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Drácula, de los creadores de Sherlock, ¿vale la pena verla en Netflix?

Una nueva mirada al emblemático vampiro.
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Por
Julián Ramírez

¿Sabían que Drácula es el personaje de ficción que más veces ha sido adaptado a la pantalla? Así es. El vampiro creado por Bram Stoker ha hecho acto de presencia en más de 200 películas y series de televisión, superando a otros grandes héroes y villanos literarios como el monstruo de Frankenstein y Sherlock Holmes.

Por Julián Ramírez // @Sir_Laguna

Tenemos Drácula para todos los gustos. Podemos aterrarnos con las películas de los estudios Hammer en las que fue interpretado por Christopher Lee, reírnos con parodias como Drácula: Muerto pero feliz, sufrir con el romance trágico de la versión de Francis Ford Coppola y hasta disfrutarlo en compañía de nuestros hijos gracias a Hotel Transilvania.

Ahora podemos agregar una nueva versión a esa lista. Stephen Moffat y Mark Gatiss, creadores de la popular serie Sherlock, decidieron hacer por el conde lo mismo que hicieron con el excéntrico detective: reinventarlo para una nueva audiencia. Esta serie, cuya primera temporada solo tiene tres episodios, ya se encuentra disponible en Netflix y se llama simplemente Drácula.

Esta toma como base la novela de Bram Stoker. El vampiro retiene contra su voluntad a un abogado llamado Jonathan Harker para que le ayude en los temas legales de su relocalización a Inglaterra. Viaja allí para comenzar un reinado de terror mientras un cazador de vampiros de apellido Van Helsing le sigue la pista y busca eliminarlo.

Aunque el planteamiento es el mismo, esta nueva versión se toma muchas libertades no solo en la trama, sino en la personalidad, objetivos y destino de muchos de sus personajes. Esto la hace interesante para aquellos familiarizados con la historia original, pero algunos de sus desvíos son realmente extraños y, a falta de una mejor palabra, ‘torpes’.

Drácula tiene algunos de los mejores elementos de Sherlock, especialmente la entretenida dinámica entres sus dos protagonistas. Pero también comete algunos de los pecados que afectaron la calidad de sus últimas temporadas: tramas con resoluciones insatisfactorias, cambios injustificados en los personajes y alargues innecesarios. 

En el corazón de esta serie se encuentra el actor danés Claes Bang, que realmente parece estarse divirtiendo en el rol titular. Este Drácula no se parece mucho a otras versiones del conde. Es un villano que goza con su maldad. Sabe que los humanos que se le acercan no van a permanecer mucho tiempo con vida y le encanta ‘jugar con su comida’. No para de hablar para demostrar su negro sentido del humor y sofisticación. En cierto sentido, parece que se inspiraron un poco en el Hannibal Lecter interpretado por Mads Mikkelsen en la serie del mismo nombre.

Sin embargo, ese tono no siempre funciona. Drácula no encuentra un buen equilibrio entre el horror y el humor, creando momentos realmente incómodos. Las bromas también son muy referenciales. Muchas veces, a lo largo de los episodios, nos recuerdan que “Drácula no bebe vino”. Esta es una referencia a la película protagonizada por Bela Lugosi en 1931, pero la repiten tantas veces que pierde la gracia. Este es solo un ejemplo de los muchos problemas que tiene el guion.

También trataron de darle cierto aspecto erótico. Aunque la serie no tiene escenas de sexo explícito, hay mucha carga sexual en algunas interacciones con el conde. Su interés no discrimina género. En un momento incluso se refiere a Jonathan Harker como ‘uno de sus novias’. Sin embargo, no tiene suficiente química con sus víctimas como para que exista una verdadera tensión sexual. Igual que Sherlock, ha sido acusada de ‘queerbaiting’. No hay una verdadera relación entre personajes del mismo sexo aunque se insinúa una.

El personaje que de verdad conecta con Drácula es Van Helsing. En un giro inesperado, no se trata de un hombre entrado en años como en la novela, sino de una monja con fuertes inclinaciones científicas que ve al conde como un sujeto de estudio. Agatha Van Helsing, interpretada magistralmente por Dolly Wells, es el personaje con más profundidad de la serie. No solo su acento es una delicia para los oídos, sino que es inteligente, arriesgada e inquisitiva. A pesar de ser una simple humana, resulta ser una rival más que digna para Drácula. La fascinación intelectual que sienten uno por el otro es sin duda el mejor elemento de esta serie.

Cada uno de los tres episodios dura alrededor de 90 minutos, convirtiendo a cada uno en una especie de película. Todos tienen una ambientación diferente. El primero ocurre principalmente en el castillo del conde en Transilvania, el segundo se desarrolla en el barco que lo lleva a Inglaterra y el último en Londres, aunque con un giro inesperado respecto a la novela. Los dos primeros episodios, a pesar de ser innecesariamente largos y tener personajes secundarios algo simples, pueden resultar interesantes para quienes estén familiarizados con la historia original y quieran ver a un Drácula diferente. Además, la relación entre el vampiro y Agatha realmente sostiene buena parte de la historia.

El tercer capítulo es un animal completamente diferente.

Sin revelar la gran sorpresa, podemos decir que se aleja tanto de las ideas detrás de la historia que resulta prácticamente irreconocible. Nos presenta nuevas versiones de personajes de la novela —como Lucy, Quincy y John Seward— y pone a Drácula en una situación interesante que nos recuerda aún más a Hannibal. Tristemente, este nuevo escenario lleno de potencial no dura mucho y se convierte en un aburrido drama. Se dedica a repetir una y otra vez las mismas ideas hasta llegar a un final que trata de resolver ‘el misterio de Drácula’, pero da una respuesta totalmente insatisfactoria.

Drácula es una serie de muchos contrastes. Tiene muy buenas ideas, pero no las explora al máximo. Cuenta con una excelente pareja protagonista, pero no les da suficientes escenas juntos. Los nuevos poderes de Drácula y las propiedades que se da a la sangre —mediante la cual el vampiro puede aprender nuevos conocimientos y habilidades— llaman mucho la atención, pero a la larga resultan inconsistentes. En su afán de modernizar a Drácula, Moffat y Gatiss no se detuvieron a pensar a dónde querían llevar el personaje.

Si son fanáticos de las historias de vampiros, vale la pena darle una mirada. Tal vez les guste. Si no es así, no se preocupen. Hay muchísimas versiones del conde Drácula ahí afuera. Una de ellas será de su agrado.

 

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