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En las corridas, no solo los animales son humillados. Las mujeres también.

Crónica de mi primera Fiesta Brava.
Foto: Daniel Álvarez
Foto: Daniel Álvarez
Por
Carmenza Zá

Crónica de mi primera Fiesta Brava.

Por Carmenza Zá @zacarmenza // Foto: Daniel Álvarez

El primer recuerdo que tengo de la fiesta taurina en Bogotá es gracias a mi papá. Un domingo, ahora imagino que entre enero y febrero de algún año, madrugamos a la Plaza de Toros La Santamaría a ver mi primera corrida.

Mi papá, más rolo que la changua y el ajiaco, se encargó de mostrarme muchas partes de la Bogotá que hoy recorro a diario en bicicleta, a pie o en Transmilenio: Monserrate, los shows de lucha libre en el Festival de Verano, el parque Simón Bolívar, el septimazo, el Planetario, la Quinta de Bolívar y, en general todos los museos que los últimos domingos de cada mes tenían entrada gratuita en la ciudad. A Bogotá la conocí a través de los ojos de mi papá.

Recuerdo que me explicó cada detalle de la corrida y, por si me lee, mejor me excuso de una vez si paso por alto alguna referencia importante o si no soy lo suficientemente fiel a la verdad. Me enseñó que a los toros, durante la corrida, no se les debía dejar acercar a la puerta por la que ingresaban al ruedo porque el olor a orina los enfurecía más y que, para estocar al toro, era necesario primero que el animal tuviera las patas paralelas pues, de tener una más adelante que la otra, el torero difícilmente iba a redondear la faena.

(Vean también: Cinco preguntas incómodas para hacerse sobre las corridas de toros)

También me mostró el lugar elevado en el que se ubican los jueces de la corrida, desde donde ven el espectáculo que les permitirá definir si el torero merece la cola del animal o si este último, por su buena faena, es merecedor del indulto; cuando esto ocurre, los jueces asoman una bandera blanca para que el toro salga del ruedo por su propia cuenta.

De toda la puesta en escena lo que más recuerdo es ver a uno de los toreros entrar a la arena, dar una vuelta recorriendo el ruedo y saludando a los asistentes que se encontraban en las gradas. En medio de estas y justo delante de nosotros se encontraba una mujer rubia de cabello largo y liso, lucía unas gafas de sol que le cubrían medio rostro y un jean de esos apretados que se usaron dramáticamente en los 90.

Ahí estaba la inspiración del torero. Nunca sabré si la conocía previamente o si simplemente la escogió, entre otras muchas como ella que lo saludaban en las gradas, para dedicarle la corrida. El torero dio media vuelta, retiró su montera (el sombrero alargado que usan) y lo lanzó al aire, hacia atrás, por encima de su cabeza. Mi papá me explicó que se trataba de un rito para iniciar la faena. Si la montera, luego de ser lanzada, cae boca arriba, es un gesto de buena suerte; si, por el contrario, cae boca abajo, es un mal augurio para el torero.

Era mi primera corrida y me tocó el espectáculo completo: la montera del torero cayó boca abajo y, mientras los espectadores de la Plaza hacían algún sonido en reacción al mal augurio, “Uhhhhhhh”, el torero, sin dejar de sonreír y mirando a la rubia de las gradas, le dio vuelta a la montera, la levantó del suelo y se la entregó a la mujer para que la tuviera durante la faena.

La corrida fue terrible, el torero intentó estocar al toro en más de una ocasión y eso sólo le producía más sufrimiento al animal que, luego de uno de esos espadazos fallidos, empezó a cojear. La faena se convirtió en un show desesperado del torero. Los espectadores chiflaban evidenciando su descontento pero, para mi sorpresa, la molestia estaba lejos de encontrar su foco en el torero. La gente empezó a gritar “mona hijueputa” y “saquen a la mona” mientras miraban acusadoramente a la rubia a la que el torero le había ofrecido la corrida. Los gritos empezaron con un tono jocoso, como si el fracaso de la faena obligara a buscar otro tipo de entretenimiento, pero se fueron transformando en reclamos y acusaciones amenazantes.

La rubia se convirtió en la protagonista del espectáculo. Su rostro, antes alegre, se iba transformando con los gritos de los asistentes y ahora evidenciaba un profundo temor que las gafas de sol no conseguían disimular. Era, en ese momento, la enemiga pública de todos los asistentes a la faena. El torero logró matar al toro casi por compasión luego del sufrimiento ocasionado por los errores cometidos y los asistentes a la plaza consiguieron que la rubia, antes vitoreada por ser inspiración del torero, se fuera del lugar antes siquiera de terminar el show.

No había podido encontrar mejor historia o analogía para explicar el papel de la mujer en las corridas de toros. Las mujeres hacen parte del espectáculo taurino, pero no como espectadoras o conocedoras de la fiesta brava, sino como algo que casi hace parte de la decoración. Los taurinos van al show a tomar licor y a ver jovencitas de estratos altos, herederas de una tradición de elite, lucir la imagen que luego los medios replican con titulares tipo “las caras lindas de la faena del domingo”.

Las mujeres hemos sido históricamente consideradas objetos de consumo, dispuestas ahí para el placer masculino y, en una tradición tan de vieja data como lo son las corridas de toros, es apenas normal que se reproduzcan y hereden prácticas machistas de siglos pasados. Podemos ser una guapa inspiración para un torero o podemos ser alguna suerte de brujas de mal agüero para el banderillero: no hay punto medio. No hay participación de la mujer en el mundo taurino si no está condicionada al papel del hombre y por ello, cualquiera es libre de opinar sobre cómo se ven las mujeres que asisten al espectáculo o de gritar y hostigar a la que haga algo más que quedarse bonita, calladita y ojalá un poquito alcoholizada.

Defender las corridas de toros argumentando que son una práctica cultural, desconoce que esas prácticas también pueden estar cargadas de ideologías y violencias. La cultura no es positiva en sí misma; vivimos en un mundo en el que la violación sexual es cultural, por ejemplo, en el que se brindan todas las herramientas y posibilidades para que un hombre ejerza poder sobre una mujer y la violente o para que pueda pagar para ver matar a un toro en vivo y en directo mientras se alcoholiza.

Mi papá me enseñó a recorrer Bogotá y, a través de ello, a sobrevivir como mujer en la ciudad que dispone de 3500 policías para defender la “diversidad cultural” mientras cierra museos, centros de experimentación científica y escenarios deportivos.

 

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