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El 'pegging': una experiencia sexual que rompe tabúes

Por andar de "morrongos", los tipos se están perdiendo de una gran práctica sexual.
Getty Images.
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Tradicionalmente se ha hablado mucho más del punto G femenino que el masculino y aunque ambos parezcan mitos productos de la mente de bloggers de sexo y compañías de juguetes sexuales, ambos existen, estratégicamente ocultos en el cuerpo humano. En el caso de los hombres se trata de la próstata, que queda camino a la vejiga, vía el recto.

Por Trilce Ortiz // @trilceo 

Aunque muchos usen la excusa de que “las salidas no son entradas”, varios de esos seguro han tratado de (o logrado) convencer a la novia de tener sexo anal y en el fondo seguro a más de uno lo que lo horroriza la idea de “volverse marica”. Señores, así como un niño criado por dos papás no se vuelve gay, tampoco le va a “trastocar” su orientación sexual el hecho de ampliar sus horizontes de placer, abriéndose a otras vías. No vamos a entrar a discutir si la homosexualidad nace o se hace, porque en serio a estas alturas de la historia no debería ser tema polémico, lo que sí les puedo decir es que la estimulación anal les puede ofrecer un universo insospechado de placer.

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La cosa del sexo anal en hombres heterosexuales no es nada nuevo, existe desde el nacimiento de la humanidad misma y ha sido registrado desde pinturas rupestres en Europa como en pergaminos de los antiguos imperios chinos. El básico del pegging es el fingering, donde se estimula el ano (y eventualmente la próstata) con el dedo. El pegging va más allá e involucra un intercambio de roles donde la mujer penetra al hombre por el ano, usando un dildo sostenido a un arnés.

De nuevo, no se trata de una práctica homosexual, para los hombres gay el sexo anal es eso, sexo, sino de una exploración entre parejas heterosexuales compuestas por un hombre y una mujer. Las razones que llevan a los hombres a ensayar el pegging son muchas: una maduración sexual que los ibero de los prejuicios que tenían en su vida sexual temprana; muchos lo consideran un fetiche como cualquier otro (la adoración a los pies, por ejemplo); algunos lo ensayan por sugerencia de sus parejas; otros lo usan como herramienta para superar problemas de disfunción sexual y la mayoría concuerda en que una vez lo ensayan, les queda gustando.

En el caso de las mujeres está la motivación de darle placer inigualable a sus parejas, tema que puede excitarlas mucho, abrirse a otras posibilidades de descubrimiento sexual pero sobretodo el intercambio de roles que les permite ser las dominantes.

No se trata de que el pegging reemplace a las relaciones tradicionales de penetración vaginal, pero sí presenta una alternativa placentera para las parejas de mente abierta que se atreven a ensayarlo.

¿Qué se requiere para explorar el pegging? Un interés genuino de ambas partes, cierto nivel de confianza, estar relajados, tomarse las cosas con calma (antes del dildo puede pasarse por la lengua, un dedo, los buttplugs, los dildos más pequeños hasta llegar a los más grandes y al ares), y sobre todo mucho, mucho lubricante. Si bien es cierto que la piel del recto es muy sensible y delicada, también lo es que contiene miles de terminaciones nerviosas de placer, y ni hablar en el caso de la próstata. Así que si quiere ensayar pegging, hágalo con mucho cuidado, pero con certeza: el culo también merece lo suyo.

 

 

 

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