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Carta a Pékerman: el hombre que salvó a Colombia del desprestigio futbolero

No es pleitesía con el extranjero. Es agradecimiento a su proceso.
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Por
Álvaro Castellanos

Hola José. Esta carta es para agradecerle de corazón por convertir a la Selección Colombia en un motivo de orgullo nacional. Colombia, usted sabrá, es un país desigual, derechizado, frustrado y carente de alegrías. Y un referente como su Selección logró ocupar ese hueco de orgullo dejado por nuestras instituciones. Gracias a usted, José, Colombia es por primera vez en la historia una Selección de fútbol de élite, con amor propio y mentalidad ganadora. Ni con el Pibe y compañía lo habíamos logrado.

Por Álvaro Castellanos | @alvaro_caste

 Ese gol de Yerry Mina en el último minuto ante los ingleses es un gol de equipo grande. Ese gol, José, nos lo hicieron mil veces. Y ahora lo hacemos nosotros. ¿Ve por qué el país lo aclama? Porque gracias a usted hoy tenemos un equipo nacional grande, aunque sigamos debajo de los más importantes. Y digo “tenemos” porque, a pesar de que la Selección sea una empresa privada, sus victorias las apropiamos como nuestras.

¿Le sorprendió, José, ver a miles de colombianos saliendo a las calles de Bogotá cuando ustedes volvieron de su segundo Mundial? Sinceramente, a mí también. La Selección jugó un torneo flojo y no alcanzó a igualar lo de Brasil 2014, que era llegar a cuartos de final. Pero, pensándolo bien, la gente, el pueblo, se queda con su proceso. El país atesora su figura paternal, su paciencia, su sapiencia. Y su historia completa; ésa que comenzó en enero de 2012 cuando nuestros dirigentes barrigones lo fueron a buscar de afán para remplazar a Bolillo Gómez. Y no era pleitesía contra el extranjero; algo muy colombiano. Era apostarle a alguien de afuera ya que, con los de adentro, nunca escapamos del desprestigio. Y así, como plan B, como quien no quiere la cosa, en medio del camino, sin verlo venir, el azar y la gestión se juntaron para permitirle a usted comenzar una era inolvidable.

Si vamos a los números, José, su ciclo llega a 78 partidos, con 42 victorias, 20 empates y 16 derrotas. Su rendimiento arroja una tendencia súper positiva. Y ojo que no son números engañosos, porque marcaron dos clasificaciones consecutivas a Mundiales (la primera después de 16 años) y un quinto puesto inédito en Brasil 2014. Aún con esto, sería torpe si reducimos su desempeño a lo cuantitativo, porque lo cualitativo está por encima. Sus maneras, su figura paternal, su bajo perfil, la profesionalización de su cuerpo técnico. Su forma de trabajar. Desde el principio, usted y los suyos se alejaron de los periodistas. Basta de compartir hoteles y vuelos con ellos. De consultarles cómo formar para el siguiente partido. Esa chabacanería nos tenía enterrados en el desprestigio eterno. Y bien hicieron ustedes en blindarse del ruido de los micrófonos, muchas veces destructivo. Su relación con los medios, José, se redujo a ruedas de prensa, donde usted poco y nada decía. Y la publicación de sus convocatorias siempre fue a última hora; los viernes por la noche, para lograr que esos periodistas calvos y prehistóricos que todos conocemos tuvieran poco para destruir. ¿Decisiones antipáticas? ¿Decisiones odiosas? Qué importa, José, si los resultados hablaron por usted.

En estos seis años exitosos, mucho tuvieron que ver sus jugadores. Lógico. Sin jugadores no hay juego. Sería ridículo pensar que Pep Guardiola pueda sacar al Deportes Quindío campeón del Mundial de clubes. Los cracks se necesitan y los suyos, llámese Yepes, Falcao, Teófilo, James, Dávinson o Mina fueron los ejecutores finales de su gestión. Sin embargo, qué equivocados están los periodistas que aseguran que su éxito se debe exclusivamente a los jugadores. Tremenda falacia argumentativa. Según esto, cuando la Selección tuvo éxito no fue gracias a usted, pero cuando llegaron los malos resultados, sí fue por culpa suya. Por favor. Bien lo anota Alberto Salcedo Ramos. Algunos periodistas “pisotean cada noche la dignidad de futbolistas y convierten la magia del deporte en un lavadero de miserias”. Creo que esa frase también alude a los entrenadores.

