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El autogol más doloroso de la Selección Colombia

Hace 24 años, en la Copa Mundial de la FIFA que organizó Estados Unidos, Andrés Escobar hizo el autogol que le costó la vida y sacudió el orgullo patrio.
Foto: Gettyimages
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Por
Redacción Shock

A pesar de que haya todavía dosis de mamertismo intelectual acusando al fútbol de los problemas del país, la historia nos recuerda que, en Colombia, el fútbol no solo es un deporte y que en una tierra tan violenta goles son amores, pero los autogoles son tragedias.  

Por José Sánchez

En pleno Mundial de Rusia resulta inevitable leer y escuchar cómo se hace referencia a los datos relacionados con la participación de cada uno de los equipos en esta cita. Algunos tan relevantes como la cantidad de goles que convierte Brasil en cada mundial (y no los que recibe, como en la tragicomedia del 2014); otros, en cambio, con la pretensión de ser curiosidades trascendentales para los anales del deporte, como la temprana expulsión de Carlos Sánchez ante Japón (primera del Mundial de Rusia, segunda en tiempo récord en la historia de los mundiales, primera de un colombiano en un mundial). Los organizadores se esfuerzan por mostrar cifras en pantalla, pero casi nunca se hace alusión a la cantidad de autogoles de un jugador en un Mundial. Y es que el autogol, esa jugada imprecisa, revestida de infortunio e impotencia y demás calificativos inculpados con un dejo de negatividad, carga de sentimientos encontrados a un jugador, un equipo o una nación entera.

El autogol es injusto, frustrante, desmotiva, crea culpas y odios, genera una suerte de pasado sombrío que se cierne sobre quien lo anota. Puede dar revancha al siguiente partido, o destruir la carrera más prometedora. Sobre todo, en un partido del Mundial, donde el margen de error es mínimo. Y si ese partido se transmite a millones de personas en el país que se representa, desastre total.

En estos temas, la referencia a Colombia es inevitable. Acá sufrimos el autogol que generó un dolor más profundo y agudo en el mundo del fútbol: el más famoso de la historia de los mundiales. Lo hizo Andrés Escobar un 22 de junio de 1994, cuando Colombia perdió 2-1 con esa jugada frente a Estados Unidos y significó la eliminación del ‘combinado patrio’ en un partido que no se podía perder contra los anfitriones. La cosa fue que no solo se perdió un juego, sino la identidad que como país se había construido en torno a la Selección colombiana de fútbol.

¿Por qué hacer nuevamente este tormentoso retroceso a uno de tantos episodios que denigran la imagen de Colombia como nación? Porque, si bien el Estado y varios de los connacionales que habitan en diferentes partes del mundo han contribuido a erradicar, o al menos distorsionar dicha imagen, resulta una tarea casi titánica concientizar a propios y extraños sobre la necesidad de asociar a nuestro país con salsa, ciclismo, alegría y James Rodríguez, en lugar de balas, borrachos, narcotráfico y Pablo Escobar.

En un deporte como el fútbol, tantas veces asociado de manera errónea al éxito o fracaso de un país como sociedad, es preciso señalar que su práctica está enmarcada dentro del campo deportivo. No hablo del campo rectangular remplazable por la palabra cancha, claro, sino del ‘campo’ sociológicamente entendido como un escenario más simbólico que físico con autonomía frente a otros ‘campos’ y con sus propias reglas de juego, en donde se disputa de igual manera un capital simbólico, asociado en un primer momento con la consecución de una medalla o trofeo. Pero que su puesta en juego se podría enlazar más con un sentimiento particular: el orgullo.

 

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Basta con preguntarle a cualquier colombiano que haya tenido la oportunidad de ser testigo de lo que pasaba en el país a principios de los 90, acerca de qué lo hacía sentir orgulloso de ser colombiano. El contexto histórico, social y político de ese entonces estaba duramente marcado por lo que es por todos conocido y tristemente recordado: bala, narcotráfico, violencia, etc. La respuesta resulta casi lógica cuando se hacía referencia a la Selección Colombia: la del ‘Tino’, el ‘Pibe’, el ‘Tren’ y, por qué no, de Andrés Escobar. Esa que con el 5-0 en Buenos Aires abstrajo de la cruda realidad a una nación entera que padecía los horrores del enfrentamiento (¿alianza?) entre Estado y narcotráfico.

Lamentablemente, un autogol nos devolvió a la realidad. Esa infortunada jugada de Andrés Escobar en el mundial, con el trágico desenlace posterior a su regreso a Medellín, promovió más el hecho de recordar más las movidas de su peligroso homónimo de apellido, pero de nombre Pablo, que las gambetas y goles de sus coequiperos en sus respectivos clubes. La relativa autonomía que el campo deportivo traía consigo, con sus propias reglas de juego y su capital simbólico en disputa, derivó en un efervescente sentimiento de indignación por lo que representaba la Selección que vio en Andrés al mártir que evidenció que ‘esa tal autonomía del campo deportivo no existe’. El fútbol es un fenómeno social.

Marcar un autogol puede pasar. Son cosas del fútbol, dirán algunos experimentados en materia, y que lo importante es saber sobreponerse ante la situación y lograr revancha en la siguiente jugada o en el próximo partido. Quizás los jugadores de Irán y Egipto tendrán la suya tras marcar un autogol en el presente mundial. Pero Andrés no la tuvo. La vinculación de otros ‘campos’ que se presumían ajenos al futbol lograron permear el deporte en un periodo oscuro para el país, con fatídicas consecuencias para él y el entorno de su ciudad natal. Y la mejor referencia positiva que se tenía en el exterior, por no decir la única, como era la Selección Colombia de los 90, se derrumbó con gran facilidad. De hecho, esto trajo consigo el retorno a la perspectiva internacional del colombiano violento y narcotraficante que el fútbol logró alterar de manera efímera.

Ojalá el fútbol le de revancha a ‘La Roca’ Sánchez después de su expulsión y no derive en un retorno a la vieja costumbre de juzgar a un jugador por su error, a tal punto de cegar su vida. La época es diferente, dirán algunos, pero somos la misma sociedad que alterna entre el orgullo y la indignación en 90 minutos, y reproduce frases cargadas de cierto tinte peyorativo del tipo ‘esos colombianos si no la cagan a la entrada, la cagan a la salida’. Ojalá que llegue el día que, al escuchar el apellido Escobar, se elogie más al caballero del fútbol y no al patrón del mal.

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