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'Niña Errante', las 4 babys y la censura en el cine

El 4 de abril se estrenó en salas 'Niña Errante', la nueva película de Rubén Mendoza. Un filme colombiano que hay que ver por estos días.
Niña Errante - Diafragma -Cortesía Black Velvet
Niña Errante - Diafragma -Cortesía Black Velvet
Por
Fabián Páez López

Luego de las funciones promocionales de la nueva película de Rubén Mendoza, Niña Errante, en el marco del FICCI, se armó un debate entre críticos y directores. La representación de la mujer, la mirada del crítico, la corrección política y la ética en el cine se convirtieron en el centro de la disputa. Y por encima de las discusiones conceptuales, desbordando la industria, apareció la censura.

Por Fabián Páez López @davidchaka

Contada en breve: Niña Errante es la historia del viaje de cuatro hermanas que, aunque tienen un lazo sanguíneo son prácticamente desconocidas hasta que las une el duelo: la muerte de su padre. Para Ángela, la hermana menor, huérfana de madre desde su nacimiento, la muerte significó la disolución de su único vínculo familiar. Para las tres hermanas mayores, casi-treintañeras e hijas de diferentes madres, el padre siempre fue una figura ausente.

Juntas atraviesan la curvilínea y trajinada geografía colombiana para llevar a su hermana menor a un nuevo hogar. En ese recorrido, que para Ángela supone también una especie de reconocimiento en el Otro femenino, se produce también un hermanamiento, un acelerado rodaje de experiencias compartidas.

La cinta (en salas desde el 4 de abril) no solo significó para el director colombiano Rubén Mendoza ser su sexto largometraje o su primera obra completamente de ficción con actores no-naturales, sino también su aterrizaje en un territorio desconocido; un territorio en el que la crítica cinematográfica se encargó de recibirlo con acusaciones (a veces desbordadas de la obra) sobre la compleja relación entre la representación y “la feminidad”.

En las notas del director, incluidas en el kit de prensa de la película, Rubén Mendoza reconoce el conflicto de ese acercamiento, como el del Antropólogo inocente que entra y sale de una comunidad lejana cargando en su mochila, inevitablemente, las predisposiciones del extranjero.

“Si la piel es la frontera del cuerpo pensándolo como territorio, como un país, esta es la película de un extranjero que se nacionaliza, o de un ignorante que se acerca a aprender algunas lecciones, tratando de evitar la palabrería, asintiendo en silencio. Mi cuerpo de hombre, desde que nací, es asignado por tal motivo a ventajas sociales establecidas por siglos de patriarcado en la cultura que me tocó en suerte. Al mismo tiempo, el cuerpo de mujer, ha sido automáticamente relegado a un camino distinto, de cuidados aparentes, pero de evidentes recortes de sus libertades, de lecturas manidas y amañadas de cómo debe ser y cómo debe comportarse, y qué puede y qué no puede intentar, decir, y cómo, y con qué ropa, y con qué fuerza”, dice Rubén como introducción al texto personal que acompaña su película.

Una primera interpretación puede desprenderse de ese reconocimiento, pues implicó que el guion fuera construida de tal forma que cada que aparece un personaje masculino sea como detonante de un acontecimiento traumático: el padre, como figura ausente; los hombres del pueblo, como potenciales violadores; el mecánico, como acosador. Un elemento que se ha mencionado poco en las reseñas previas y que da forma también a la visión del autor.

¿Qué dijeron los críticos de la película?

Para los críticos más incisivos, las cuatro hermanas de Niña errante se convirtieron en algo así como las Cuatro babys de Maluma; en el objeto de deseo del director, la encarnación de un mal estructural. Un tema señalado en publicaciones de Facebook y columnas de prensa como un caso de machismo “evidente”, pero con evidencias que, por lo menos, están a la espera de ser puestas dentro de un campo de reflexión más amplio y reflexivo sobre los conceptos. A Rubén Mendoza se le diagnosticó como individuo con un “problema” de mirada sobre “lo femenino”.

