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Hater: ¿el futuro de la política está en las redes sociales?

Un análisis de la influencia de las redes sociales en la política a través de la película de Netflix ‘Hater’

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Foto: Hater - Netflix

En mayo de 2020 Netflix lanzó la película polaca Hater, que escaló a la lista de lo más visto en varios países y ganó el premio a Mejor largometraje internacional en el Tribeca Film Festival. La cinta retrata la plasticidad de los discursos políticos y muestra cómo las redes sociales producen simpatía, antipatía e incluso hostilidad frente a otros grupos. ¿Nuestro futuro político está en manos de las agencias de marketing digital?

Por Juan Camilo Ospina Deaza y Valeria Sánchez Prieto

Hater es una película que abre la caja negra de las estrategias de grupos extremistas en redes y nos interpela al plantear que, en el fondo, estas agencias están dispuestas a destruir la reputación de cualquiera por el mejor postor.

La cinta es la continuación a otra película que su director, Jan Komasa, ya había producido en 2011. Su nombre era Suicide Room (Sala Samobójców) y hablaba de la tensión entre una cultura emo que hacia una apología al sufrimiento, los videojuegos y la fuerza que ejercía la psiquiatría por medicalizar a los adolescentes. No es necesario ver esta última para comprender Hater, de no ser porque Beata, uno de sus personajes, fue la madre del protagonista de Suicide Room.

En Hater cambió la inquietud del director y la historia corrió por otro lado. Komasa nos habla desde un mundo en el que Internet es un actor central no solo en el desarrollo del mundo adolescente, sino también en la política.

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Ahora, antes de seguir, tenemos un anuncio importante: vienen los SPOILERS.

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Hater sigue la vida de Tomasz Giemza, un joven que fue expulsado de la escuela de leyes y que trata de llamar la atención de su crush de infancia, Gabi Krasucka.

En este proceso Tomasz consigue un trabajo en una agencia de mercadeo en la que fue contratado para destruir la imagen de un político de izquierda llamado Paweł Rudnicki, quien, vaya casualidad, es apoyado por la familia de Gabi.

El antihéroe se desliza hacia un inframundo digital lleno de supremacistas blancos e islamófobos y, luego de un largo trabajo que involucra edición de imágenes, convocar a manifestaciones, crear bots, noticias y perfiles falsos, logra orquestar un tiroteo que terminará con el asesinato de Rudnicki.

En este punto (lamentamos el spoiler) es importante saber que el estreno de Hater tuvo que retrasarse porque su trama se acercó incómodamente a la vida real. En 2019, en un evento de caridad navideño, el alcalde liberal de Gdansk, Pawel Adamowicz, fue asesinado durante en público . Tal y como ocurrió luego de las manipulaciones de Tomasz en Hater,  que culminan con un sangriento asesinato al político polaco ficticio, también llamado Pawel.

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10 grandes series sobre política y poder Este último hecho debería mostrarnos que el centro de la película no es la historia de Tomasz, sino el ambiente en el que fue creada.

Tal como puede verse por los edificios, la película transcurre en Varsovia, capital de Polonia. Un país que ha tenido una historia complicada debido, por un lado, a la ocupación e influencia cultural del nazismo; por el otro, al legado de los gobiernos comunistas. Esta tensión se revela en el extendido imaginario interno de una Polonia dividida e "incapaz de estar a la par de los otros países de Europa".

Hoy en día con el apoyo de Trump a grupos extremistas en Estados Unidos, el auge de neonazis en lugares como Polonia y el fortalecimiento de la derecha en Latinoamérica podemos ver que Hater nos da luces para comprender un escenario más global.

Las campañas políticas en Hater están salpicadas de propaganda maliciosa que busca el extremismo para llamar la atención. Aquí vemos claramente el bando de los supremacistas blancos, contrarios a la inmigración desde Medio Oriente. Y por otro lado el bando de los demócratas, que favorecen la inmigración y la integración con Europa.

Un punto muy curioso de la película es que en el bando de “los buenos” se encuentra la elite que no permite que nadie fuera de su estricto círculo ingrese a sus cercanías. En este sentido, la película hace un gran trabajo al mostrarnos las interacciones locales como un espejo de la dinámica global.

