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Cuando el odio nos une: ídolos del fútbol que nos alegran con sus derrotas

Un top 10 con los futbolistas que se merecen las puteadas
Por
Álvaro Castellanos

Por Álvaro Castellanos | @alvaro_caste

Simuladores, sobrevalorados, malos tipos o todas las anteriores. Porque el odio muchas veces une más que el amor, acá va un sentido top-10, una cálida diatriba contra esos ídolos futboleros que bien merecidas se tienen las puteadas que reciben.

10. Zlatan Ibrahimovic

Su aparición en esta lista pegó en el palo y se metió adentro. Zlatan es un mago, un tipo diferente, súper carismático, pero desde hace tiempo se lo devora un peligroso personaje construido por él mismo. Empezó como un delantero alegre, potente y habilidoso que podía sacarse a seis rivales y anotar golazos de todos los colores que siempre figuraban entre los mejores del año. De hecho, hasta el presente mantiene su clase. Pero con los años comenzó a humillar rivales, a tirarles patadas voladoras y a ocupar titulares con frases cada vez más dementes. Sobre quedar eliminado de Brasil 2014: «No vale la pena ver un Mundial sin mí». Cuando le preguntaron por el Balón de Oro: «No necesito ningún trofeo para saber que soy el mejor». Sobre su salida del PSG: «Me quedo si sustituyen la Torre Eiffel por una estatua mía». Cuando su esposa cumplía años: «No necesita nada. Ya tiene a Zlatan». Y, una más, sobre su enemistad con Guardiola. «Soy un Ferrari y me conducía como un Fiat». Al gran Ibra se le abona que da respuestas novedosas, que habla sin el casete puesto, a diferencia del 99 por ciento de los futbolistas, pero está claro que se fue al carajo con la arrogancia. Además, es un toque jugado asegurar esto, pero difícilmente aparece en un partido que importe de verdad. En los Mundiales y la Euro, poquísimo, y en la Champions, tampoco.

9. Mario Balotelli

Si no es el futbolista más desesperante del mundo, pega en el palo. De papás africanos, pero nacido en Roma, este extraño hombre está en capacidad de hacer golazos geniales, pero también de colmarle la paciencia al Papa, al Dalai Lama, a cualquiera. Algo le pasa en la cabeza. Tiene los cables cruzados, chamuscados, porque sus actitudes son imposibles de entender. Tal vez su niñez, pasada por pobreza y enfermedades, tenga que ver con el comportamiento infantil que nos fastidia tanto, el mismo que lo hizo prenderle fuego a su propia casa en Manchester, tras ponerse a jugar con pólvora; o a comerse un gol con el arco rival solo, por inventarse una pisadita y un remate de taco. Apenas hizo este gazapo, su DT del momento, Roberto Mancini, lo sacó de la cancha y le metió tremendo vaceadón por irresponsable, por inmaduro. Irse a los puños por patear un tiro libre, no correr, quedarse sembrado en la cancha con la mirada perdida, atacar a sus compañeros con dardos filosos, trotar en los entrenamientos mientras revisa su iPad. Así es el demente «súper Mario» que, hoy, asilado en el Niza de Francia, todavía dice con todo el convencimiento que puede llegar a ser el mejor del mundo. «Cristiano Ronaldo y Messi en este momento son los mejores y no hay otro como ellos, pero si hago una buena temporada, concentrado y sin lesiones, no es para mí imposible ganar el Balón de Oro». ¿Qué?

8. Arjen Robben

Al holandés que hace tiempo juega en Bayern Múnich lo adornan cuatro características. La primera, es de esas personas que nacieron viejas. Tiene pinta de veterano desde que su carrera empezaba en PSV Eindhoven, con desgarbado semblante, pinta de asesor de fondo de pensiones y entradas súper pronunciadas, que rápidamente se convirtieron en calvicie. La segunda, se la pasa lesionado, así que, poco a poco, se ha ido refundiendo de nuestra memoria. La tercera, lo crack que es. Robben es rápido, inteligente, desequilibrante y no hace goles feos. Desde el primer gobierno de Uribe lo vemos picando por derecha, enganchando a la izquierda y depositando balones en el ángulo opuesto del arco rival sin que haya esquema que pueda evitarlo. Y la cuarta, la que nos atañe acá, lo «piscinero» que es. Robben hace honor a su apellido y vive robándose penales. Su piscinazo más épico tuvo lugar en Brasil 2014 cuando, en plena prórroga por los octavos de final, ejecutó un estético clavado ornamental dentro del área que se tradujo en penal, en gol, en millones de memes burlescos por redes sociales y en la clasificación de una Holanda que, por su juego, no debería necesitar de trampitas así para ganar.