Sin embargo, José, y usted lo sabe porque lo vivió con Argentina en el Mundial de 2006, todo tiene su final. Dijo una vez Gabriel García Márquez que el amor es eterno mientras dura, y aunque el agradecimiento y el cariño hacia usted vivirán por siempre, hay que admitir que su ciclo se fatigó. De hecho, si lo vemos con reflexión y autocrítica, características que a usted le sobran, estará de acuerdo conmigo que el desgaste viene desde su segunda eliminatoria. Y llegado el Mundial, la tendencia se agudizó. Contra Japón usted se jugó con un Once experimental, exótico. Con Murillo, Lerma e Izquierdo de titulares. ¿Por qué inventar tanto en el debut de un Mundial? Todo me indica, José, que su intuición, sus apuestas, sus pálpitos, antes infalibles, comenzaron a convertirse en equivocaciones.

Es mezquino, de acuerdo, opinar con el periódico del día siguiente, pero entienda también que esto es una catarsis de un hincha del fútbol que se quedó con las ganas de llegar más lejos en el Mundial. Sobre todo, porque había con qué. Pero los errores no dejaron. Dejar fuera de la convocatoria a Edwin Cardona y Duván Zapata. La expulsión de Carlos Sánchez contra Japón. La sustitución de Cuadrado minutos después. Meter a Carlos Bacca para verle hacer sus caritas de frustración. El juego físico contra Senegal. Y las lesiones, no sólo de James, del ídolo, de la figura, sino la de Abel Aguilar, Miguel Borja y Cristian Zapata. Cuatro lesiones, José, no son coincidencia. De ahí queda la amplia impresión de que su cuerpo médico se equivocó.

Pero la decepción máxima vino contra Inglaterra. ¿Por qué jugar a empatarles, José? ¿Por qué sobrevalorarlos tanto? ¿Por qué destinar todos los recursos a desconectar su generación de juego? ¿Por qué esa línea de tres en contención? ¿Por qué aislar a Cuadrado, Quintero y Falcao? Era Inglaterra, no los Chicago Bulls de Michael Jordan. En palabras del escritor y cineasta argentino Eduardo Antin, los ingleses “son jóvenes, inexpertos y estuvieron muy lejos de ser un enemigo poderoso. Son más bien un equipo tibio, doméstico con algunos jugadores destacados y un goleador”, refiriéndose a Harry Kane, que nos anotó de penal en el estadio del Spartak de Moscú y nos obligó a cambiar el libreto. Y sí, aun con eso, alcanzamos la prórroga y los penales, pero no por mérito colectivo, sino por el rol épico de Yerry Mina, cuyos cabezazos goleadores solaparon la inoperancia ofensiva de Colombia durante todo el Mundial. Nuestro ataque sólo funcionó en la victoria sobre Polonia. Imagínese, José, haber llegado a cuartos de final y enfrentar a Suecia. Se nos fue una oportunidad única.

Pero vuelvo a lo mismo. Como dice Jorge Dréxler, amemos más la trama que el desenlace. Por eso pongo el agradecimiento por encima de los errores. Verlo a usted en esa tanda de penales, tapándose la cara con una mano, y apoyando la otra en el hombro de José Fernando Cuadrado, es una postal que conmueve. Una tanda de penales es emocionante, a menos de que el equipo de uno los esté pateando. Y ahí estaba usted, igual que todo el país, vulnerable frente a la agonía de unos penales que pudieron evitarse. Destaca Martín Caparrós en un perfil que escribió sobre su vida cómo en 1978 usted tuvo que volver a Buenos Aires y pintar de amarillo y negro el Renault 12 de su hermanoSus lesiones lo llevaron a acabar su carrera como futbolista antes de los 30 años y a convertirse en taxista. Pero con la crisis llegó la oportunidad y usted se embarcó en diferentes estudios de kinesiología y educación física, y terminó como entrenador. Su trabajo, resiliencia y humildad lo llevaron a alternar el taxi con el trabajo en cuerpos técnicos de equipos como Chacarita y Argentinos Juniors, para dedicarse luego de lleno dirigir con éxito las selecciones argentinas Sub-17, Sub-20 y Sub-23, hasta escalar a la de mayores.

Como seleccionador de Argentina en Alemania 2006, el periodismo de su país todavía le cobra por sus decisiones en el juego de cuartos de final contra los anfitriones, que los eliminaron también en los penales. Dejar a un joven Messi en el banco. Prescindir de Riquelme y quedarse sin creación de fútbol. Y cambiar a un delantero de nivel como Crespo por otro más secundario como Julio Cruz. Tal vez, como pasó en Rusia 2018, su ciclo se estaba agotando. Pero yo sé, José. El puesto de técnico es a veces tan ingrato como el de los arqueros. Y usted sí que lo ha sufrido. En todo caso, quédese tranquilo que por lo menos acá en Colombia lo recordaremos por siempre como el mejor conductor que ha tenido nuestra Selección de fútbol, incluso a pesar de permitirle a Bacca patear el quinto penal contra los ingleses.

 

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