Tomasz, avergonzado de sus humildes orígenes, hace esfuerzos por acercarse y ser aceptado por la familia de Gabi, que pertenece a esta elite liberal. Es inevitable hacer paralelismos con la película Parasite cuando, en una de las primeras escenas, Tomasz escucha a la familia discutiendo sobre la cena que tuvieron:

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¿Te imaginas que viene del medio de la nada? Sin embargo, estaba tan empapado y ¿olías su colonia? Su colonia es una cosa, pero ¿lo viste luchar con ese camarón? Yo lo hice, el pobre chico se comió la cola ja ja.

El desdén con el que lo miran solo se compara con el esfuerzo que él trata de hacer por ser aceptado. A pesar de que ellos como familia lo están apoyando económicamente para cursar sus estudios en derecho, los intentos que hace Tomasz por acercarse les parecen irrisorios.

Con situaciones concretas la película muestra cómo esa elite mantiene al margen a quienes no pertenecen a su grupo. La familia de Gabi son intelectuales que pasan su vida asistiendo a la ópera, aramndo exposiciones artísticas y participando de reuniones sociales. De hecho, hasta organizan una exhibición para visibilizar el sufrimiento de los migrantes de África.

La paradoja es hacer una exhibición de arte por los oprimidos en el África donde ellos no se ven por ninguna parte y pasar por alto el sufrimiento de los cercanos que desprecian o consideran idiotas. Aun cuando en sus palabras estas elites invitan al dialogo, se sienten muy cómodas en intelectualismos distantes de los que solo pueden participar personas como ellos.

En este sentido, Tomasz aparece al inicio de la película como uno de los vulnerables, que aunque no se encuentra en una situación de miseria, solo tenía su lazo emocional con la familia. 

Para él, solo bastó un error (hacer plagio en un ensayo de la universidad) para que su proyecto de vida se fuera a la basura. Mientras tanto, Gabi, sin esforzarse y equivocándose mil veces, puede acceder a las mejores universidades y realizar pasantías en lugares como el MOMA.

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Más adelante, Tomasz dirá: “es la única forma de hacerlos escuchar. Ellos siempre miran con menosprecio a gente como nosotros. Nosotros somos víctimas de las circunstancias. Todo lo que toma es equivocarse una vez, y ya es suficiente, para ellos siempre serás un don nadie ¡Yo no soy un don nadie!”.

Es en este contexto de frágil integración es donde el lenguaje del supremacista adquiere adeptos, aquellos que buscan desesperadamente un cambio de una sociedad que los excluye. Las campañas de marketing forman ideas simples que no buscan la grandilocuencia intelectual.

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Mientras las muestras artísticas de sensibilización solo pueden ser entendidas por las elites intelectuales, las campañas de redes sociales construyen sus mensajes para ser masivos y que las personas puedan interpretarlos como quieran. Es un lenguaje común en Internet que, como nos enseñó Cambridge Analytica, favorece imágenes impactantes y mensajes que produzcan emociones fuertes.

Todo lo financian, desde luego, los grandes capitales. Hacia el final de la película Tomasz le dice indignado a un colega de la agencia: “No podemos servir a los competidores de nuestros clientes”. A lo que su colega responde: “Podemos hacer todo”. El capital no tiene ideología, género o religión. Para estas compañías no hay una gran diferencia entre acabar la reputación de una influenciadora fitness o direccionar las olas de odio contra un grupo político.

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Los lenguajes políticos en Internet están lo suficientemente estandarizados como para que sea posible repetirlos sin pensar o creer en ellos. Es ampliamente conocido que las redes sociales nos muestran contenido con el que simpatizamos, ¿cómo vamos a cuestionar el contenido que vemos si lo que recibimos es acorde con nuestra visión del mundo?

Internet ya no aparece aquí como un reino separado del mundo o como realidad alternativa del tipo Matrix. El racismo, clasismo, xenofobia, homofobia, etc. se vuelven medibles.  En el fondo, esta película es un llamado a la izquierda intelectual y clasista, preocupada por el dolor lejano pero ciega al cercano, a reconocer cómo ella es también cómplice de la exclusión y producción de los grupos extremistas.

Es un ejercicio que desmonta el discurso que plantea que la causa de nuestros males es una amenaza externa, y nos muestra que son esas formas excluyentes de relacionarnos las que producen esos males. ¿Son nuestras emociones realmente nuestras? ¿Hasta qué punto se puede gestionar las emociones de los otros? ¿Por qué nos indignamos, de qué manera nos indignamos, contra qué nos indignamos?

 

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