En una columna publicada por la editora de Revista Arcadia, Sara Malagón, se hace un recuento de los juicios emitidos sobre la cinta después de la función de prensa. Especialmente, sobre los comentarios de Facebook de dos firmas con cierta visibilidad mediática dentro del campo del cine colombiano: Pedro Adrián Zuluaga y Carolina Sanín.

En un post de Facebook Carolina Sanín afirmó: “Uno ve Niña errante (…) y en un punto se pregunta si se está haciendo una apología de la violación. Luego termina de verla y se da cuenta de que no: lo que se hace con la película es la violación misma. Esta película abusiva, perezosa, embotada, sin otro contenido que la expresión del poder de su director y sin otra estética que la de una morbosa propaganda de calzones para adolescentes, inaugurará el Festival de Cine de Cartagena: un festival de un país doliente, atrasado y miserable que odia a las mujeres…”

Pedro Adrián Zuluaga, profesor y crítico de Arcadia (y quien, por cierto, también fue curador del FICCI) dijo en Facebook que era “una película para la cual el cuerpo femenino es un territorio a ser asaltado por el placer masculino”; en otro post, también comentó que “Lo problemático de Niña errante es, como decía Nabokov, ‘reproducir el orden de las cosas’, afirmar la convención y el orden del hombre que mira porque es su derecho y la mujer que es objeto porque es su razón de ser, y no criticar ese orden, naturalizarlo, trivializarlo, no proponer otro orden posible, o al menos una grieta en el sentido del orden admitido. Seguir ciega, irreflexivamente la norma social y cultural. El arte siempre tiene que ver con el deseo, pero también es una reflexión sobre el deseo, no el deseo en bruto”. No sobra decir acá que Nabokov fue, ni más ni menos, que el autor de uno de los títulos más controversiales y censurados del siglo pasado, Lolita.

En la columna de Sara Malagón se le atribuyen las molestias al tratamiento de “lo femenino” no por la exposición de los cuerpos ni por la “incorrección política”, sino a los “prejuicios repetidos de lo femenino: la intimidad, la intimidad compartida (que por alguna razón se expone como natural y desenfadada, pero que al mismo tiempo no deja de ser sexual para quien la ve) […] O el cuerpo femenino visto como territorio de posibilidades, como símbolo de la fertilidad”.

Este compendio de críticas no se trata, de ninguna forma, de algo que se pueda masticar fácil y ser apreciado por todos de la misma forma. Hemos de suponer que los comentarios hacen referencia a las escenas en las que las jóvenes aparecen desnudas. En especial, a un momento onírico, que en efecto pareciera gratuito, en el que se hace una toma cenital de las hermanas en calzones. (Algo que no pasa, sin embargo, en el otro momento de ensoñación, una de las tomas visualmente más interesantes: cuando una excavadora destruye un piano, instrumento que solía tocar el padre de las hermanas).

Desde luego, estos comentarios hay que situarlos en el campo de poder que supone esa todavía muy pequeña parcela de la producción cultural que es el cine colombiano. Una parcela con capitales limitados y compuesta por varios agentes que abarcan a la crítica, directores, distribuidores, etc.

Solo pensando en ese campo, donde la posición del autor tiene más valor que la película, se puede hilar más fino y asumir, por ejemplo, que la crítica responde también a la expectativa que generó Rubén Mendoza después de su anterior película, Señorita María, la falda de la montaña. Una cinta aclamada por razones completamente opuestas a las que hoy se le cuestionan. También que muchos de los cuestionamientos son sobre lo que "no" es su obra y descuidan lo que sí es. 

Sin embargo, hay que reconocer también que este fue un filme construido sobre la misma base de la crítica. En la nota de prensa citada anteriormente, Rubén sitúa su mirada en el privilegio. Además del reconocimiento de las estructuras patriarcales que lo atraviesan, hay que notar que Rubén hace dos tipos de pactos para acercarse (para representar) a la mirada del Otro (la de las mujeres protagonistas).

