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Dejen la mediocridad: llamado para dejar de confiar en “la buena suerte”

No existe tal cosa como “la buena suerte”, la vida es una sucesión de eventos, causas y efectos o acontecimientos aislados.
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Redacción Shock

Me sorprende cuando la gente le llama “madurez” a vainas como tener hijos, cortarse el pelo o dejar los videojuegos. Creo que un concepto más aterrizado de madurez sería asumir nuestra insignificancia frente al universo. Si no deseamos la muerte vale más comer sano, hacer ejercicio, no conducir y tomar licor, en vez de repetir oraciones o juntar las manos hacia el cielo.

Por: Carlos José Suárez, “el Tocne” // @ElTurnerCat

En 1948, Burrhus Frederic Skinner hizo un experimento con palomas en el cual se les daba alimento cuando estas pulsaban una palanca. Sin embargo, el alimento no aparecía en todas las ocasiones que las palancas eran pulsadas, si no cada cierto tiempo. Aun así, las palomas empezaron a desarrollar comportamientos antes de presionar la palanca, como sacudir la cabeza, dar vueltas en la caja o apoyar la cabeza en las esquinas, esperando que de esa forma saliera el alimento.

Tocar madera, persignarse o cruzar los dedos esperando que eso nos ayude a conseguir cierta meta es una respuesta conductual muy parecida a la de las palomas de Skinner. El concepto mismo de “suerte” es tan supersticioso e irracional como común en la especie humana y demás especies animales. No soportamos la idea de no tener el control de los eventos que ocurren en nuestra vida, por eso recurrimos a tantos mecanismos emocionales, por más absurdos que parezcan, sólo para poder sobrellevar la realidad y nuestra ausencia de control. Debería enseñarse un mínimo de psicología en los colegios, que cada niño aprenda a tolerar sus frustraciones y a descubrir hasta qué punto está en control de las situaciones.

Creer que tenemos el control de todo resulta frustrante al momento que la inminente realidad nos demuestra lo contrario. Creer que no tenemos control de nada y que todo lo que ocurra depende de la suerte o la intervención divina, nos lleva a ser irresponsables, mediocres y conformistas. Ya lo dice la Plegaria de la serenidad, atribuida al teólogo Reinhold Niebuhr y recitada al final de las juntas de Alcohólicos Anónimos:

“Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar,

Fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar

Y sabiduría para entender la diferencia.”

Este abordaje, aun surgiendo de la religión, resulta más sano y racional que simplemente asumir con brazos cruzados el “Dios sabe cómo hace sus cosas” o “No hay mal que por bien no venga”. Lo peligroso de asumir este tipo de actitudes es que perdemos la oportunidad de explotar nuestras propias habilidades de análisis, de llegar al fondo de los hechos, de descubrir por qué el mundo funciona como funciona.

El desarrollo de lo que llamamos inteligencia humana empezó cuando nuestros ancestros se interesaron en descubrir patrones, como las épocas aptas para el cultivo o qué frutos eran comestibles o venenosos según su color. Se esperaría que con 4 millones de años de evolución del cerebro humano, ya tuviéramos claro qué podemos controlar y qué no. “El nativo de ojos saltones acecha debajo de la superficie”, decía David Foster Wallace en La Broma Infinita. “Ese primitivo de ojos saltones que baila con la lanza en la mano y con una falda de hojas y arroja vírgenes al Popogatapec y al que le aterrorizan los aviones.” No quiero imaginarme todos los mecanismos mentales supersticiosos que se dispararán cuando la gente va a un casino. Soplar los dados, las medias de la suerte, besar las cartas.

No existe tal cosa como “la buena suerte”, la vida es una sucesión de eventos, causas y efectos o simplemente acontecimientos aislados. “El Universo no parece ni benigno ni hostil, simplemente indiferente a las preocupaciones de seres tan insignificantes como nosotros”, decía Carl Sagan. Me sorprende cuando la gente le llama “madurez” a vainas como tener hijos, cortarse el pelo o dejar los videojuegos. Creo que un concepto más aterrizado de madurez sería asumir nuestra insignificancia frente al universo, que si no deseamos la muerte vale más comer sano, hacer ejercicio, no conducir y tomar licor, en vez de repetir oraciones o juntar las manos hacia el cielo. Y que aun así, la finitud de nuestra existencia es inminente.

De todas formas, eso no es excusa para no disfrutarla.