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Dejé las drogas y la pernicia y aún sigo siendo un perdedor

Carta abierta de un orgulloso perdedor.
Por
Andrés Felipe Ramírez Rodríguez

Soy un perdedor a carta cabal, y entre más lo repito, recordando los libros de auto-ayuda que también tuve que dejar en su momento,  más tranquilo me siento, más perdedor parezco y más natural me vuelvo.

Por: Andrés Ramírez  / Foto: IStock 

Dejé la coca, las pepas, el alcohol, el bazuco, las putas, el barrio Santa Fe, el 7 de Agosto, los amanecederos, las pajas mañaneras, oler mis pedos debajo de las cobijas, las relaciones de baño, el porno, el sexo casual y causal, la eyaculación, las bolsas enteras de chocolate blanco, la leche, las carnes rojas, las peleas callejeras, las amanecidas de andén, el cigarrillo, la bareta, la piromanía, la sacada de mocos en los semáforos y en las reuniones y en las clases; comerme las lagañas, rascarme el culo en público, las anfetaminas, los ácidos, los putiaderos, las malas amistades, empeñar celulares, robar en la casa, “chalequiar”, los casinos, el deseo incontrolable de ganar y de follar, el café por la noche, las novelas, los noticieros, leer en el baño la revista 15 Minutos, sacarme el mugre de las uñas con los palillos de restaurante, hacerme cosquillas en la boca con las sabanas, voltearme los párpados, tirarme pedos en lugares públicos, reciclar porquerías en la calle…

Dejé muchas cosas en el camino y hoy las extraño con ansiedad, andando en bicicleta por la carrera 11, oyéndola rechinar  y sin  un peso en el bolsillo. Ni para echarle grasita. Me doy cuenta que a pesar de todo mi esfuerzo por dejar tantos vicios, mañas, pensamientos y "placersitos", ser bueno y chévere, aún sigo siendo un perdedor. 

Y lo digo con contundencia. Ser bueno no es la tierra prometida, hay cosas que no cambian. Soy un perdedor a carta cabal, y entre más lo repito, recordando los libros de auto-ayuda que también tuve que dejar en su momento,  más tranquilo me siento, mas perdedor parezco y más natural me vuelvo.

De hecho, creo que ahora soy más perdedor que antes, porque si echo un vistazo al pasado antes por lo menos tenía cosas como las drogas, y la gracia drogado;  putas, me atacaba de la risa cuando me venía y hasta historias que contar sobre mis experiencias nocturnas, mis peleas, mis puñaladas. Pero ahora, la verdad, lo repito y no sientan lástima por mí, me siento muy tranquilo, soy un perdedor.

No tengo casa y a mis 30 años vivo con mi mamá y mi hermana. El poco sueldo de mi miserable trabajo a duras penas me da para colaborar de vez en cuando con algunas frutas compradas en la promoción de la calle, 5 manzanas por 2000 o 4 libras de fresa por tan solo 1000 pesos.  No tengo cama, me toco dársela a mi mamá en pago por una deuda, o mejor, una cadena que le empeñé en un ataque de ansiedad hace unos años.  Así que duermo en un sofá-cama de cuerina con una tabla que atraviesa mi columna todas las noches.

No tengo carro, ni moto. Manejo muy mal, soy pésimo para parquear, adelanto en curva y si se vara el carro no tengo idea alguna de qué hacer, ni siquiera sé dónde putas va el gato que sube el carro para cambiar la llanta; las motos me dan miedo porque siempre me caigo. Hasta una vez me llevé una cerca que no vi porque además soy muy cegatón, tengo hipermetropía, un ojo dormilón y debo usar gafas pero no tengo personalidad.  Aunque tengo una bicicleta que es bien agradecida porque hace ya más de un año no tiene mantenimiento, pero pocas mujeres quieren ir en la barra de paseo.