Primero, como dijo en varias entrevistas, intentó rodearse de mujeres y actrices feministas para construir la historia. Segundo, en un plano mucho más abstracto, al tratar de tomar una serie de significantes de lo femenino e intentar darles sentido en la película. Y fue allí donde salió a la luz esa irrompible visión del extranjero inocente. (Que podría, incluso, venir de parte de una directora mujer, pues la cercanía o la familiaridad con el otro no es, de entrada, un atributo que permita reconocer las estructuras; al contrario, pueden hacerlas más imperceptibles).

Como dato curioso, hay que ver cómo, fuera de la parcela, la cinta recibió críticas tan disimiles. De hecho, ganó el premio a Mejor Película de Ficción en The Colombian Film Festival en Nueva York; los premios a Mejor Película y Mejor Música en el Festival Internacional de Cine de Tallinn, Estonia; y uno de los premios colaterales del 40 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, en Cuba. Además, recibió comentarios de apoyo de Luis Ospina, director colombiano quien, también a través de sus publicaciones en Facebook, salió en defensa de Rubén Mendoza y acusó a la crítica de inquisitoria.

La censura y la lucha por la corrección propia

Desde luego, el debate que proponen los críticos es saludable dentro de los límites del campo de la creación artística y la reflexión política. Sobre todo ahora que la crítica se turna entre ser tan sosa como los comentarios deportivos de Faryd Mondragón o tan pretenciosa intelectualmente como Jenny Ambuila con las marcas de alta gama; ahora que todos puntúan y opinan sobre restaurantes, bares, canciones y películas en internet, hasta el punto que parece desvanecerse cualquier intento de ejercicio intelectual serio. No obstante, a pesar de todos sus esfuerzos por hacerse visibles, la institucionalidad desbordó los debates sobre el género y la representación. El caso de censura no ocurrió entre algunos críticos y director, sino luego. El poder se manifestó. 

En su columna en Arcadia sobre Niña errante, Pedro Adrián Zuluaga puso en el mismo plano el discurso de Rubén Mendoza en el marco del FICCI con el de la censura institucional. Según Zuluaga, cuando el director afirmó que “La dictadura y la tiranía del pensamiento desde donde venga, por más progresista que se finja, no vale la pena…”, estaba haciendo un guiño al desprecio por la libertad del otro.

En el ámbito del cine, unos se debaten entre una mirada más o menos correcta sobre cierto tema. Pero mucho más violenta resultó la respuesta institucional. Respecto a las críticas que hizo Rubén Mendoza a la actual política cultural del gobierno, en el mismo discurso, el FICCI se manifestó con un comunicado que decía: "No compartimos la utilización de este espacio [la inauguración del FICCI] para promover agendas que les resten protagonismo a las oportunidades de encuentro que este festival propicia para beneficio de toda la comunidad cinematográfica". Una respuesta violenta no solo por el tono de censura, sino por la posición de poder de quienes están detrás de ese comunicado, porque recuerda mucho a los audios que se filtraron después de que Los puros criollos salieron del aire, en los que el entonces gerente de RTVC planeó deliberadamente el silenciamiento de uno de sus productos culturales por las opiniones de sus autores. A los pocos días del FICCI, Rubén fue bajado del bus de un festival por "cuestiones de papeleo".

El hecho, recuerda la reflexión sobre la distancia entre el pensamiento y el poder elaborada por el filósofo francés Alain Badiou, cuando relata la muerte de Arquímedes como un ejemplo de la falta de equidistancia entre el pensamiento y el poder. Sobre todo, porque, al fin y al cabo, ni la crítica, ni responder a la crítica, son un ejercicio de censura. La cosa cambia cuando hay poder de por medio.

“Mientras el matemático dibujaba una figura geométrica en la arena, un soldado romano se acercó para avisarle que el general Marcelus quería verlo. Como al matemático le importaban mucho menos las urgencias de Marcelus que terminar su demostración, obró en consecuencia y siguió dedicado a su tarea ignorando las órdenes del general. Tras interpretar su actitud como una ofensa intolerable, el legionario romano decidió poner fin a la vida de Arquímedes con un único golpe de espada…No hay medida común cuando el poder emplea la violencia y el pensamiento sólo responde con sus propias reglas”.

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