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Dejemos de usar la palabra “loca” para referirnos a una mujer

O estamos en nuestros días o estamos locas. No hay un punto intermedio.
Getty Images Creative
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Por
Johana Arroyave

¿A cuántas de ustedes las señalaron de locas por expresarse de una forma que no les gustó a sus ex parejas o a las personas con las que compartían en ese momento? Tal vez porque actuaron o tuvieron una actitud políticamente incorrecta ante un asunto, o simplemente las hicieron creer que lo que estaban sintiendo o diciendo era exagerado. ¿A qué edad se dieron cuenta que la palabra “loca” no significa más que “estamos invalidando de manera muy sutil cualquier cosa que quiera expresar”? Para de paso seguir manteniendo ese concepto de que el hombre es el único ser racional.

Por: Johana Arroyave @JohanaArroyave

Y no, no estamos exagerando. Cuando alguien usa la palabra loca para referirse a una mujer se sigue perpetuando en un colectivo la idea de que somos el sexo irracional y que la mayoría de las cosas que hacemos o decimos son solo producto de nuestras emociones, hormonas o inclusive videos mentales que nos armamos sin justificación. Además de ocasionar que continuemos bajo una doctrina creada en el siglo XIX durante la era victoriana en la que se les encerraba en un cuarto aislado a aquellas mujeres que mostraban algún tipo de rebeldía, cansancio, fatiga o comportamiento que vulnerara con la libertad del hombre.

Según explica el libro Inconvenient People de Sara Wise, en donde se relata la vida de los victorianos, durante esa época una mujer no podía tener comentarios incontrolables, un estado de ánimo extremo o períodos de confusión, causados ​​por un matrimonio infeliz, una enfermedad o la vejez porque lo más probable es que fuera llevada al psicólogo y luego encerrada tras un diagnostico simple: está loca.

Y como los casos de mujeres que terminaban en el psicólogo por alguna acusación de esas se hizo cada vez mayor (la realidad era que eran infelices con sus parejas y con la dictadura en la que vivían) los médicos de la época decidieron investigar qué era lo que estaba pasando y se inventaron, literalmente, una enfermedad llamada histeria, el término vino los griegos (palabra exacta: hystera que significaba útero – matriz).

Así las cosas, diagnosticaban a las mujeres como histéricas cuando llegaban al psicólogo con síntomas que incluían desfallecimientos, insomnio, retención de fluidos, pesadez abdominal, espasmos musculares, respiración entrecortada, irritabilidad, fuertes dolores de cabeza y pérdida de apetito. Sin embargo, a principios de los 50 la Asociación americana de psiquiatría declaró que la histeria no era una enfermedad. Ya no son enfermedades: Hablemos de histeria, homosexualidad y transexualidad

Pero tranquilas que algo bueno salió de ahí: las pacientes diagnosticadas con histeria femenina debían recibir un tratamiento al que llamaron “masaje pélvico” que en realidad no era más que la estimulación manual de los genitales de la mujer por el doctor hasta lograr que llegara al orgasmo, palabras más sencillas: masturbarlas.

Como la práctica se hizo más común y las consultas para el “tratamiento” eran cada vez más frecuentes, en 1870 el doctor británico Joseph Mortimer Granville, cansado de masturbar manualmente a sus pacientes, patentó el primer vibrador electro-mecánico con forma fálica con el que se comprobó que una paciente podía llegar al climax del masaje en menos de diez minutos.

Y así nacieron los consoladores. Sin embargo, esta no fue la solución para que la “locura femenina” parara, en la sociedad se implantó la idea de que las mujeres eran mucho más propensas a expresar sus “necesidades” a través de emociones y que en realidad vivían su humor dependiendo de las hormonas del momento. Allí también surgió la falsa creencia de que los hombres no tenían sentimientos y que su cerebro funcionaba de manera netamente racional. De hecho, esa carga que se les dio y en la que los convierten en seres “vulnerables” si se expresan de forma incorrecta (socialmente), ha repercutido en que las cifras de suicidios en hombres sean mayores a las de mujeres. De cada una mujer que se suicida tres hombres deciden quitarse la vida, cifras de la Fundación de Asistencia Nacional para la Ayuda al Enfermo de Depresión (ANAED).

Pero por lo menos se hacen pinitos para cambiar esta falacia, Jed Diamond director de Men Alive (institución dedicada a tratar problemas de depresión en hombres) en su libro The Irritable Male habla sobre la forma en las que las hormonas también afectan a los hombres de una manera que se creía exclusiva de las mujeres. Inclusive que pueden sufrir trastornos de depresión, fatiga, irritabilidad, ansiedad y enojo. “Los hombres también son hormonales y no deberían negarlo. Al contrario, aceptarlo y estudiarlo es necesario para mejorar su calidad de vida”. Diamond.

Pero a pesar de los estudios, se sigue mantenido la idea de que solo la mujer es capaz de ver todo a su alrededor de una manera emocional y por lo tanto invalida. Hasta en contexto judiciales, Jessica M. Salerno y Liana C. Peter Hagene, investigadoras del Departamento de Ciencias Sociales y del Comportamiento de la Universidad Estatal de Arizona, realizaron un estudio para comprobar cómo afecta el enojo masculino y femenino en una investigación legal. Decidieron enfrentar los veredictos de hombres y mujeres de un jurado en una corte de Estados Unidos, cuando un hombre del jurado se enojaba por no estar de acuerdo con la sentencia de los demás, el resto del equipo reconsideraba su opinión. Pero si era una mujer quien se quejaba no la tomaban en cuenta.

¿Entonces hasta cuándo seguirán invalidando nuestra opinión? Y ojo que esto se ve muchísimo más en relaciones afectivas. Existe un fenómeno conocido como gaslighting que consiste en afirmar que las emociones que expresa la otra persona son exageradas o falsas y por ello no merecen ser escuchadas.

Gaslighting es un patrón de abuso emocional en la que la víctima es manipulada para que llegue a dudar de su propia percepción, juicio o memoria. Esto hace que la persona se sienta ansiosa, confundida o incluso depresiva.

Así las cosas, frases como "no seas tan sensible”, “era un chiste", “¿estás en tus días?”. Pueden convertirse en un juego de persuasión en el que terminamos creyendo que todo lo que nos hace sentir mal es solo un error de percepción y que además nos obliguemos a ocultar nuestras emociones por miedo a que no nos tomen en serio o por miedo a que nos digan que estamos locas.

Y saben, generalmente – salvo en muy pocas situaciones-  los hombres que se refieren a su ex como “la loca” no están hablando de una mujer que tenga un trastorno mental diagnosticado, están refiriéndose a una persona que tuvo una actitud con la que no estuvieron de acuerdo o simplemente alguien con emociones que no pudieron entender.

¿Y ya que somos maduros y entendemos que los sentimientos son personales? Qué tal si nos ponemos en la tarea de dejar de menospreciar lo que quieren expresar las mujeres escondiéndolo bajo la fachada de “está loca”.

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