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Diatriba al “aguante”: los hinchas que se volvieron hinchas de sí mismos

Esta columna pretende hacer un llamado a la cordura, no a la locura ni a las puteadas.
Por
Álvaro Castellanos

Seamos coherentes. Ser hincha de un equipo no tiene mérito alguno, y ser hincha de un equipo grande es menos meritorio todavía. Peor aún, es presumir las victorias de mi equipo como si fueran mías. Tiene más sentido un perro caliente con piña. Lo digo porque Nacional, Cali, Millonarios y América, cuatro grandes colombianos, llegaron a definir el título y la exacerbación de los hinchas se iba sintiendo mucho.

Por: Alvaro Castellanos - @alvaro_caste / Foto: Getty

Ser hincha de equipos pudientes y colgarse medallas por que estén peleando el título es doblemente inconcebible. Primero, porque para eso está la plata y el nivel de organización: para ganar. Es decir, así debería ser siempre. Es como cuando felicitamos a los políticos por no robar. ¡No pues, gracias! Y segundo, porque los que ganan son ellos, no nosotros. Nosotros podemos alegrarnos, emocionarnos, escurrir alguna lágrima, bajarnos un petaco de cerveza, pero hasta ahí. Los que cobran como gerente de multinacional por hacer ejercicio hasta el medio día son ellos, mientras que a nosotros nos descuentan salud, pensión y ARL por cada freelance que conseguimos. Si ganamos, hay que madrugar a trabajar. Si perdemos, hay que madrugar a trabajar. 

Los equipos ganadores, sobraría decirlo, son los que acumulan hinchadas. Por eso Nacional, por todo lo que gana, o Millonarios y América, por su historia, o Santa Fe, por su presente, construyen tradición en su medida y acaparan a las mayorías. Si usted es de Ibagué, el sentido común debería identificarlo con el Tolima. Si es de Bucaramanga, lo lógico es ser del Atlético por muy traumático que sea. Y si es de Pereira, lo siento, pero la suerte está echada. El problema es que, a menos títulos, menos ganas de ser hinchas del equipo. Está mal, pero es muy humano. Queremos encaramarnos en el bus de la victoria y son muy pocos los que se ponen del lado impopular, pero correcto, de las cosas.

El poder económico y el orden organizacional construyen títulos e hinchadas. Y la gente se suele hacer hincha del equipo ganador. Porque es mejor ganar que perder. Porque la historia la cuentan los ganadores.

Para la definición del fútbol colombiano estuve en una finca en el Meta y, como hincha de Millonarios que soy, iba por el rival de Nacional: en este caso, el Deportivo Cali. Pero luego del título (que después de todo premió al equipo que mejor juega así no caiga bien por mil razones válidas) salí a dar una vuelta con una amiga por una trocha oscura y olvidada por el Espíritu Santo, e incluso por ahí pasaban carros de hinchas borrachos y descamisados echando pito como si no hubiera mañana. Lo dicho. Los títulos dan hinchas, así sean hinchas cuestionables. Así representen el exabrupto del bogotano que grita “olé olé, mi Nacional”. Esa canción, por cierto, empuerca el espectro electromagnético como pocas. Ha sonado por siglos y deberían prohibirla. Es el Hotel California, es el Me vale, de las canciones de fútbol. Ya que Nacional gana títulos cada 20 minutos convendría posicionar otra canción, así sea con reggeatón o alguna joda así, para evitar que a muchos nos sangren los oídos.

Peor que el hincha de coyuntura es el hincha internacional. El Real Madrid tiene cientos de millones de seguidores en todo el mundo y muchos se sienten furibundos merengues-monarquistas, mientras que el Rayo Vallecano, también de Madrid, apenas capta uno que otro adepto hipster que se engancha por su esencia contracultural e izquierdoza. Con esto es clave explicar que uno sólo puede ser hincha del equipo que vio desde chiquito en el estadio. Si no lo tenía claro, anóteselo en un brazo. Del Bayern o del Barcelona podemos ser simpatizantes. Es decir, que nos caigan bien; que admiremos sus figuras y su forma de jugar. Pero hinchas no, a menos de que llevemos 80 años yéndolos a ver al estadio. Salir a gritar al Parque de la 93 “Halá Madrid” con una bufanda alusiva amarrada en el cuello es otra forma de violencia.

