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El sexo es más que el coito: lo que aprendí después de que no se me paró

Reflexiones masculinas sobre sexo luego de que al man no se le para.
Por
Andrés Felipe Ramírez Rodríguez

“Cuando reflexioné me di cuenta que la culpa no era solo mía, que a ese encuentro le faltaban mordisquitos y babitas; palabras bonitas y sucias; y que en definitiva el sexo es más que el coito.”

Por: Andrés Felipe Ramírez

A ella le gustaba la coca y era bisexual. Caminaba por la playita de la Universidad desafiante y seduciendo las miradas de quienes la reconocían como una figura pública. Yo solo me enteré de su fama tiempo después, cuando me llevaron a una fiesta en su casa, con mucha cocaína, flamenco y un comité de aplausos alentándome a despertarme para que me la comiera, porque esa noche yo era el invitado a la carta de la sensual señorita, algunos años mayor que yo.

“No huelas tanto”, me decía. Y claro, después entendí que ella cuidaba el funcionamiento de mi pipí. Es que además de brillante, bisexual y exitosa, era intuitiva y sabía que posiblemente yo no funcionaría. Por más intentos que tuve con ella esa noche no se me paró. Y no solo no se me paró, ni se mosqueó. Intento tras intento, le eché la culpa a la coca y al alcohol. Aunque durante la siguiente semana me dio tres strikes más, el resultado no fue diferente: el verraquito, entrepiernado, se negó rotundamente a funcionar una y otra vez hasta que ella no me volvió ni a mirar, a pesar de mis cartas explicativas que dejé con temor en su portería. 

Yo por supuesto quedé con todo el sinsabor de la situación. Sin respuestas ante los interrogantes de los colegas que me preguntaban cómo me había ido. Mal. Mal me fue, queridos amigos: en cuatro entradas no entré ni a una y ahora no sé si soy gay, impotente, mal amante o posiblemente todas las anteriores; y seguramente, hasta hoy se me hizo evidente. Fue duro el momento y no mi pipí. Perdí.

Cuando reflexioné me di cuenta que la culpa no era solo mía, que a ese encuentro le faltaban mordisquitos y babitas; palabras bonitas y sucias; y que en definitiva el sexo es más que el coito. Lo trasciende en tiempo, espacio, sensaciones, olores, sabores y colores. Involucra la fantasía, el juego a través de actos, gestos y contactos en busca de placer. La atracción ejercida por el placer y la fuerza del deseo se convierte en una unidad sólida y diversifican las formas de interacción erótica.

El erotismo, asociado al riesgo, a la aventura, es más que una acción meramente genital. Por más bisexual que ella sea, con todas las fantasías que pueda generar, famosa y exitosa o aparentemente liberada de tabús, si uno no resbala descontrolado en el otro cuerpo, el tiempo es perdido. Ese día no funcioné porque para mí el sexo tiene que ir más allá. Hay un compendio interminable de fantasías para que eso no vuelva a pasar.

Transportarse en el olor, el olor de mis dedos tras un largo periodo después de estar con ella. Inhalar con fuerza y exhalar en un suspiro profundo a manera de recuerdo vívido de la experiencia. Quedar oliendo a babas, a muchas babas. Recordarla caminando sin nada más que sus botas largas y su camisa apretada sin brasier. El maquillaje corrido. Su pelo en cola de caballo apretada; sus pantalones de cuero pegados a ese gran trasero. Sus variados olores; el perfume fino, la crema en sus muslos y el inquietante olor a removedor de esmalte en sus dedos. Así como el sonido de sus múltiples pulseras y los anillos brillando sin cesar. El juego inacabado de vestidos cortos sin nada debajo, las medias veladas y la ropa interior colorida, folclórica, picante, nunca beige.

Los juegos peligrosos. La mamada en el poste de luz con las luces de policía al fondo, las folladas en la cama de la abuelita, las manoseadas contra el espejo del ascensor entre el sótano y el sexto piso, el chut de basura. El baño de mujeres de un amanecedero o las cortinas arriba y la posibilidad de ser visto y lo rico de no saber, de permanecer en la duda eterna.

Escupirnos la boca. Que me pida que le coja de las caderas, me pregunte si me gusta su culo y explotar en fantasías de lucecitas coloridas y de sabores ácidos cuando me dice que es mío. Morder suavemente la parte interior de sus muslos, subiendo despacio y quitarle los cucos con los dientes, olerlos; volver a subir mordiendo muslos, oler de nuevo entre las piernas, pasarle la lengua por toda la vagina como si tocara la última cuerda de la guitarra y sentir la vibración; repetir el paso de la lengua por el clítoris como si fuera la primera cuerda de la guitarra, esperar el sonido y disfrutar la melodía.

Que me mire el pecho con morbo, se muerda los labios, baje una mirada sucia y picara y repita “qué rico”. Que me meta la lengua entre la oreja y me pida que le diga cosas sucias. Me coja el culo con fuerza mientras chupo sus axilas y en ese juego espiché mis tetillas, me suba con fuerza y me lo pare con los pies untados de aceite Johnson. Mezcla de olores: Johnson y sexo; una bomba a punto de estallar;  baje lentamente con su lengua bien mojada y fría por un hielo, y me coja las huevas, ría y disfrute de mi placer.

Oler los dedos una y otra vez. Recordar esa metida de mano entre el pantalón en un lugar público. Meter la mano y llegar a las puertas de la gloria, unas puertas mojadas como aviso de bienvenida. Oler el dedo y chupármelo.

“Me estoy poniendo mal, rómpeme el culo bebe, trátame mal, hazme tuya, jódeme pero de verdad, qué hombre, te lo quiero mamar, cómeme a mordiscos, dame como puta, dame todo eso, acaba en mi boca”; frases épicas que adquieren valor y sentido en un momento específico de perdida absoluta de razón, cuando nuestro cerebro definitivamente opera desde más atrás del lóbulo y hay entrega, y no hay feminismo ni machismo que valga. Y allí, resbalándonos uno con el otro por el sudor, me grite: “hijueputa qué rico todo esto, hijueputa no te salgas nunca, hijueputa qué animalitos que somos. Animalito dame duro, trátame mal, pégame nalgadas porque soy muy necia, cógeme duro el pelo, dame en cuatro”. Y que en ese trance, de pronto, levante la cara apretando con fuerza los dientes, en estado de desespero, de placer incontenible, en el estado más puro de la lujuria.

Verla orinando mientras coqueteamos y hacerlo justo después de la penúltima gota contra el mesón del baño, viéndonos al espejo y jugando con el labial. Untándonos de todo, resbalándonos de nuevo. Sus piernas en noventa grados cerradas con sus pies en mi cara, pasándole lengüetazos en la planta, chupándole los dedos. Mirándola fijamente entre la picardía y la enfermedad pegados como animales pasando las uñas por las espaldas, marcándonos, atrapándonos. Jugar a sacar uvas de su vagina y saborear dulce de mora de su clítoris, y arequipe de sus dedos y embadurnarla de cheesecake en sus caderas y no dejar nada en el plato. Pasarnos cítricos de boca a boca y con el sabor ácido en nuestros labios y gritarnos:

“Hijueputa qué rico todo esto. Hijueputa, qué animales.” 

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