7. David Luiz

Si David Luiz Moreira Marinho fuera colombiano, seguro que no superaba las fuerzas básicas del Atlético Bucaramanga. Es que está asquerosamente sobrevalorado gracias a su pinta «pibevalderramesca» y su pasaporte brasileño. Por eso fue al PSG y ha estado dos veces en el Chelsea. Pero aun así cuesta entenderlo. Si un equipo grande ficha a un defensa, el mínimo requisito para quererlo es que defienda bien, ¿no? Es lo lógico. No es mecánica de cohetes. Y David Luizito defiende muy mal. Es inseguro, aparatoso, sale y no vuelve, anda mal parado, habilita a los rivales en jugadas que deberían terminar en fuera de lugar. Todo muy mal. Paradójicamente, el Chelsea, donde David Luiz es habitual titular, es el equipo del momento en Inglaterra, pero no gracias, sino a pesar de él. Otro argumento de peso con el que este sonriente hombrecillo vende humo tiene que ver con los tres o cuatro golazos de tiro libre que anota al año. El más recordado, cómo no, el que sacó a Colombia del Mundial de 2014, justo antes de la masacre 1-7 contra Alemania, que este anti-crack tuvo que sufrir desde el terreno de juego.

6. Mauro Icardi

Su historia parece salida de un capítulo de «Tu voz estéreo». Llegó a Italia con 19 años a jugar en la Sampdoria y se hizo amigo de Maxi López, de 28, el otro delantero argentino del equipo. Mientras Icardi conseguía casa en Genoa, Maxi lo dejó quedarse en la suya, sin advertir que su esposa Wanda, voluptuosa mujer excedida de procedimientos, iba a comenzar a copular a escondidas con su precoz compañero. Poco después, Icardi botó a la novia, Wanda se divorció, comenzaron a andar juntos y el escándalo estalló. Icardi, tremendo goleador con todas las condiciones de la vida, sufrió un veto simbólico de la selección argentina por su «falta de códigos», y se ganó el desprecio del mundo del fútbol que, desde su cosmovisión machista, cree que Icardi es el único culpable de la historia, y la señora, al parecer sin voluntad ni decisión, ha salido convenientemente impune. Después se casaron, él se tatuó el nombre y la cara de ella en los brazos y estancó dramáticamente su nivel como jugador y su cotización internacional, al punto de que todavía no logra escapar del Inter de Milán, un equipo que hace tiempo juega horrible. Para completar, Wandita quiso quitarle a Maxi la custodia de los tres hijos que tuvieron; y hoy ya tiene otros dos con Icardi. Los medios, chupasangres, han cubierto este triángulo amoroso como si se tratara de la llegada del hombre a Júpiter, y alimentan el morbo cada vez Maxi le deja la mano estirada a Mauro cuando sus equipos se enfrentan. Al final, la peor condena para Icardi no es haberse cagado su carrera o aguantarse la sanción social que no lo baja de «traicionero». Es despertar cada mañana con la jeta de esa señora al lado.

5. John Terry

Dicen las mamás que «el ejemplo comienza en casa». Y en John Terry, esta «frase hecha» encaja perfectamente. Los familiares del capitán del Chelsea y tres veces mundialista con Inglaterra son unos sinvergüenzas impresentables. Terry ya era un futbolista mundialmente reconocido, famoso, y por ende millonario, pero ni eso apartó a su familia de su debilidad por los chancucos. Por eso su papá fue captado en video vendiendo cocaína frente al estadio del Chelsea; a su mamá y su suegra las agarraron robando en un almacén que patrocinaba a la selección inglesa; y su hermano organizaba tours ilegales en la concentración del equipo, sin tener consentimiento del club. ¿Con qué necesidad? No lo sabemos. Pero tal vez de ahí, del ejemplo que no le llegó de los taitas, Terry se graduó de patán en la vida. Su peor escándalo, que no son pocos (apuestas ilegales, borracheras, racismo), nos devuelve a 2009, cuando sostuvo amoríos con la novia de Wayne Bridge, compañero suyo en el Chelsea y la selección. Se dice que la dama quedó embarazada de Terry quien, muy amablemente, le preparó todas las diligencias del caso para abortar. No more comments.

4. Diego Costa

Hay futbolistas que necesitan jugar al límite, con la sangre caliente, para brillar sobre los demás. Le pasa, por ejemplo, a Luis Suárez, que por vivir con las revoluciones a full, hace milagros en una cancha, pero corre el riesgo de terminar expulsado o sancionado. A Diego Costa, el goleador brasileño-español del Chelsea, le pasa lo mismo, pero más y peor. El «Lagarto» (no por parecerse a Roy Barreras, sino por sus comisuras desproporcionadas), es un cafre inigualable que se agarra con todos. Con sus rivales, con sus compañeros, con sus técnicos. Es un vidrio en la media y es especialmente en los partidos importantes que se le sale la cadena. Chuza ojos, machaca tobillos, codea tabiques. Costa es experto, además, en irritar incluso a los rivales más pacíficos. Casillas o Gerrard han explotado con la mala leche de este mequetrefe que, en su defensa, no protagoniza escándalos fuera de las canchas, pero dentro de ellas es más nocivo que el bazuco.

