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Y entonces, ¿vamos a confiarle nuestro gusto a las cifras y algoritmos?

Las cifras en Internet son la gran mentira de nuestra era después de la honestidad de los políticos. ¿Sobre qué estamos basando nuestras elecciones de consumo en libros, películas, series o música? ¿No le estamos dando demasiado importancia a un sistema de calificaciones y recomendaciones que cada vez es más manipulable y maleable?

Crítica a la formación del gusto y las calificaciones por Internet
¿Vamos a dejar que nuestro gusto se forme a punta de calificaciones potencialmente amañadas?
// Gettyimages

Ya sabemos que en internet las recomendaciones de nuestra red de contactos son más poderosas que las de un medio de comunicación o una persona experta reconocida. Le hacemos más caso a los influenciadores que a quienes han estudiado profundamente un tema. Le creemos más al que dice que hay que vibrar alto o buscar un pelito en la Biblia para protegerse contra el Covid, que a la comunidad científica. ¿Vamos a dejar que nuestro gusto se forme a merced de calificaciones y recomendaciones que se manipulan más fácil que las elecciones en Colombia?

Por Juan Pablo Castiblanco Ricaurte // @KidCasti

En un artículo publicado el 9 de agosto de 2021 , la revista tecnológica Wired contó cómo en Kenya se estaban contratando influenciadores para desprestigiar activistas y líderes de la oposición por pagos de diez o quince dólares diarios (en un país donde muchas personas ganan tan solo un dólar al día).

Según la investigación, entre mayo y junio de este año pudieron encontrar al menos 31 tendencias en Twitter con hashtags políticos artificiales e inflados por estos “influenciadores”.

Lo sorprendente, si uno recuerda lo que ha pasado en Colombia con la “bodega” uribista , no es que esto exista sino lo rápido que se está consolidando y normalizando en todo el mundo.

La desconfianza es la ley

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Difundir opiniones acomodadas y al servicio del mejor postor –el que tenga para pagarle a quienes están detrás de cuentas con muchos seguidores–, se ha convertido en una práctica peligrosamente cotidiana.

Aunque muchas personas ya son conscientes de esta grosera manipulación de la opinión, y de que la misma ciudadanía ha hecho su veeduría y contrataque ( recuerden a la comunidad k-poper tumbando las tendencias del Centro Democrático ), el problema, como lo señala el artículo de Wired, es que se está consolidando un panorama en el que la desconfianza es la ley.

La pesadilla es que "la opinión pública" ya no está en las manos de lo que publiquen los grandes medios (así muchos sigan creyendo que son importantes), sino en las de algoritmos, números inflados y tendencias pagas. La política ya no es el único escenario donde se ejecuta el manual, sino que la cultura se ha visto afectada por estas mañas que han tomado el alias de “mercadeo digital”.

No me gusta tu libro porque no me gusta como eres…

Goodreads es una de las plataformas/redes sociales más influyentes para el universo literario. Es un punto de encuentro entre las personas que aman leer y les gusta dar y recibir recomendaciones de nuevos libros. Todo muy lindo, en teoría, pero en mayo de este año varios autores y autoras negras y LGBTIQ+ denunciaron el aumento de reseñas negativas, xenofóbicas, racistas y homofóbicas, y calificaciones de una estrella de parte de cuentas que ni siquiera leían los libros.

Esto no es un lamento del tipo Mía Colucci de “sobrevivo por pura ansiedad”, sino que su impacto es que empeora drásticamente su posicionamiento en la página y la posibilidad de llegarle a nuevos públicos.

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Por supuesto, como suele suceder en el salvaje reino de Internet, Goodreads hace muy poco por asumir responsabilidad y ejercer algún tipo de control, aún cuando se ha demostrado que hay cuentas que sistemáticamente se dedican a darle palo a libros por la raza u orientación sexual de quien lo escribe.

Digamos que uno podría entender que a estas redes sociales les resulta imposible hacer una verificación manual de cada comentario o calificación que pudiera parecer producto de odio, pero las políticas del sitio no han cambiado en nada a pesar de las denuncias.

El review bombing

Otro hecho incomprensible e imperdonable es el fenómeno del “review bombing” (bombardeo de reseñas), que afecta plataformas de videojuegos como Steam, o de cine como Letterboxd, Metacritic, IMDB o Rotten Tomatoes, pero que en Goodreads ha llegado a un nuevo nivel.

