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“Amalia, la secretaria”: Una oda a la gente común y corriente

La película es protagonizada por Marcela Benjumea y Enrique Carriazo
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El director, guionista y novelista colombiano Andrés Burgos vuelve a cines con una película que tal vez tenga menos explosiones que Avengers pero que seguro tiene mucha más alma.

Por: Juliana Abaúnza // @julianaabaunza

Amalia es una rígida secretaria de cuarenta y pico. Su cara siempre está entre cansada y molesta. Su cuerpo da la impresión de que siempre está tensionada. Es la clase de persona que no disfrutaría un masaje, sino que saldría aun peor que cuando empezó. Pero lo más rígido de Amalia no es su cara ni su cuerpo, sino su rutina. Es una mujer bogotana que va de la casa al trabajo, de cuidar a su mamá a cuidar a su jefe, sin alteraciones. Después de 20 minutos de estar viendo la película, recordé una parte del cuento “Big Blonde” de Dorothy Parker en el que la escritora describe la rutina de su protagonista: “No había nada que distinguiera sus días. Como gotas en el cristal de una ventana, se juntaban y se escabullían”. Así pasan los días de Amalia cuando la conocemos en la película, es una persona que vive en modo automático.

Pero, como en la mayoría de historias buenas, pasan una serie de cosas que sacan a nuestra protagonista de su estado de reposo y le desordenan su mundo. Una intriga con su jefe, unas clases de yoga (en las que, debo reconocer, me sentí identificada con la falta de movilidad de Amalia), un par de lecciones de baile y una amistad nueva que podría convertirse en algo más, cambian a la rígida Amalia.

Las películas hollywoodenses nos tienen acostumbrados a que los cambios de vida tienen que ser grandes. Pero en realidad no hay que hacer como Julia Roberts y recorrer el mundo comiendo, rezando y amando para, como les encanta decir a los gurús de autoayuda, encontrarse a sí mismo.  A veces los cambios pequeños son los más revolucionarios.

Eso fue lo que más me gustó de Amalia, la secretaria, que es la historia del cambio de una señora común y corriente, una señora como cualquier otra que puede uno ver en Transmilenio camino al trabajo, agarrada de su cartera. Sin largos monólogos clichesudos en los que los personajes hablen de la importancia de cambiar así uno ya no sea joven y bello, la película opta por mostrarnos que sí es posible, que aunque uno lleve años viviendo en una cuadrícula gris, hay esperanza.

Amalia, la secretaria les va a sacar varias carcajadas, muchas sonrisas y una que otra lágrima. Vayan a verla ahorita que está en cines y si les llega a pasar lo que le pasó a la amiga de un amigo que fue a verla en Medellín y la vendedora le preguntó “¿está segura de que quiere ver esa y no Avengers?”, respóndanle “no, gracias, ¿quiere un dulcecito?”.