3. Neymar

Hace años, el espectacular Martín Caparrós definió a Neymar como el máximo exponente de un estilo que llamó «fútbol foca»: es decir, hacer jugaditas maricas en la mitad de la cancha que nunca paran en nada. Sombreritos, túneles, gambeticas, pases sin mirar, fáciles para el aplauso, para el comercial de televisión, pero sin razón de ser. Jugadas que no aportan, que no generan riesgo de gol. «Neymar juega al fútbol foca, Xavi es puro fútbol», decía el genio de las letras con total acierto. Sin embargo, toca decirlo, el tiempo pasó, Neymar mejoró, su fútbol ya no es tan foca y hoy podemos decir que está entre los mejores del mundo. No entre los cinco, como la prensa dice, pero sí entre los 15 ó 20. Lo que no cambió es lo despreciable de su ser. Llorón, simulador, fastidioso, tramposo, ramplón, con toda suerte de peluqueados inmundos e, igual que David Luiz, verdugo de Colombia cada vez que juegan. A favor de él se puede decir que, en la peor época del fútbol brasileño, no es fácil llenar el vacío de Ronaldo, Ronaldinho, Rivaldo y Romario. Igual, eso tampoco excusa a Neymar de su pusilánime existencia. Es insoportable por donde lo miremos y não tem salvação.

2. Cristiano Ronaldo

En este punto de la vida, cualquier crítica que se le haga a Cristiano Ronaldo sonará redundante, gastada, por eso trataré de enfocarme en un solo aspecto: su egoísmo. El cuatro veces ganador del Balón de oro es agrandado, posudo, sobreactuado, llorón, narcisista, soberbio, pero sobre todo envidioso, egoísta. Un crack que empuerca a diario su talento y esfuerzo con todas las actitudes de mierda que nos puedan pasar por la cabeza. Remata como Batistuta, cabecea como Gerd Müller, corre como Usain Bolt y su definición es más impecable que la depilación de sus cejas. Pero, por las yagas de Jesucristo, ¿qué tanto vale todo eso cuando te emputas porque el gol de tu equipo no lo hiciste tú? Recientemente, el tal CR7 ha reaccionado así dos veces. Contra Athletic Bilbao en 2016, Morata, en vez de pasarle el balón, anotó un gol por su cuenta, ¿y qué hizo el caradura? ¡Le pidió al juez de línea fuera de lugar! Nunca antes visto. Incluso, por la misma época ya se había puesto bravito con Gareth Bale porque le «quitó un gol» al desviar un remate suyo al arco. En palabras del gran Juan Villoro, «Cristiano se ha vuelto famoso por no celebrar los goles en los que no interviene. Sus logros individuales están por encima del grupo. Su sed de triunfo comienza y acaba en sí mismo». Por eso a Messi lo comparan con Maradona y Pelé, pero a Cristiano sólo lo comparan con Messi. Es que los mejores de la historia están ahí, en ese pedestal, no sólo por lograr un brillo propio, sino por la disposición que tuvieron para que los demás brillen también. Y a Cris eso le vale tres hectáreas de verga.

  1. Agustín Orión

Mañoso, violento, mala-leche. Este criminal junta todos los méritos para ganarse este ránking. Quienes todavía siguen el moribundo fútbol argentino lo deben tener presente porque en los últimos años atajó en Boca Juniors, donde construyó una bonita amistad con los capos barrabravas de «La 12». Se sabe que en Argentina las barras violentas son organizaciones delincuenciales legitimadas por los equipos, que extorsionan, les piden «vacuna» a los jugadores, cobran porcentajes por sus fichajes, comparten ganancias por la venta de comida y de drogas en los estadios y se matan a balazos entre ellos. Y Agustín viene de ese mundo. Fue «barra» de equipos de poca monta como Midland y Colegiales y tal vez de ahí engendró el matón que lleva por dentro. Orión lesiona jugadores, tiene récord de expulsiones, divide camerinos. Se le quiere o se le odia, pero sobre todo se le odia. Que «la concha de tu madre» por acá; que «la concha de tu madre» por allá. Es un casete rayado de amenazas de muerte. Una de las primeras malas referencias que tuvimos de este atarván, que hoy tapa en Racing, nos llegó hace casi una década, cuando puso entre ojos a Falcao luego de un choque fortuito que tuvieron en una jugada. De ahí en adelante, en cada River-San Lorenzo, Orión le tiraba patadas asesinas para arrancarle la cabeza, abrirle un agujero o lesionarle una rodilla. «La próxima te rompo todo, ¿escuchaste? ¡Te arruino!», lo amenazó una vez en un testimonio que quedó grabado, como si al pobre Radamel le hiciera falta otra lesión.

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