 

Si vamos a excedernos en el “aguante”, el menor de los males es hacerlo con el equipo que de verdad nos representa. Al que fuimos a ver mil veces a la cancha. Y tal vez, a riesgo de sonar impopular, con la selección de nuestro país, si bien gran parte de sus hinchas son de esos que celebran saques de banda con sombrero vueltiao y creen que siempre se puede salir a golear  20-0 a la Holanda de Cruyff.

La idea del “aguante” que, para bien y para mal, heredamos de Argentina, se ha vuelto la forma en la que el hincha legitima su lugar en el fútbol, más allá de que su equipo gane o pierda. Ellos lo justifican bajo la noción del “folklore”, de la rivalidad futbolera. Ezequiel Fernández Moores, el mejor columnista de fútbol que leí, asegura que en su país “los hinchas se volvieron hinchas de sí mismos”. Si el equipo juega mal y pierde, al hincha le queda el consuelo de que apoyó y alentó hasta el final. Por eso se curan en salud y arman su propia fiesta en la tribuna para ir a la fija, para ganar aun habiendo perdido.

Y en Colombia pasa parecido. Que los hinchas del Cali colmaron las tribunas habilitadas de Palmaseca y armaron tremenda pirotecnia y eso los hace ganadores. Que los de Millos no dejan de llenar, así el equipo tenga un título en 29 años. Que la pólvora, que el mosaico, que el cántico, que el tiffo, que las banderas, que el “folklore”. Todo eso, toca decirlo, es ambientación. Es el árbol de la obra de teatro. Sin jugadores, balón, cancha y árbitros no se puede jugar al fútbol. Sin hinchas sí.

Lindas eran las épocas sin Facebook, Twitter y con mucho menos alcance publicitario cuando uno podía ser hincha verdadero de un equipo sin andar regándose en sobreactuaciones. Sin reclamar derechos de autor por las conquistas de nuestros equipos y sin estar obligados a reafirmar nuestro amor y nuestro “aguante” todos los días en todas las redes sociales.

La idea del aguante, fundamental traerlo a colación, está atada a la de las barras y las “barras-bravas”: otra figura que viene de la cultura argentina y, en parte, de los hooligans ingleses. El otro día que Nacional ganó su decimosexta estrella coincidió con el cumpleaños 71 de Millonarios y muchos “barras”, quienes están llamados a representar el aguante en su más cruda expresión, salieron a romper buses y a volver mierda todo. Esa reacción está mal, claro, pero la problemática va más allá del aguante.

Los periodistas de la vieja escuela siempre hablan de este asunto de los barrabravas con la ligereza más chocante. Se limitan a señalar a los barras como “mequetrefes”. Llevan toda la vida hablando de fútbol y mezclarlo con la sociedad les rompe la cabeza. Por eso llevan ya casi dos décadas ignorando, o sin entender, el trasfondo tan jodido de ausencia de instituciones que hay detrás de las barras-bravas. Así como en otros puntos del país los jóvenes sin recursos se enlistan en grupos armados porque no hay oportunidades, en las ciudades grandes los más vulnerables se hacen barrabravas. Algunos andan trabados y roban y rompen cosas en la calle y se matan entre ellos. Saber cómo se llama el volante ocho de su equipo es lo de menos. Hacer parte de algo es lo importante.

Más allá de esta problemática tan enquistada en nuestra desigualdad social, la idea del aguante, de llegar al punto de reclamar méritos por los logros del equipo y volvernos hinchas de nosotros mismos, es una grandísima falacia. Me estaré poniendo viejo, tal vez, pero creo que los partidos de fútbol que uno más disfruta son en los que no juega el equipo de uno. No nos estamos arrancando las falanges. Se disfrutan con una tranquilidad especial. Una tranquilidad que no da el aguante.

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