La escritora estadounidense Beth Black denunció que, luego de publicar en Goodreads la noticia del lanzamiento autogestionado de su nueva novela, recibió un correo anónimo pidiéndole dinero a cambio de no hundir su futuro libro con calificaciones de una estrella.

El caso de Black no era el único y destapó una ola de extorsiones a autores bajo el mismo método: o pagaban o les sepultaban su publicación a través de malas reseñas. Esto, para autores emergentes que no han cultivado un nombre en la era pre-internet, puede ser la muerte para su obra.

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El problema es que Amazon, dueña de Goodreads desde 2013, no ha querido apretar las tuercas y poner filtros a la creación de reseñas como sí lo tiene para la calificación de los productos que vende. Mientras que en Amazon hay que tener una cuenta con correo y teléfono verificado, más haber gastado al menos 50 dólares en el portal en los últimos doce meses para poder calificar un producto, en Goodreads ni siquiera hay que verificar un correo lo cual facilita la creación de cuentas fantasma que sirvan para chantajear autores y autoras.

Las zancadillas entre series y películas

Aunque el caso de Goodreads es el que mejor se ha documentado y el que más denuncias concretas tiene, esta evolución –o más bien malformación– de la payola está presente en todas las redes o comunidades que permitan tener calificaciones de usuarios.

Hace poco conocí una persona que afirmaba con orgullo que no veía series ni películas que tuvieran una puntuación por debajo de 7/10 en IMDB. Seguramente esa persona no sabía que el camino es culebrero y que ese numerito en el que confiaba su consumo audiovisual es algo especulativo y maleable.

En un podcast de The No Film School , uno de los participantes contaba que había producido una película de manera independiente. Previo a los días del lanzamiento oficial, le pidió a sus familiares y amigos que ingresaran a IMDB para ponerle calificación de 10/10 a su filme para que se creara un fuerte voz-a-voz y apareciera como un título en tendencia en el home de la plataforma.

Esta práctica es muy común en la industria, especialmente entre producciones independientes o de bajo o mediano presupuesto, pero también ha sido común ver que luego de estar con calificaciones promedio de 8/10, el puntaje se desploma a 5/10 para abajo. Matemáticamente era posible, pero el descenso tan abrupto era sospechoso, sobre todo en un lapso tan corto de tiempo.

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En el caso de IMDB no se han hecho denuncias públicas como en Goodreads, pero, entendiendo cómo funciona el “review bombing” y cómo la opinión se ha convertido en un producto comercial que se puede vender, no sería raro que haya agencias dedicadas a vender el impulso o el entierro de la calificación promedio de una película.

Por otra parte, en el mencionado podcast también se baraja la posibilidad de que haya usuarios con el espíritu de vigilantes de la red, que intentan hacer una “limpieza social” y evitar que nuevos títulos rompan con el sagrado Top 250 de las mejores películas de la historia según la calificación de sus usuarios.

¡Resistencia carajo!

Todo esto termina obligándonos a hacernos una pregunta fundamental: ¿sobre qué estamos basando nuestras elecciones de consumo en libros, películas, series o música? ¿No le estamos dando demasiado importancia a un sistema de calificaciones y recomendaciones que cada vez es más manipulable y maleable?

Ya es historia oficial que muchas bandas pagaron a emisoras para que sus canciones sonaran más o incluso para que su competencia dejara de sonar, pero ahora esa payola ha mutado en múltiples formas con la complacencia de muchos sectores de la industria.

Las agencias de prensa y las disqueras anuncian con orgullo los lanzamientos de sus artistas diciendo que “el video superó las 100.000 vistas en YouTube”, como si no supiéramos ya que esos números se pueden inflar si uno tiene con qué. El validador de una obra cultural se ha convertido en un valor numérico desplazando cualquier otro factor.

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Las profecías del mercadeo y la publicidad especulan que, en el futuro, las inteligencias artificiales serán quienes hagan las decisiones de compra basadas en nuestros hábitos y en las recomendaciones y calificaciones de nuestros círculos sociales. ¿Vamos a entregarle todo ese poder a un sistema tan corrompido? ¿Vamos a dejar que nuestro disfrute quede en manos del mejor postor?

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