años. Ella, modelo de belleza, referente de moda y paradigma de feminidad. Ella, producto perfecto del pop. Ella, perfecta trampa del mercado.

Es inocente y a la vez genial. Es como la ironía más fina y exacta. Que La Niña Maravilla del Perú, país de Nubeluz, Laura en América y la mazamorra morada, que la perfecta anti-diva y máxima reina del pop tercermundista, una niñita pobre, indígena y absolutamente autogestionada, cante Like a Virgin de Madonna (¡además Like a Virgin, una niñita de 14 añitos!), es como si, de repente, ese monstruo dormido que es la historia se estuviera reacomodando. Y es que más allá de ella misma, incluso, el fenómeno de Wendy Sulca describe un momento histórico muy interesante. Una era post-MTV donde, lejos de las cadenas comerciales, Internet está poniendo en manos de la gente el poder de producir, distribuir y consumir sus propios contenidos como se le antoje. Una era en la que, por lo mismo, el panorama cultural que se abre ante nuestras miradas resulta mucho más consecuente con el mundo, un mundo amplio y diverso donde lo único que suena no es solo eso que “vende”, lo que sirven una o dos disqueras, muestren dos o tres canales o programen tres o cuatro emisoras, sino un mundo donde Wendy y Madonna no se excluyen, sino todo lo contrario: un mundo donde Wendy y Madonna dialogan.

Domingo, nueve de la mañana. Aunque aún resuenan en su mente, atrás habían quedado los gritos y los aplausos del día anterior. Liberada ya de su disfraz, una niña morena y aindiada, como cualquier otra niña morena y aindiada de Latinoamérica, desayuna en su cuarto de hotel mientras la peinan para las fotos de nuestra portada. Ya están hechas las maletas que en unas horas se llevará de vuelta a Perú. Me le acerco entonces para decirle “Buenos días”, pero ella no responde, pues se encuentra embobada mirando fijamente el televisor. Entonces miro yo también a la pantalla y me encuentro con una imagen familiar: la Cenicienta, de Disney, en dibujitos animados.

Y colorín colorado…