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“La casa de Jack”: el roast yourself de Lars von Trier

Lars von Trier demuestra en su última película que es el verdadero Avenger.
La casa de Jack
La casa de Jack
Por
Juan Pablo Castiblanco Ricaurte

Lars von Trier vuelve al cine con una película que, más allá de hacer el perfil de un asesino en serie en Estados Unidos, es un discurso sobre los límites del arte. En tiempos donde nos preguntamos si músicos, escritores, actores o cineastas también tienen que estar alineados con las luchas sociales, La casa de Jack llega para cuestionar todo lo que considerábamos correcto. Ah, y además es un prolongado desquite de von Trier a las críticas y censuras que le han hecho.¿Alguien dijo venganza?

Por: Juan Pablo Castiblanco Ricaurte // @KidCasti

El 3 de junio de 2016 el youtuber estadounidense Ryan Higa destapó una caja de Pandora al hacer el primero de muchos videos que se ubicarían bajo la etiqueta de Roast Yourself: canciones en las que estas neocelebridades digitales volteaban los insultos que la gente les dejaba en sus videos para armar una rima que se burlara de las críticas. Podría verse como una estrategia de superación personal del estilo “lo que no te mata te hace más fuerte”, y en algo tiene sentido si se tiene en cuenta la desbordada cantidad de odio que abunda en las redes sociales. Pero a la vez, los Roast Yourself expusieron a una generación narcisista y carente de autocrítica que, apoderada de los micrófonos que les han dado Instagram, YouTube, Twitter y Facebook, siempre creerá estar en lo correcto y no asumir responsabilidades por las opiniones expuestas en público. (¿Alguien dijo Kika Nieto o Isabela Wills?)

Lo mismo le está pasando Lars von Trier, un tipo mucho más viejo que los youtubers pero quien con su más reciente estreno La casa de Jack (y hay rumores de que será el último) ha hecho lo mismo que los youtubers en sus Roast Yourself: justificar sus excesos de incorrección política y provocación, en ocasiones vacíos y lanzados con el único propósito de escandalizar, y aplastar a sus críticos. Eso sí es venganza, los Avengers qué.

En ciertos tipos de cine el director, su personalidad y sus ideologías no permean la película y se limitan a llevar su trabajo como el conductor de un bus público que tiene que conducir su vehículo de patio a patio. Pero en otros casos es imposible separar al autor de su obra y los largometrajes terminan siendo discursos sobre la vida y la sociedad. Tal es el caso del danés von Trier, nacido en 1956, y que en 1995 sacudió al mundo junto a su compatriota Thomas Vinterberg al fundar el movimiento Dogma: una iniciativa que quería “purificar” al cine, quitarle los costosos efectos, promover historias más reales y generar un diálogo directo con los públicos. Desde entonces el mundo conoció en von Trier a un personaje desafiante que, si bien luego abandonó las pretensiones formales de Dogma, siguió creando aclamados y premiados trabajos que se guiaban por una línea común: señalar lo jodido que está el mundo en el que vivimos.

Su visión pesimista se convirtió en un sello inconfundible en clásicos como Rompiendo las olas (1996), Bailarina en la oscuridad (2000, protagonizada por Björk), Dogville (2003), Anticristo (2009) o Melancolía (2011). Pero poco a poco su nihilismo lo convirtió en una caricatura de sí mismo, sus entrevistas revelaban un personaje que botaba ideas polémicas sin mayor fundamento, y se terminó clavando en el 2011 cuando, en una rueda de prensa en el Festival de Cannes, dijo que simpatizaba con los nazis. En una pregunta que nada tenía que ver con su respuesta, von Trier dijo que entendía a Hitler, que simpatizaba con él sin que lo considerara una buena persona, que Israel actualmente es un dolor de cabeza para el mundo, y que admiraba al ministro de guerra nazi Albert Speer. Aunque varias veces trató de enderezar su discurso, tiró algunas frases de humor negro y hasta el moderador de las entrevistas intentó salvarlo, von Trier quedó marcado como una “persona no grata” para Cannes hasta el 2018.

Aunque von Trier se disculpó y dijo que no había podido armar su idea, el rótulo de exiliado se le volvió otro chiste más del cual enorgullecerse. Cuando presentó su siguiente trabajo, Ninfomanía (2014), en el Festival de Cine de Berlín, von Trier lució una camiseta negra que decía “persona no grata”: algo así como que un día Samuel Moreno luciera una gorra que dijera #TeamNule, Álvaro Uribe una camiseta estampada con la palabra "Chuza-DAS" o Andrés Felipe Arias tuviera una chaqueta con el logo de Agro Ingreso Seguro. El cinismo hecho espectáculo.

Hasta este punto uno podría concederle a von Trier el beneficio de las libertades que se toman hoy en día los artistas para hacerse prensa y lograr que la sociedad hable de su obra, bajo el popular pensamiento de “es mejor que hablen mal, pero que hablen”. ¿O acaso Carlos Vives no fingió el robo de su bicicleta o que una fanática se había subido a tarima a darle un beso para promocionar sus canciones? Pero al ver La casa de Jack, hay que cuestionar el chiste y revisar tres posibles escenarios.