El éxito la verdad ni se asoma. Es como un mosquito que pica y pica alrededor y cuando me ve, siente lastima y pasa derecho. No nací con ningún talento. En realidad todo lo que medio he aprendido me costó el esfuerzo y la dedicación de los malos para todo o los mismos buenos-para-nada como me diría mi mamá. La música no se me da. He intentado tocar guitarra y las termino estrellando contra las paredes como estrella de rock, pero porque no me suena nada. Con los vientos se me acaba el aire, me ahogo, me mareo. Y la mala memoria, por tanto porro, no me da para aprenderme ni una canción de navidad. Los ritmos no los cojo, al parecer gateé muy poco y las disociaciones son un imposible para mi cuerpo. Lo he intentado todo pero el talento no me da.

Leer, que es algo que puede hacer cualquiera que sepa leer, por lo menos para chicanear, a mí me da sueño profundo. Nunca entiendo nada porque todo lo leo entre dormido y aunque me esfuerce no he terminado un solo libro en la vida. Y suelo leerlos al revés, buscando mensajes en la página que se abre al azar. Asociar ideas es supremamente complejo para mi cerebro disperso, que no puede entender procesos ni flujos, ni lógicas ni nada por el estilo.

Los deportes me huyen y me gana la pereza. Los deportes en equipo son mi mayor fiasco, soy demasiado individualista y termino odiando a mis compañeros. Quiero ganar yo y yo y el equipo me sabe a mierda, mis compañeros me saben a mierda y los entrenadores me saben a mas mierda, y yo les sepo a mierda porque nunca hago lo que esperan de mí. Soy pésimo para autorregularme así que los deportes individuales ni se acercan a olerme.  Además mis pies están torcidos y nunca use ortopédicos por pena, así que mucho esfuerzo me acaba en un dolor, de piernas por chuecas y pies por el juanete.

El humor en mí es un arma de doble filo y por los lados corta; por un lado con el patetismo y por el otro con la destrucción. Cada vez que intento hacer una broma o un chiste hay un desastre en el lugar o una ofensa profunda que no hace reír sino que despierta un odio profundo hacia mí. El humor soy yo con las chicas. Soy tímido, miedoso, mal  bailarín, morboso, atacado, poco cariñoso y no me gusta hablar mucho porque nunca sé de qué hablar. A decir verdad solo puedo hablar de fracasos y de lo malo que soy para todo. Estoy solo y arrecho.

Tan arrecho que soy un pésimo amante, ansioso, precoz, inseguro, baboso, tartamudo y, cuando quiero decir cosas sucias, poco apasionado; mordelón exagerado y con un pipi que a duras penas alcanza el promedio mundial estirándolo con esfuerzo. No me sé mover muy bien porque mi cuerpo y el resto parecen desconectados, no tengo ni pa’ chocolate, ni pa’ fresas, ni para lubricantes, y el porno ha creado unas obsesiones y fantasías en mí que son bastante alienígenas, por lo que cualquier mujer que me pone cuidado sale corriendo creyendo que soy un enfermo. Y es que la verdad desde chiquito he sido bastante enfermizo.

Siendo tan malo para todo me pregunto por qué me siento tan tranquilo y me doy cuenta que soy un absoluto perdedor. Ya lo decía bien mi tío Leonidas en medio de su alzhéimer, que los estúpidos vivimos mucho mejor que los inteligentes. Yo soy tonto y no le debo nada a nadie, ni temo a hacer el ridículo. Yo ya soy ridículo no tengo nada que hacer ni esforzarme, no necesito aparentar nada, que por más que me esfuerce por ser algo diferente no la logro; me toca vivir en la realidad porque la fantasía me atrofia el poco criterio, y el poco cerebro. Soy un afortunado de ser un perdedor porque tengo tan pocas cosas que ya ni los vicios me acompañan. Sé que no voy a llegar a ningún lado así que hago las cosas por hacerlas, y he descubierto que los verdaderos logros son sutiles y sin intención y nadie los ve.  Por ejemplo ya gagueo menos frente a una niña bonita o a veces gagueo con más ritmo.  Después de años de intento he aprendido a amarrarme los zapatos solo y soy capaz de seguir el ritmo del merengue y dar una que otra vueltica. Soy una estupidez afortunada y sin ilusiones que vive con lo que hay y nunca hay un “yo” que mantener, porque para qué mantener semejante yo.