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‘Monos’: un salvaje acercamiento a la universalidad de la guerra

Una película inusual sobre la guerra en un país en el que la guerra se volvió paisaje.
Reseña Monos, cortesía prensa Monos
Reseña Monos, cortesía prensa Monos
Por
Fabián Páez López

Una visión onírica de la guerra. El conflicto desde su lugar más humano, desprovisto de la bruma política. “Una película que viaja al corazón de los miedos que nos mantienen separados”. Monos inaugura una nueva forma de ver y pensar en conflicto colombiano desde el cine.

Por Fabián Páez López @davidchaka

Como es costumbre en la promoción de las películas en casi todo el mundo, suele incluirse en las piezas publicitarias una lista de citas cargadas con elogiosos adjetivos que funcionan a modo de descripción de la obra en cuestión. Se usan, usualmente, los comentarios que, además de elogiosos, vienen firmados por algún crítico o medio referente, de preferencia noratlántico. Casi siempre resultan siendo un compendio de descripciones más bien genéricas, casi siempre son ignorados. Pero en este caso dan ganas de coleccionarlos, sumarlos, confrontarlos y ponerlos a rodar. No por sumarse a la ola, sino porque, con seguridad, Monos ocupará un lugar como una de las películas más significativas en la filmografía colombiana.

Luego de que la película, la tercera en el repertorio del colombo-ecuatoriano Alejandro Landes, hiciera el tradicional recorrido por los festivales del mundo (Sundance, Berlín, San Sebastián, London Film Festival, Ficci, etc.), fue acumulando una cantidad particular e inusitada de adjetivos. Inusitados, en parte, para tratarse una película colombiana. Pero inusitados, sobre todo, para una película de su género: una película colombiana sobre la guerra.

Críticos, artistas, medios, directores y actores de todo el mundo que la vieron antes de su estreno al público, atestiguaron en masa que era una obra refrescante, intensa, vivida, irreal, poderosa, descarnada, abrumadora, tensa o inquietante. ¿Cómo cabe todo eso en una historia que transcurre entre el páramo y la selva, entre trincheras y camuflajes? ¿Cómo experimentar esas sensaciones si los que están en frente son una cuadrilla de ocho niños? ¿Cómo es que una película genera lo que la misma guerra no ha generado en el país?

Alejandro Landes logró construir una visión muy particular, onírica y casi que fabulesca, sobre un tema instalado en el pensamiento de cualquiera que haya crecido en Colombia, la guerra. Recorrió la truculenta geografía del país, siguiendo el camino del agua, del páramo a la desembocadura del río en un ambiente selvático, para mostrar muy de cerca cómo es criarse en el corazón de un conflicto más truculento y salvaje que la misma jungla.

La narración de la historia es asfixiante por donde se le mire. Los protagonistas son una manada de adolescentes, convertidos en cuadrilla, cuya misión es cuidar de una rehén extranjera. Son el escalafón más bajo en la jerarquía del uso de las armas. Están en entrenamiento. No solo para la guerra, sino para vivir. Juntos forman un microcosmos social con sus propios ritos, juegos, jerarquías y lealtades. Juntos tienen que aprender a gestionar la violencia, el dolor propio e incluso el que ocasionan. El acercamiento es visualmente sobrecogedor y está ambientado de forma muy precisa por la música de Mica Levi.

Aunque es inevitable desconectar la película del contexto del conflicto colombiano, las forma en que se cuenta la historia propició un quebramiento en las nociones de tiempo y lugar.

“Todos hemos vivido la violencia. En Colombia y en Latinoamérica es imposible no vivirla. Yo quería abordarlo de una manera distinta en el sentido de que la violencia que ves en la película es tan fuerte tanto para la víctima como para el victimario. Tú ves en la cara de los personajes, incluso cuando son ellos mismos los que ejercen la violencia, los efectos sobre ellos. La película viaja al corazón de los miedos que nos mantienen separados. ¿Qué pasa con aquellos que dejan las armas? ¿Qué pasa con los que siguen allá, peleando? Y eso pasa en un mundo en que las alianzas están cambiando. Es un conflicto con líneas borrosas. Hay como una bruma de guerra, y por eso no quería abordar una postura ideológica, sino ante todo humana”, cuenta Alejandro Landes.

Fue todo resultado de un trabajo inmersivo que recogió historias de conflictos en todo el mundo y en todas las épocas para abordar ese carácter universal de la guerra. Desde Chechenia, Siria, Crimea o Irak hasta Colombia. El trabajo fue apuntalado con una selección actoral que pasó por la preselección de 30 chicos entre un casting de 800. Los preseleccionados convivieron juntos en un campamento de actuación y entrenamiento militar. De allí, fueron escogidos a manera de “elenco coral”, pues no solo se prestaba atención a la actuación, sino a la interacción y a la formación y al modo en que se armaba una microcomunidad. El rodaje, que siguió el curso del agua, significó también una inmersión absoluta en el mundo de Monos.

La película, ya disponible en las principales salas de cine del país, es una de las inmersiones más fascinantes y tensionantes en la universalidad de la guerra.

 

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