O von Trier de verdad cree en la belleza del genocidio.
O es un cínico que se burla de todo al límite. #RoastYourself
O es un pacifista y humanista incomprendido.

La casa de Jack¸ como su predecesora Ninfomanía, es el perfil de un personaje dividido en capítulos y que está confesándose ante un psicólogo/psiquiatra/ángel de la muerte. Jack es un asesino con síndrome obsesivo compulsivo que en el lapso de diez años mata a 61 personas. La película se detiene en asesinatos puntuales y los intercala con intensas reflexiones donde se exalta la belleza de lo salvaje, del caos y de la violencia, al punto de elevar el asesinato a un arte que tiene su ética y orden –no en vano el alter ego de Jack es "Mr. Sofisticación"–. Los distintos crímenes que se muestran no son insinuados ni maquillados, sino que se despliegan con una mezcla de horror, coreografía teatral y armonía estética. Al espectador le toca ver de frente lo feo, está obligado a presenciar lo que no quiere, desde golpes secos y brutales, hasta extensas agonías de las víctimas.

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Pero a pesar de que esto es lo que se ve, de lo que trata la trama, La casa de Jack es más que el perfil hollywoodesco de un asesino en serie, como tal vez lo haría David Fincher, Martin Scorsese o Steven Spielberg, sino que es un manifiesto sobre los límites del arte puestos desde la moral, la política y/o la religión. En un momento Jack dice “matas el arte al imponer tu criterio moral de la vida, que quiero liberar porque el arte es tan vasto que nunca lo entenderemos”. Aún está fresco el debate de J Balvin y su apoyo a Chris Brown, y no tan lejos está la discusión sobre si Niña errante es una película misógina o no, que nos recuerdan que, en estos tiempos de intensas reflexiones sociales, el arte y los artistas no están por encima de las leyes sociales ni sus deberes como ciudadanos y también son objeto de vigilancia. Esta pregunta no es nueva y si nos ponemos ñoños podríamos remontarnos a las discusiones sobre la estética desde Kant para entender dónde están los límites entre el gusto y la moral. Ahora, cuando la sociedad y los individuos se están revisando a sí mismos, el arte no queda exento de este tipo de análisis.

Von Trier, la “persona no grata”, es un crítico pesimista de la sociedad, de sus injusticias y sus líderes. La sociedad es perfilada como un colectivo maligno y cruel que, en situaciones de tensión, se desborda y despedaza a los más débiles. Un retrato constante de la supervivencia del más fuerte. Las primeras declaraciones del cineasta sobre La casa de Jack indicaron que estaba inspirada en la figura de Donald Trump y su limitadísimo criterio. Sin embargo, von Trier no se quedó contento con desnudar la doble moral, la corrupción y la indolencia, y armó una venganza de 155 minutos contra los que lo censuraron y lo acusaron de llevar su cine al límite de lo permitido.

¿Es un filme malo por mostrarnos lo que no queremos ver, como asesinatos premeditados y torturas? ¿Es una canción mala si defiende comportamientos rechazados como la violencia contra mujeres, niños, minorías étnicas o limpiezas sociales? ¿Dónde está el límite de los permisos de los que puede gozar el arte y los artistas?  Durante toda la película Jack –el asesino, pero también el que suponemos es el alter ego de von Trier– dialoga con Verge, quien a su vez es una representación del poeta Virgilio, autor de piezas fundamentales del Imperio Romano 50 años antes de Cristo. Además de ser célebre por ser el personaje que guía a Dante por los círculos del infierno en La divina comedia, Virgilio también fue el autor de La Eneida, un poema que glorificó los orígenes de Roma por encargo del emperador Augusto. Antes de su muerte Virgilio quiso quemar su obra porque no quería que hiciera parte de una propaganda política.

La casa de Jack se vuelve un diálogo entre Verge, cuyo principal pero endeble argumento es que no puede haber amor sin arte, y Jack, admirador de la belleza de la violencia y que dice “un artista debe ser cínico y no preocuparse por el bienestar de los humanos ni de dioses en su arte”. Ese cinismo es la clave en la que se debe ver para no sufrir en escenas como en la que Jack se maravilla ante el diseño del avión alemán de combate Stuka, lo considera un icono de arte extravagante así como son íconos dictadores responsables de genocidios como Hitler, Mussolini, Stalin o el camboyano Pol Pot.

Calificar La casa de Jack como una película buena o mala es ver en su forma más limitada este confrontador ensayo visual que reivindica toda la obra de von Trier. No en vano hay fragmentos de sus anteriores trabajos en una defensa altanera ante las críticas de misógino o excesivamente cruel. Hay que tener mucho callo, eso sí, para no ofenderse con sus insinuaciones (¿retorcidas parodias del machismo?) de que la violencia a la mujer se da por la provocación de las mismas mujeres, cuando Jack se lamenta de que los hombres siempre son los culpables y las mujeres siempre son las víctimas, o cuando Jack dice “algunas personas afirman que las atrocidades que cometemos en la ficción son los deseos internos que no podemos cumplir en nuestra civilización controlada. Así que son expresados a través del arte. No estoy de acuerdo. Creo que cielo e infierno son lo mismo. El alma pertenece al cielo y el cuerpo al infierno. El alma es razón y el cuerpo es todas las cosas peligrosas, como el arte y los íconos”.

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